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domingo, 25 de octubre de 2015

[‪#DIARIODEVIAJE‬] El viaje revancha: Esquel - P.N. Los Alerces. Capítulo 3

El Parque Nacional Los Alerces era otro de los objetivos de mi viaje. Es un lugar del que tenía lindos recuerdos. Lamentablemente los incendios del mes de marzo arrasaron muchos de sus bosques. Saber cómo se encontraba el Parque era algo que me generaba curiosidad. Por lo mismo, también quería conocer Cholila, algo que me fue imposible por la falta de viabilidad horaria en los medios de transporte disponibles desde Esquel o desde El Bolsón.
Si no se tiene vehículo, se dificulta bastante la posibilidad de recorrer largas distancias. Combinar horarios con rutas es toda una odisea. A veces son trabas insalvables para conocer ciertos lugares. Las excursiones contratadas por agencia suelen ser la opción más utilizada para conocer esos destinos, aunque los precios en ocasiones se vuelven excesivos.
Mi plan era hacer la visita al Parque en transporte público. Previamente había averiguado horarios y costos. El Transporte Esquel ofrecer un servicio regular que todos los días sale a las 8, con destino a Cholila, atravesando el Parque. La incógnita a resolver era dónde bajarse.  En la Oficina de Turismo me habían indicado Villa Futalaufquen. Me dijeron que allí había algunos senderos y estaba la oficina de Guardaparques. Con esa idea me dirigí a la terminal a tomar el colectivo.
Me habían dicho que el micro salía muy puntual, así que llegué casi corriendo pasados cinco minutos del horario de partida. Por suerte, ese día el chofer tuvo que hacer un cambio de vehículo, y terminó por demorarse 10 minutos. Al momento de indicarle mi destino, me recomendó que en lugar de bajar en la parada señalada por Turismo, bajara en la de Lago Verde. Me dijo que Villa Futalaufquen tenía algunos senderos pequeños y algunas pinturas rupestres, pero que paisajísticamente era más lindo Lago Verde, y que además la zona de la villa se había visto afectada por los incendios así que no iba a tener muchas alternativas. Más tarde, el guardaparques confirmaría la información. Pagué los 75 pesos del boleto y le pedí que por favor me guiara sobre el lugar en el cual tenía que bajarme. Hizo mucho más que eso, me guió durante todo el camino.
En Villa Futalaufquen paró unos minutos para que consultara con los Guardaparques y pidiera folletería y recomendaciones de los senderos. Me llevé unos sandwiches, fruta y unas galletitas, además de agua, ya que me habían informado que por estar fuera de temporada no había servicios de proveeduría.
Durante el trayecto, el chofer conducía tranquilo. Antes de salir de la ciudad, pasó por una panadería y se aprovisionó de unos panes con grasa que iba comiendo lentamente mientras conducía. Ya en el Parque, el paisaje circundante era simple y sencillamente hermoso. El hombre rutinariamente realiza ese tramo todos los días, y se lo veía contento con su trabajo. Inevitable reflexionar al respecto. Imaginariamente hice la comparación entre el recorrido de ese señor y el que realizo habitualmente para ir a mi trabajo. Pensaba en por qué habiendo tantos lugares tan lindos, y tantas rutinas distintas, uno elige vivir en la ciudad, viajar apretujado en el tren, correr todo el tiempo y estar bombardeado de cosas que lo alejan a uno de lo esencial. También pensaba en lo que me costaba levantarme temprano cada día, mientras que para viajar, conocer distintos lugares el cuerpo respondía mejor y la voluntad era mucho más fuerte. En esos pensamientos estaba cuando el vehículo se detuvo.
El chofer paró en una cascada para que pudiera sacar una foto, luego me hizo bajar en un punto panorámico desde donde se podía observar el Río Arrayanes, y el Glaciar Torrecillas. Finalmente me indicó que tenía que bajar en Lago Verde, donde iba a encontrar el inicio del sendero hacia el puente colgante sobre el Río Arrayanes y los circuitos de caminatas. Pero me dijo que todavía no me bajara, que me iba a dejar dos kilómetros más arriba, desde donde podía ir al Mirador del Lago Verde y que desde allí realizara mi recorrida. Me dijo que si por casualidad, llegaba a regresar antes a Esquel, que le avisara para que no se quedara esperándome, pero que en caso contrario, a las 19:45 podía esperarlo en el acceso a Lago Verde.
