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domingo, 30 de octubre de 2016

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] San Rafael sólo en verano

Conocí San Rafael hace tiempo. En realidad no la conocí. Pasé por sus principales puntos turísticos, pero sin detenerme en la ciudad. Como en ese viaje anterior no había podido estrechar vínculos con ese destino, y ante los comentarios de gente que me incentivaba a pasar más días allí, pensé en un viaje en el cual la mayor parte de mi estadía transcurriera en San Rafael.
Los planes no estaban fijos, por lo cual cambiaron inmediatamente. Por un lado, la ciudad de Mendoza me ofrecía varias alternativas para permanecer allí, lo cual hizo que mi partida hacia San Rafael se demorara. Cuando decidí partir lo hice con muchas expectativas, la mayoría de las cuales no se cumplieron.
La encontré más pequeña de lo que imaginaba. Eso no dejaba de tener cierta magia. Que siendo una núcleo reducido fuera capaz de concentrar varios atractivos turísticos y lograr la concurrencia obligada por parte de quienes visitaban la provincia hablaba de un gran magnetismo, y eso ya era interesante.
Llegué a la plaza principal sin mucho esfuerzo. Sus figuras talladas en madera, la prolijidad de su diseño y mantenimiento la hacían un paseo agradable. La iglesia cuya construcción era llamativa desde varias cuadras a la redonda, y la Municipalidad, se encontraban en los alrededores de la plaza. A pocos metros, se encontraba mi alojamiento. La primera sorpresa fue que el lugar estaba vacío, y los precios, bastante más elevados que en la ciudad capital. La segunda fue encontrar que para llegar a los lugares turísticos no había opciones de transporte público como para hacerlos por cuenta propia, sino que había que contratar excursiones y no sólo resultaban costosas, sino que había que esperar que las agencias completaran un cupo mínimo ya que no había muchos turistas en la ciudad.
Me gusta viajar en temporada baja porque los precios suelen ser más accesibles y los sitios no se encuentran atestados de turistas. En el caso de San Rafael, no fue una buena opción. Los precios no sólo no resultaban económicos, sino que el hecho de que no hubiera turistas atentaba contra la posibilidad de hacer excursiones.
La Cañón del Atuel, la represa El Nihuil, el dique Los Reyunos, son los principales puntos de interés turístico. En su momento, había visitado todos estos sitios. En el Río Atuel también hice rafting por primera vez. La belleza paisajística es innegable. Sin embargo, dado el contexto en el que había viajado en esta ocasión, decidí que podía prescindir de una nueva visita. Los colectivos que cubrían el trayecto hacia esas zonas turísticas no tenían horarios que permitieran ir y volver en el día en horarios que fueran aprovechables. O había que ir por la mañana muy temprano o ir alrededor del mediodía y volver al anochecer, pero en época de frío no es una alternativa recomendable. El frío era realmente implacable.
Sí, me tocaron días de frío extremo. Había llegado con un día veraniego, caluroso, ideal para mangas cortas. Ese primer día fui a visitar la bodega más tradicional de San Rafael. Me habían hablado de ella antes de iniciar mi viaje, así que apenas llegué, no dudé en caminar hasta allí y participar de la visita guiada que se realizaba en forma gratuita. El lugar era muy bonito, calmo. La escasez de turistas hacía que la guiada fuera casi exclusiva. La historia del lugar, de la familia que dio impulso a la actividad del vino en la ciudad resulta sumamente interesante, conocer las estructuras antiguas, los utensilios y herramientas de la época, y las fotos que dan cuenta del paso del tiempo, son un complemento para una visita enriquecedora. Después, una mini degustación para probar el resultado del producto elaborado en la bodega. Ese día, además, visité el parque para los niños, pero ya al caer la tarde, el frío comenzó a notarse.
Los días que siguieron fueron muy fríos. El viento soplaba con un aliento fresco. Fresquísimo. Las hojas desprendidas de los árboles, rodaban con intensidad sobre las veredas y se arremolinaban intensamente. El Museo Ferroviario que funciona en la antigua estación del tren fue un refugio perfecto para conocer la historia del ferrocarril que circulaba por la zona. Eran dos salas pequeñas, pero suficientes para saber los detalles de cómo se instaló y cómo terminó por desmantelarse el servicio. La entrada tenía un valor simbólico que era casi gratis.
La mañana del tercer día de mi estadía me levanté temprano. Había decidido acortar mi estadía y viajar nuevamente a Mendoza. La encontraba mucho más atractiva y accesible. Todas las personas con las que me había detenido a hablar, me habían sugerido que volviera en verano. Sin mucho más que hacer, me tomé un colectivo hasta la Villa 25 de Mayo, donde se encuentra el área fundacional. El frío de esa mañana se hacía sentir con ganas. Con muchas ganas. Anduve un buen rato dando vueltas por ahí. Las construcciones sencillas, antiguas, simples, me resultaban muy llamativas y bonitas. Al rato, cuando ya había satisfecho mi curiosidad, volví a la ciudad, y me fui hacia la terminal para regresar a Mendoza.
Definitivamente a San Rafael hay que ir en verano. O con vehículo propio. Desde esa ciudad se pueden visitar sitios tan lindos como Las Leñas, Valle Hermoso e inclusive Malargüe, un destino que está en mi ranking de los más lindos de la provincia, que recuerdo con cariño y al que sin dudas me gustaría volver. Las opciones, cuando febo asoma, se multiplican. Lección aprendida, si vas a visitar San Rafael, que sea en verano.











































