Un refugio natural. Una geografía privilegiada. La calidez de un hogar aún cuando el clima pueda estar fresco o ventoso. Ciclos. Etapas de la vida.
Cada año, entre mayo y diciembre, las ballenas vuelven a la zona de Pensínsula Valdés y sus alrededores. El mar azul intenso las recibe y ellas agradecen ofreciendo un espectáculo maravilloso.
Como a las ballenas, a mi también me gusta volver a Puerto Madryn.
El mar, sus playas extensas, el viento, a veces suave y otras violento, unas veces tibio, otras gélido. El muelle que se prolonga hacia el mar y que es un paseo obligado, tanto como la costanera que se extiende unos cinco kilómetros hacia el punto panorámico donde está el monumento al Indio Tehuelche, un ícono referencial de la ciudad, son algunas de las cosas que añoro.
La primera vez que pude apreciar las ballenas, la experiencia fue fascinante. Tanto me encantó, que añoré repetirla. Recordaba el sabor salino en mis labios luego de permanecer por horas observando el mar y tratando de adivinar las ballenas cada vez que veía indicios de su presencia: el chorrito de agua que exhalan, o las gaviotas merodeándolas. El paisaje azulino del mar, del cielo, el dorado del sol reflejando sobre los acantilados, la tranquilidad, la paz, la crudeza de la vegetación, de la piel, las casas solitarias, las noches frías y estrelladas. Todo fue un cúmulo de recuerdos que quise revivir apenas tuve oportunidad.
Cuando tuve la revancha, fue el turno de conocer Puerto Madryn. Una ciudad que me impactó por sus dimensiones, por la belleza de su costa, por los destinos que podía visitar haciendo base allí. Pero sobre todo, lo que más me encantaba era que podía sentarme a mirar el mar y ver a las ballenas hacer sus piruetas. Y las había a montones. Todo el tiempo era posible descubrir a alguna saltando o mostrándose con sus ballenatos.
Fue un invierno que coincidía acaso con una etapa fría de mi vida. Observaba las ballenas y me resultaba increíblemente maravilloso que tan religiosamente llegaran a la cita fijada por el calendario y se mostraran ante los ojos atónitos que, como los míos, recorrían la ciudad con la excusa de verlas.
Las excursiones de avistaje embarcado se hacen desde Puerto Pirámides. Así que viajé hasta allí. Lo hice en el bus de línea que une ambos destinos al cabo de una hora de viaje. Durante ese lapso, el cristal de las ventanillas me devolvía postales esteparias, solitarias, agrestes pero no por eso, menos agradables.
En esa ocasión había recorrido mucho de la propia ciudad y de los alrededores. Fue una forma de descubrir el lugar, al mismo tiempo que explorar sensaciones y sentimientos encontrados. Cuando decidí construir nuevos recuerdos, esa premisa me llevó nuevamente a volver.
El reencuentro con la ciudad fue un reconocer los lugares por los que había andado anteriormente, y también identificar nuevos sentimientos así como atesorar experiencias nuevas. Las ballenas estaban allí, y fue como una comunión. Entender que estábamos en una misma sintonía. Extraña y genunina conexión con la naturaleza. Fue el comienzo de una etapa luminosa. Dejar la mochila de la añoranza a un costado para empezar a transitar nuevos proyectos. Quizá como parte de un plan universal, me encontraba nuevamente en el punto de inicio de un nuevo ciclo.
Me encontraba atravesando un tiempo de confusión y de quiebre. En esa necesidad de conectar con las emociones y con lugares que nos hacen bien, volví. Recién comenzaba el mes de diciembre. Me recibió una tarde ventosa, muy ventosa. El mar azul intenso seguía estando allí ofreciéndome un escenario de melancolía en el que las ballenas ya no estaban. Las extrañé, como a todos los recuerdos que se me despertaron.
No puedo explicar la fascinación que me generan las ballenas. Quise visitarlas en otros lugares del mundo pero no tuvimos coincidencia. Mi destino y el de ellas parecían no tener otro punto en común que el de Puerto Madryn. Así que nuevamente, decidí ir a visitarlas.
Una vez más volví. Fue un viaje sólo para verlas, para regalarle a mis ojos y a mi alma, el placer de observar un espectáculo natural.