Era temprano. El sol estaba tibio. El bosque, húmedo. Con un poco de pereza, empecé a caminar. Árboles enormes, gigantes, chirriaban ante la presencia de una suave brisa. Apenas comencé a internarme en el bosque, el chistido de los pájaros era un desafío constante. Era un juego de escondidas donde tenía a las claras las de perder. Las aves pequeñas, mimetizadas con los troncos, eran difíciles de identificar pero saber que emitían su sonido y no poder visualizarlas me obsesionaba. Después me fui acostumbrando, sabía que no iban a dejarse ver.
Luego de un rato caminando en ascenso, no mucho, solo que la señalización no era del todo clara, llegué por fin al mirador del Lago Verde. Era una vista increíblemente bella. No había nadie. Sólo el paisaje y yo. Desde lo alto se veía el verde intenso del agua, la tibia caricia del sol, a veces atravesada por una leve brisa, las montañas, los árboles. Cómo no sentirse un ser privilegiado, bendecida por el universo, y por un instante, dueña absoluta de un tesoro inigualable, preciado, único. Ahí estaba mi pequeña humanidad sintiéndose parte de toda esa belleza. Los milagros existen.
Un rato más tarde deshice el circuito para retomar la senda hacia el acceso a Lago Verde. Iba muy tranquila y felizmente disfrutando de la experiencia cuando me detuve a mirar una pareja de pájaros carpinteros a los que inútilmente intenté fotografiar. Fue suficiente detenerme un momento para observar las aves, que como una venganza de la naturaleza, un montón de mosquitas comenzaron a molestarme. No lograba espantarlas, hiciera lo que hiciera, me atacaban en masa. No sé qué fue lo que sucedió, pero espontáneamente dejaron de seguirme.
Un letrero indicaba seguir un sendero que conducía a la pasarela del Río Arrayanes. Era el momento de internarse nuevamente entre la humedad, la vegetación, las sombras, y las aves. Llegar al puente colgante era ya una meta en sí misma. Según la indicación, no puede haber más de 20 personas en simultáneo sobre el puente. Tampoco se puede saltar. No había mucha gente, pero las pocas que había, se quedaban buen tiempo arriba del puente. "Cruza el amor, cruza el amor por el puente. Usa el amor, usa el amor como un puente".  Las frases de Cerati vuelan como gaviotas que se depositan en mis pensamientos justo cuando comienzo a transitarlo.  Ejerce cierta fascinación la belleza del paisaje, la adrenalina de un puente colgante y también la posibilidad de perder la vista entre las aguas verdes y encontrarla en las truchas de distinto tamaño que nadan en grupos reducidos.
Apenas cruzado el puente, comienza el camino que conduce hacia Puerto Chucao, desde donde habitualmente salen las embarcaciones que llevan al Alerzal Milenario. Por ese mismo sendero se llega al Lahuán Solitario, un alerce que le hace honor a su nombre, a orillas del Río Menéndez. Siguiendo la huella, se puede dar una vuelta completa para finalizar en el mismo punto donde se inició la caminata.
El Parque Nacional Los Alerces fue creado en 1937 con el objetivo de proteger a los milenarios árboles que le dan nombre. Lo ideal es realizar la visita al Alerzal, pero para eso, es necesario realizar la excursión en embarcación que en temporada baja tiene frecuencia limitada. Si bien en este viaje no iba a poder visitarlo, por lo menos tenía la intención de saludar al ejemplar solitario y completar todo el circuito de trekking que me proponía el lugar. En el Parque hay varios senderos de diferente dificultad, muchos pertenecientes a la Huella Andina, que traza algunas rutas que conectan a los distintos parques patagónicos. Algunos de los caminos estaban cerrados por las condiciones climáticas, o porque estaban reforzando la señalización. Recién para la temporada de verano estarán todos disponibles.
El sendero hacia el Lahuán es interpretativo, hay carteles que dan información acerca de la flora y la fauna. Saludé al solitario árbol y continué avanzando. A poco de llegar a Puerto Chucao, me encontré con un letrero que alertaba que el lugar era hábitat del puma, por lo cual se recomendaba como precaución no circular solo, y otros consejos más como que si te cruzabas con uno tenías que mirarlo fijamente y no salir corriendo. Fui hasta el puerto, pero al momento de continuar el sendero comenzó a preocuparme la idea del puma. Estaba sola. No había nadie y no me imaginaba estar frente a un puma mirándolo fijamente sin salir corriendo. Las personas que me había cruzado en el puente habían optado por quedarse en la playita a orillas del Río Arrayanes. Luego, a lo largo del trayecto no había visto a otras personas. En un acto de audacia llegué hasta el mirador del Glaciar Torrecillas. Era una panorámica de lujo, hermosa. Hubiera querido quedarme un buen rato allí, pero hubo dos cosas que me inquietaban profundamente. Una, la presencia de abejorros que parecían misiles yendo y viniendo todo el tiempo con su sonido amenazante. La otra, la eventual aparición del puma. No quería ser su almuerzo. Ante esa situación, decidí abandonar el circuito y regresar por el mismo camino.