martes, 27 de enero de 2015

Diario de viaje: El Maitén, la otra Trochita

Hacía mucho tiempo que quería hacer el recorrido de La Trochita. Hace algunos años -bastante más de los que recordaba-, fui a Esquel con intenciones de realizar el viaje. No tuve suerte, mientras estaba ingresando a la ciudad, vi cómo el tren pasaba realizando su rutinario paseo. Años más tarde, un nuevo viaje me llevaba otra vez al Sur y nuevamente incluía en mis planes al tren de trocha más angosta del país. 
Tuve que descartar el viaje a Esquel porque no había disponibilidad de plazas. Sin embargo, como cuando el deseo es intenso, el universo conspira a favor, descubrí que La Trochita tenía un recorrido alternativo que cubría el trayecto El Maitén -Bruno Thomae. Genial! El problema que se planteaba era cómo llegar a El Maitén. Desde Bariloche no había conectividad. Desde El Bolsón había un colectivo pero sus horarios no coincidían con los de La Trochita. La única opción fue contratar la excursión en una agencia. El viaje se hizo en un remis. Los 67 kilómetros que separan a El Bolsón de El Maitén, el auto lo cubrió en el plazo de una hora. 
El Maitén es un municipio pequeño. La mayoría son empleados públicos, muchos ex empleados del ferrocarril, y algunos que siguen ligados al tren. El barrio ferroviario está ahí nomás de las vías, y las construcciones tienen toda la impronta del estilo inglés. Su fundación se debió a la llegada del tren, allá por la década del 40. Su estancamiento se produjo en la década del 90, con aquella nefasta política de que "ramal que no se usa se cierra". Despidieron a los empleados del ferrocarril y sólo un puñado de ellos pudo seguir trabajando cuando la provincia se hizo cargo del ramal con fines turísticos.
Además del paseo en tren, en El Maitén están el museo y los talleres, los cuales pueden visitarse con guía. El museo es pequeño, y la señora que lo atiende es por demás amable. El recorrido es circular a lo largo de una sala donde hay desde fotos, faroles, uniformes usados por los guardas, hasta un fragmento de vía y boletos de trenes, entre los que se podía ver uno desde El Maitén a Plaza Constitución.
Después de la visita al museo, se realiza una recorrida por los talleres. La recorrida por los talleres fue fantástica, algo así como revivir parte de lo que había leído en "La libertada es un tren", el libro de Germán Sopeña, material de estudio de la facultad. La guía hablaba del origen de las máquinas que eran de dos tipos, las Baldwin (norteamericanas) y las Henschel (alemanas), los boogies, y todas las maquinarias que utilizan los trabajadores de los talleres. La mujer explicó que el taller antes era un galpón donde se hacía todo, pero que con el tiempo se fueron segmentando los sectores para que todos trabajaran más cómodos, y además está calefaccionado ya que suele hacer mucho frío. En la sección de carpintería contó que se hace el mantenimiento de los vagones, ya que es necesario cambiar las maderas de los laterales, mientras que se conservan los techos y los pisos. El motor de las locomotoras tiene una vida útil de 8 años, por lo cual cada tanto se hace la revisión total del motor, se lo desarma por completo y se lo pone a punto. Hay sólo 4 locomotoras en funcionamiento. Dos se usan en la formación que sale de Esquel y las otras dos se usan en el trayecto de El Maitén. Todas las reparaciones, sin embargo, se hacen en el mismo taller.