Apenas llegué empecé a recorrer la costanera. Pasear la mirada por el horizonte y esperar encontrarlas. No parecían querer recibirme. Apenas había avistado una a lo lejos. Había ido a verlas y no quería volver sin conseguir ese propósito. Al día siguiente fui hasta El Doradillo. El horario del mediodía coincidía con la marea propicia para observarlas cerca de la costa.
La vez anterior me había tocado un día muy frío y de abundante bruma. Las ballenas apenas se divisaban. Esta vez fue diferente. Podía apreciarlas en cantidad, muy cerca de la costa. Estaba encantada de estar allí. Era como un premio de la vida. Un acontecimiento tan natural, un ritual tan cíclico, y otra vez me sentí frente al inicio de un nuevo comienzo.
Al día siguiente me levanté temprano. Tomé el bus que iba desde Puerto Madryn a Puerto Pirámides, el único servicio existente en día domingo. Pagué, como todos los pasajeros el costo de la contribución por ingresar al área protegida de Península Valdés, y al poco rato, ya estaba en el pequeño poblado desde donde haría la excursión embarcada. Como el día previo el puerto había estado cerrado, había muchos turistas dando vueltas por allí. Mientras esperaba el horario de salida de mi tour, recorrí la playa siempre con la vista perdida en el mar. Las ballenas estaban allí, de tanto en tanto, se las observaba a lo lejos, mientras las embarcaciones se acercaban con los turistas ansiosos de capturar ese fenómeno.
Como había muchos turistas, el paseo en la embarcación resultaba similar a un bus en horario pico. Muchos pasajeros en cada salida. Sin embargo, apenas las ballenas comenzaron a mostrarse, las incomodidades quedan en el olvido. Creo que los comerciantes especulan con eso.
Durante poco más de una hora, las embarcaciones se internaran en el mar, pero siempre al resguardo que ofrece el golfo. Al comenzar a navegar, aparecen los primeros mamíferos. El asombro crece. Se percibe el acercamiento por el colorido y el movimiento de las aguas. Si permanecen sumergidas, a través de la claridad de las aguas, se las observa pasar por debajo de la embarcación.
A veces asoman tímidamente, o irrumpen sorpresivamente. Una cabeza, una aleta, una cola, una mamá y su cría, un cortejo. Escenas que suceden y que frente a las cámaras, se vuelve imprescindible tratar de capturar el momento.
Una ballena, luego otra. Varias embarcaciones que van y otras que vuelven. Las ballenas están a montones allí, cubiertas por las saladas aguas del mar. Las versiones dicen que este año es el de mayor presencia de cetáceos de los últimos tiempos. Finalmente el avistaje no decepciona.
Al finalizar el paseo, hay tiempo antes del horario de partida del bus de regreso, para sentarse a observar las ballenas desde la costa.
El espectáculo es maravilloso. Y una vez más me siento bendecida y agradecida por estar donde tenía que estar.
Antes de despedirme de la ciudad, vuelvo a recorrerla todo lo que puedo. Vuelvo a transitar sus calles, a sumergirme en sus playas, a internarme en el mar a través de su muelle, a absorber su aroma marino, a guardarme el sabor salino en los labios, a respirar profundo y dejar que las instantáneas se fijen en mi memoria.
Las ballenas permanecerán algún tiempo más por esas latitudes antes de retornar a su hogar. En cambio, es mi momento de partir. Es un final que da comienzo a otro inicio. Un nuevo cierre de etapa, un nuevo ciclo que comienza. Es una forma de entrar en sintonía con la naturaleza, zambullirse en la inmensidad y sacar la cabeza para respirar.
Un final. Un comienzo. Un volver a empezar.
sábado, 27 de octubre de 2018
martes, 25 de septiembre de 2018
[#DIARIODEVIAJE] Isla Grande de Chiloé
La Isla me recibió con un clima agradable. La primera tarde que pasé allí me resultó cálida y encantadora. Todo era distinto, particular y hermoso. Las fachadas de las casas, por lo general atractivas me llevaban a observarlas con detenimiento.
| Palafitos |
Las viviendas palafito se presentaban como las postales infaltables. Desde un mirador, se las podía observar desde lo alto, y a medida que se iba descendiendo, y se iba acercando al lugar, podían obtenerse vistas distintas. El sol del atardecer con su luz tenue resaltaba el colorido de las construcciones, e iba mutando en luces y sombras hasta oscurecer toda la visión.