En el regreso me crucé con un par de familias que estaban haciendo su excursión. Dudé si seguirlos, pero desistí. Llegué al punto de partida y un nuevo indicador me señalaba la posibilidad de hacer un nuevo circuito que no tenía indicado en mi mapa y que además recordaba que el guardaparques me había dicho que sólo estaba habilitado el del Lahuán Solitario. Nuevamente la duda y no saber si encarar la caminata o abandonarla sin haberla comenzado. Fue justo en ese momento cuando un hombre, su esposa y su hijo vinieron a mi rescate. El hombre conocía el lugar, era un experto. Me dijo que por ese camino hacía el circuito al revés, y quiso persuadirme para que retomara el camino que ya había realizado para terminar la caminata en el punto donde nos encontrábamos. Le expliqué que había llegado hasta el mirador pero que había decidido regresar porque los carteles señalaban que era el hábitat del puma. Se rió de mi comentario, me explicó que era difícil ver un puma, que esos carteles los habían puesto porque en una ocasión hace como cinco años unos turistas vieron un ejemplar muy dócil por esa zona, pero que ante cualquier eventualidad decidieron poner todas las alertas y recomendaciones. El hombre tenía una gorra de guardaparques, aunque no se presentó como tal y tampoco le pregunté. Sí me habló de su experiencia de un encuentro con un puma en el Parque Nacional Monte León. Luego, me invitó a compartir con ellos parte de la caminata, ingresando por el sendero Lago de las Juntas. Hice un trecho con ellos, y luego nos separamos. Ellos iban a seguir el circuito en camino inverso, y yo me iba a quedar un rato en Puerto Mermoud, sobre el Lago Verde.  Decidí concretar el recorrido hasta el Mirador Torrecillas para concluir el recorrido que había abandonado por culpa del puma.
La caminata me hizo entrar en calor, y una vez más, la técnica de la cebolla me fue de gran utilidad. Terminé pasando gran parte del día en remera manga corta. La jornada se presentaba espléndida. Todo había transcurrido de un modo armónico, ya que ni siquiera había tanta gente en el Parque a pesar de ser día domingo. Me senté en un tronco en la playita sobre el Río Arrayanes y contemplé largamente el paisaje. Cauquenes, gaviotas y algunos patos jugaban a lo lejos entre las aguas mansas que circulaban lentamente. Un martín pescador se detuvo un momento, inspeccionó el paisaje, se sumergió velozmente en el río y se fue con su presa a degustar de su éxito. Asombroso.
Cuando el viento comenzó a soltar brisas más intensas y la tibieza del sol comenzó a bajar, los visitantes iniciaron la retirada. A mí todavía me quedaban unas tres horas para que el colectivo pasara nuevamente por allí. El chofer me había dicho que la parada podía ser en cualquier punto del camino, así que opté por empezar a caminar. Claramente no iba a caminar los 35 kilómetros que el guardaparque me había dicho que había de distancia entre Lago Verde y Villa Futalaufquen, pero pensé en que la caminata siempre era una buena alternativa para disfrutar del paisaje y sobre todo teniendo en cuenta que el clima comenzaba a enfriarse. También tenía la expectativa de que alguien me acercara a la villa, puesto que ese era el único lugar en el que podía encontrar servicios sanitarios y donde la oficina de guardaparques estaba abierta. Pero pasó un vehículo y no me animé a hacer dedo.
Seguí caminando pensando en que la caminata estaba bien, cuando de pronto un enjambre de mosquitas, de las mismas que me habían atacado por la mañana, volvieron a perseguirme. Escuchaba su zumbido cerca de mis oídos, las veía moverse de acá para allá, como si se tratara de una tortura china, no lograba espantarlas. Una me picó en la mano y me di cuenta que no venían en son de paz. Tanto me aturdieron que me obligaron a ser determinante. Al próximo auto que pasara iba a hacerle dedo. Y así fue.