En el galpón se encontraban algunos de los vagones de los que se usaban para carga de ganado ovino en pie, lanas o trigo. También estaban los vagones de media carga, y los vagones en los que se transportan los bidones de agua y combustible que el tren necesita para marchar. Por cuestiones de seguridad, el vagón de carga siempre tiene que ir antes del de pasajeros. 
Recorrimos todo el taller,  y a cada pregunta, la guía respondía amablemente. Contó que durante la temporada alta se hacen recorridos de martes a domingos hasta dos veces por día, luego hacen recorridos en vacaciones de invierno y los fines de semana largos. En ocasiones especiales como el día del niño suelen hacer trayectos más cortos. Hay un recorrido completo que se hace a veces con turistas extranjeros, que va de Ingeniero Jacobacci a Esquel, y que las agencias venden en el exterior. 
Minutos antes de que comience el recorrido, se realizan las maniobras necesarias para llevar la formación hasta la estación. Se recorren 22 kms, la misma cantidad que se realiza desde Esquel a Nahuel Pan. Desde El Maitén se va hasta la estación Thomae, allí hay un desvío, y la estación se instaló hace apenas cinco años. Anteriormente se llegaba hasta el mismo punto pero se quedaban debajo de los pinos. Es que esa estación se creó a instancias del paseo. La siguiente estación es Leleque, a 50 kms de El Maitén, pero cubrir esa distancia llevaría demasiado tiempo, por lo cual se estableció el final del recorrido en ese desvío. 
El jefe del tren es el que oficia a la vez oficiaba de guarda. Con pinza en mano pasó picando los boletos. Los pasajeros pueden moverse de un vagón a otro, y en la estación de llegada, tomarse fotos en la locomotora. Mientras tanto, el recorrido está lleno de curvas que van dibujando un serpenteo entre la estepa. Las liebres huyen al escuchar la llegada del tren y se pierden entre la vegetación rala. 
La tripulación del tren se conforma del maquinista y su ayudante, dos técnicos, la gente del vagón comedor, la guía y el guarda, que era también el jefe y responsable de todo lo que pasaba en el tren. Para cuando llegamos a la estación Thomae, todos los pasajeros descendieron para fotografiar la máquina, subirse a la posición del conductor y tocar la bocina. La fascinación que produce La Trochita era suficiente como para sentirse dentro de una gran aventura. 
El vagón comedor dispone de mesas para deleitarse con una merienda mientras se devora el paisaje reflejado a través de las ventanas. El comedor estaba a cargo de unas señoras -la mayoría viudas de ex empleados del ferrocarril- que pertenecían a la cooperadora del club de jubilados del ferrocarril. 
Una vez que el tren se puso en movimiento para emprender el regreso, fui hacia el último vagón y desde allí busqué obtener en una curva una toma del tren en todo su esplendor. El tren circulaba a 20 kilómetros por hora, mientras las liebres se alejaban rápidamente de las vías. Fue una experiencia fantástica que hizo que me sintiera alegre y feliz. Por suerte, Trochita no hay una sola.