La fisonomía de las casas, de los edificios, de los negocios resulta muy atractiva. El colorido de los murales, también. Andar por las calles con ojos sorprendidos es casi un ritual. Por eso, caminar el caprichoso sube y baja de sus calles, se convirtió en una constante. Hacia la costa, el puerto, las embarcaciones, la vieja locomotora, el mercado de artesanías. Una escenografía acompañada por un cielo nítido durante el día y con una paleta de colores entre los naranjas, rojizos y violáceos por las tardes.
Los miradores son puntos de observación que forman parte de la escala necesaria en cualquier paseo. Desde allí se aprecia una mirada particular que permite reflexionar sobre lo que vemos y la magia de estar allí para deleitando la vista, oxigenar pulmones y también los pensamientos. Los dejás fluir, te entregás al momento y simplemente disfrutás.
El patrimonio religioso es muy importante en toda la región. Si bien hay un circuito de templos cuya construcción sigue lineamientos típicos y que data de principios del siglo pasado, no estuvo en mis planes recorrerlo ya que lo aconsejable es hacerlo con vehículo. No obstante, me permití conocer algunas de ellas. La primera que visité fue la Iglesia de San Francisco. Su fachada amarilla, combinada con el violeta de las cúpulas de sus torres y el blanco de sus marcos, es un imán. Al ingresar, lo que se observa en su interior es algo totalmente distinto. El predominio de la madera expuesta en los pisos, paredes, puertas, el mobiliario, realmente asombran.
La Iglesia de Nercón es otro de los santuarios a visitar, a pocos minutos en bus desde el centro. La curiosidad me llevó a visitarla, pero sus puertas estaban cerradas. Pero pude aprovechar el viaje para recorrer la zona, perderme largo rato observando cisnes de cuello negro que nadaban muy cerca de allí. También observé los astilleros artesanales que se despliegan en las cercanías. Al verme con mi cámara a cuestas, unas turistas locales, tres señoras mayores que andaban de paseo, se ofrecieron a posar para que les tomara una foto. "Así te llevás un recuerdo auténtico chileno", me dijeron. Y parte de ese souvenir tiene que ver precisamente con la amabilidad de las personas.
De la terminal municipal parten los ómnibus que facilitan el recorrido hacia distintos puntos de la Isla. Dalcahue fue uno de los destinos más recomendados por sus cocinerías. Antes del recorrido gastronómico, opté por tomar otro bus que me llevaría, balsa mediante, a cruzar hasta la Isla Quinchao. Esta es una de las islas de mayor tamaño dentro de las que conforman el archipiélago. Continué camino hasta Achao para visitar su iglesia, cuyo interior es impactante. En sus paredes pueden observarse los detalles de la arquitectura de la Escuela Chilota. El museo local, también aporta información sobre la historia y la cultura del lugar. La costanera y su mercado de productos típicos es otro de los sitios obligados.
A la vuelta, una parada en Curaco de Velez permitió conocer la iglesia, y parte del humedal muy cercano. Después de recorrer la tranquilidad de sus calles y observar el atractivo de sus fachadas, fue el momento de regresar a Dalcahue.
Las cocinerías son un punto de concentración para el turismo gastronómico. Allí se ofrecen distintos menúes, la mayoría a base de mariscos, que son el deleite de los visitantes. Pegado al comedor, se encuentra el mercado de artesanías donde, como en toda la isla, se destacan los tejidos. Las lanas de distinto tipo y colorido son un producto típico. Ovillos de lana de diverso grosor, prendas elaboradas para todos los gustos y necesidades. Gorros, bufandas, medias, sacos, sueters, cuellos, bolsos. Mientras afuera llovía torrencialmente, me entretuve hablando largamente con una de las tejedoras. Me habló de toda una vida dedicada a la tarea de tejer, de cuidar a su familia, de la vida de campo. Tenía un hablar sereno, y algunos términos que no llegaba a identificar porque su modulación era un poco cerrada por momentos. La piel de sus manos y su rostro, se veía bastante curtida. Terminé por llevarme un par de gorros, más por agradecimiento por la charla que por la intención de llevarme un souvenir. Una vez que la lluvia mermó, tuve tiempo de visitar la Iglesia de Dalcahue, y recorrer un poco más de sus calles.