No tenía experiencia en hacer dedo. Las escasas veces que lo había intentado en alguna ocasión había fracasado rotundamente. Pero en esta oportunidad, definitivamente estaban enloqueciéndome. Por fortuna, el primer auto que pasó, me paró. Cuando me preguntaron a dónde iba, les comenté que mi destino final era Esquel pero que básicamente les agradecía si me llevaban hasta Villa Futalaufquen. Inmediatamente me invitaron a subir y me dijeron que ellos iban hasta Esquel y que si quería, me llevaban hasta allí. Por supuesto que acepté. Y fue una grata sorpresa.
Se trataba de un matrimonio grande. Él veterinario, ella ama de casa, y cuidadora de nietos la mayor parte del tiempo. Muy viajados, por lo cual, durante todo el trayecto hablamos largamente de viajes. Me contaron que les gustan los destinos de aventuras, y que después de Esquel, pensaban cruzar a Chile, andar por la carretera austral, y después volver por Los Antiguos, Puerto Madryn, entre otros destinos. Disfruté mucho el viaje que no sólo me permitió conocer sus historias, si no regresar temprano y ahorrar el pasaje de regreso. Nos despedimos no sin antes desearnos éxitos en nuestros respectivos viajes.
El día había sido extraordinario. En principio, la posibilidad de visitar el Parque por mi cuenta, era ya un logro. Después, encontrarme con un escenario espléndido donde había todo por disfrutar. Acto seguido, comprobé la amabilidad de las personas que están siempre dispuestas a ayudar, la familia que me invitó a compartir parte del trayecto con ellos, y luego el matrimonio que me ayudó y me compartió sus historias. Fue otro de esos días intensos con mucho para recordar.















miércoles, 21 de octubre de 2015

[‪#DIARIODEVIAJE‬] El viaje revancha: Esquel - Laguna La Zeta. Capítulo 2 (Cont)

Sabía que el paseo en El Viejo Expreso Patagónico iba a llevarme medio día, así que me pareció apropiado destinar el resto del día a realizar alguna de las caminatas que se pueden realizar a pocos kilómetros del centro de la ciudad.
En mi empeño por redescubrir los viejos lugares de antes y llenarlos de nuevos recuerdos, como en mi viaje anterior a Esquel, esta vez también mis pies me llevaron hasta la Laguna La Zeta.
El sendero comienza a dos kilómetros del centro. Era el horario de la siesta, el sol estaba alto, y yo, que había salido temprano, estaba bastante abrigada. No había salido del éjido urbano, cuando comencé a deshacerme del exceso de abrigo. Era un día precioso. Había una brisa fresca pero el ejercicio y el sol eran argumento suficiente como para terminar en remera de mangas cortas.
Una vez que se inicia el sendero, son tres kilómetros por camino de ripio casi siempre ascendente. Al principio hay algunas casas cercanas, pero luego, un pinar domina el recorrido. Al paso de los vehículos, una estela de polvareda se levantaba con ganas. Además de autos, eran frecuentes las motos y las bicicletas.
Un mirador con una vista de la ciudad y a lo lejos las montañas con los picos nevados y el valle que se prolonga más allá, es el primer regalo al esfuerzo. Un lugar ideal para descansar un rato y entregarse al disfrute del panorama. Después, a seguir el trayecto final hasta dar con la laguna.
El espejo es extenso y está rodeado de montañas que se observan a lo lejos y que se reflejan en el agua. En los bordes, algunas plantas acuáticas escoltan la pasarela hasta el mirador que se interna en la laguna. Se trata de una pequeña reserva local con servicios sanitarios y proveeduría. Las familias se instalan en las orillas a pasar un momento agradable en un bello entorno natural. El lugar también es elegido por los que practican kayak o paseos en bote.
El cielo claro, las montañas, el agua, las aves que habitan el lugar, forman un marco perfecto. El viento es escaso, la visibilidad absoluta. El grito de los teros y de las bandurrias musicalizan un momento único.
Después de permanecer un largo rato sometida a la magia de esa postal, emprendí la caminata de un kilómetro hacia un mirador. El camino serpentea entre pastizales y arbustos para desencadenar luego en un pinar. Allí, un mirador ofrece otra vista de la ciudad. El caserío se despliega a lo lejos entre los rayos del sol y la sombra que proyectan los árboles. Un instante más de recreo antes de iniciar el regreso.
Fue un día de mucha actividad, intenso, rico, pleno. La tibieza del sol me acompaña a desandar el camino. Vuelvo a mirar la ciudad desde lo alto, y me pierdo en el trazado de las calles tratando de identificar los sitios que ya he transitado, y que minutos más tarde, volveré a transitar.















sábado, 17 de octubre de 2015

[‪#DIARIODEVIAJE‬] El viaje revancha: Esquel - La Trochita. Capítulo 2

El sábado era el día del paseo en La Trochita. La primera vez que estuve en Esquel, más de una década atrás,  no pude hacer el recorrido por falta de coincidencia de horarios. En mis recuerdos atesoraba la imagen del ingreso del micro a Esquel y ver pasar muy cerca al tren que ya había iniciado su trayecto habitual. Fue la única imagen que tuve famoso tren por mucho tiempo.
Hace dos años me encontré con la sorpresa que desde El Maitén se hace otro recorrido entre esa localidad y la estación Desvío Thomae. La combinación para llegar desde Bariloche a El Maitén era complicada, había que ir a El Bolsón y desde ahí tomar un colectivo pero en horarios que resultaban en la práctica de imposible combinación. Así fue como tuve que contratar una excursión con una agencia. Como los únicos interesados en realizar el viaje éramos una pareja y yo, nos llevaron en un remis que nos esperó hasta la finalización de la actividad. En El Maitén, hay un Museo y también están los talleres donde se realizan las tareas de mantenimiento del tren. Se realiza una visita guiada y luego, el paseo en tren. Esa experiencia había resultado fantástica. Tenía un misticismo, una magia que era como transportarse en el tiempo y disfrutar de un deleite anacrónico cuyo resultado era una imborrable sensación de alegría y bienestar. Sin embargo, esa Trochita, no parecía ser "La" Trochita. La auténtica, en mi imaginario, como le sucede a muchos, estaba en Esquel.
El famoso tren de trocha angosta que es uno de los más emblemáticos de Argentina, es uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad de Esquel. Mis ganas de conocer ese tramo seguían intactas. No sólo porque es un sello de esa población austral, si no porque en definitiva, el paisaje que se observa es diferente. Cuando planifiqué mi viaje al Sur, Esquel estaba incluido básicamente por esas ganas de hacer el viaje en el tren.
Compré el pasaje con anticipación. Iba a recorrer ese paisaje probablemente con un poco de nieve de fines del otoño. Pero como esos planes quedaron opacados por un regreso anticipado y un viaje inconcluso apenas iniciado, en esta revancha el tren no podía faltar, sobre todo porque me crucé con la amabilidad y generosidad de la gente que trabajaba allí y que puso mucho de su voluntad por mantener intacta mi reserva. Enormes e infinitas gracias sentí por esa suerte que conspiraba a favor de mis deseos.
Ese día me levanté temprano, desayuné y salí a recorrer las calles que me separaban desde el hostel hasta la estación ferroviaria. La emoción crecía a medida que me acercaba. Es una increíble sensación de bienestar que la hace también indescriptible.
En la construcción que fue la vieja estación, funciona un pequeño museo. Algunas piezas del ferrocarril y fotografías, cuentan la historia del Viejo Expreso Patagónico que este año festeja sus 70 años. El tren cuya trocha de 75 centímetros es su sello de identidad y su locomotora a vapor, por fin íbamos a vernos las caras.
Mi ubicación estaba en el coche del medio, el 1125, afortunado número. Cuando descubrí que la comodidad que me había tocado era la de la ventanilla, volví a sentir el guiño del universo.
Las ruedas del ferrocarril empezaron a rodar lentamente. Nunca llegaron a rodar rápido, es un viaje tranquilo que permite disfrutar del paisaje. Las montañas, los pastizales, la estepa, el mallín,
fragmentos de la ciudad. En los cruces de calles y rutas, la misma reacción, la gente mirando el tren y saludando su paso. Adentro, la salamandra calentando el ambiente de vagones originales, y otros refaccionados. La guía pasa por los vagones contando un poco de la historia del tren y responde las preguntas de los turistas que cámaras fotográficas en mano se entrega al paisaje.
Seguramente el señor que viajaba a mi lado debe haberme detestado un poquito. A cada rato abría la ventana para poder obtener fotos y el viento frío le debe haber provocado más de una molestia. Pero tanto esperar por este viaje, era inevitable la tentación de sacar fotos y más fotos. Además no era la única, muchas cabezas se asomaban por las ventanillas, sobre todo en las curvas que permitían apreciar la máquina a vapor en todo su esplendor.
Me maravillé con el paisaje, me dejé fascinar por la vista de la locomotora en cada curva. Y no oculté mi sorpresa ante la huida de las liebres que rápidamente salían disparadas entre las matas próximas a las vías y se escondían entre la vegetación amarillenta. En El Maitén ya me había deleitado con ese simple descubrimiento. Sentía que era como jugar a las escondidas. Las liebres tenían miedo a ser descubiertas y salían disparadas a encontrar un nuevo escondite. En el medio, yo cantaba "piedra libre".
La Vuelta del Huevo es el punto clave del viaje. Es una curva pronunciada que permite obtener una vista privilegiada del tren. Y es también el lugar donde el tren descarriló la última vez. El relato de la guía llena de asombro a todos, y también de cierto temor. Pero es la misma guía quien explica que ese día de 2011 había tanto viento, ráfagas que llegaban a superar los 120 kilómetros por hora, que fueron suficientes para romper la resistencia del tren, Afortunadamente no hubo heridos.
Además de la guía, un músico con guitarra en mano realiza algunas canciones que hablan de las tradiciones del lugar y las creencias mapuches. Es un anticipo de lo que sucederà después, la llegada a la Estación Nahuel Pan. Allí el tren se detiene por espacio de casi una hora. Hay tiempo suficiente para recorrer las escasas dependencias que se encuentran en el páramo. Un museo de las culturas originarias, unos locales de venta de torta fritas y una pequeña feria de artesanos. Más allá una inmensa geografía se muestra extensa y árida, difícil y solitaria. A lo lejos, un grupo de ovejas marcha en fila tras las órdenes de unos niños que las arrean.
Para entrar al museo se paga un bono contribución cuyo costo es "a voluntad". Algunas piezas de cerámica, fotografías, objetos de la vida cotidiana se distribuyen en reducidos compartimentos. Una señora que peina sus canas en un rodete lleva una chaqueta azul con un distintivo del museo. Una pareja se fotografía con la señora, al ver la situación otra mujer le pregunta también a la anciana si le pueden tomar una foto. La respuesta fue "sí, si me dan una propina". Luego, la turista la interroga "¿usted es una mapuche?" y me pide con su tablet que le tome una foto a ella, la mujer que la acompañaba y "la mapuche".  Me quedé pensando en esa situación. Por un lado me pareció muy bien que le preguntaran si podían fotografiarla, por otro lado, la mujer acepta a cambio de una propina y reflexiono sobre la pregunta "¿usted es una mapuche?" y en la necesidad de la turista de obtener una foto "con la mapuche".  Pienso en que los habitantes locales esperan la llegada del tren que trae a los turistas para poder ofrecer sus productos y obtener ingresos.
No le tomé ninguna fotografía, pero sí me dio curiosidad la mujer. La observé parada allí en la sala, con su mirada vidriosa y sus arrugas delatando el paso del tiempo y también la rigurosidad del clima. Me acerqué para intentar una charla. Le hice un comentario sobre la crudeza del clima y me dijo que ella siempre vivió allí, que está acostumbrada. Después le pregunté cuánta gente integraba la comunidad, y me respondió "y, son muchos, muchos". Era muy escueta en sus palabras y su tono de voz era bajo. "Algunos andan en el campo, con los animales", me dijo. "¿Con las ovejas?", le pregunté, recordando que había visto a aquellos niños arreando a los ovinos. "Sì, en el campo". Fin del diálogo.
Por supuesto, como muchos, también me compré una torta frita. Es como una tradición. Y también una forma de hacer un aporte. Cuando termino mi recorrido por la feria, descubro que ya comenzaron las maniobras para cambiar la ubicación de la locomotora. Todos están allí, a la expectativa de los movimientos, y todos buscan retratar a la estrella del paseo, la máquina a vapor. Pocos minutos después, se inicia el regreso.
Una vez que volvimos a pasar por la Vuelta del Huevo me fui hasta el vagón comedor. La consideraba una visita obligatoria. Tenía que ir y sentarme a disfrutar el paisaje degustando algo rico. El vagón era de madera y tenía sus ventanillas decoradas con cortinas blancas. Pedí un café y una tarta de frutos rojos que era exquisita e irresistible. Era demasiado para una sola persona, pero tuve que hacer el sacrificio.
Cuando el tren volvió al punto de partida, tuve toda la sensación de objetivo logrado, de sueño cumplido. Dejé la estación bajo un sol brillante, y con una sonrisa enorme.