Al día siguiente me quedaba conocer Quemchi, un poblado pequeño y tranquilo. Las embarcaciones que descansan en la orilla eran testigos del ir y venir de las aguas, del constante sobrevuelo de las gaviotas y de la presencia de los lobos marinos. Los restaurantes locales sirven platos con pescados y mariscos como ingrediente principal.
Después de recorrer el pueblo, la siguiente parada consistía en conocer la Isla de Aucar, a la cual se llega luego de atravesar un puente de madera. Es el lugar es conocido como de descanso de las almas navegantes. Un cementerio, una iglesia y algunos senderos de interpretación de la vegetación, son las opciones a visitar.
Mientras esperaba el bus que me llevaría a las Cascadas de Tocoihue, una mujer que también esperaba el bus me orientaba sobre la vida en la zona. Desde su perspectiva, las salmoneras eran una oportunidad de empleo, y un símbolo de crecimiento. Me explicaba que la vida allí era muy simple, y a modo de ejemplo, me decía que ellos comían mariscos todos los días y lo hacían en forma gratuita porque no tenían más que caminar hasta la costa y recolectar los frutos del mar. Después, me indicaba que el resto, lo obtenían de la tierra. Huertas propias hacían que no fuera necesario demasiado para tener una vida tranquila.
Las cascadas están situadas en una propiedad privada, por lo cual hay que pagar un acceso. Desde allí, otro bus me llevó hasta Tenaún donde se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora del Patrocinio, declarada Patrimonio de la Humanidad.
El ambiente rural acompaña durante todo el viaje. En la costa, los pescadores son parte del paisaje. Un puñado de casas aglomeradas en los alrededores de la calle principal, conforman el pueblo. Todo tiene un andar tan sereno, que hasta los buses se movilizan con una frecuencia espaciada. No es difícil mimetizarse con el lugar. La arquitectura de las viviendas es atractiva por su simpleza y su distinción. Las paredes de madera tienen diseños distintos, y el colorido también varía. El paso del tiempo se adivina en las tonalidades descoloridas, pero que no las hacen menos llamativas.
Los días en Chiloé fueron de mucha tranquilidad. Todo tiene otro ritmo y parece que fuera imposible el cansancio aún cuando camine todo el día. Es que el andar es también tranquilo y a la vez el paisaje es tan bucólico que es imposible que transmita otra cosa que no sea la armonía con el universo. Sin embargo, aunque pareciera que lentamente, los días fueron transcurriendo con una rapidez contrastante. La estadía hubiera requerido algunos días más ya que me quedaron muchos otros sitios por conocer.
Al regreso, me permití una pasada rápida por Puerto Montt, antes de volver a Puerto Varas. Era la última etapa antes de embarcarme nuevamente en el cruce de los lagos. La experiencia es tan gratificante que bien vale hacer el recorrido de ida y de vuelta. Un plus es la parada que se hace en los Saltos de Petrohué. Los rápidos que se generan motivan la presencia de cascadas que pueden apreciarse a través de pasarelas que dan al río. Se paga una entrada para poder hacer el recorrido y apreciar la deslumbrante belleza paisajística. Los cerros, el agua verde esmeralda, la espuma que se genera al chocar con fuerza contra las rocas, la vegetación. Todos componentes que dan por resultado un espectáculo para los sentidos.
Las instancias posteriores ya eran conocidas. Volver a navegar por el Lago de Todos los Santos, llegar a Peulla,caminar hasta el viejo hotel, hacer el cruce, navegar el Lago Frías, y nuevamente el Nahuel Huapi hasta desembarcar en Puerto Pañuelo. La travesía llegaba a su fin, pero la satisfacción por la experiencia vivida, estaba muy lejos de concluir.
Los miradores son puntos de observación que forman parte de la escala necesaria en cualquier paseo. Desde allí se aprecia una mirada particular que permite reflexionar sobre lo que vemos y la magia de estar allí para deleitando la vista, oxigenar pulmones y también los pensamientos. Los dejás fluir, te entregás al momento y simplemente disfrutás.
| Iglesia de San Francisco - Castro |
La Iglesia de Nercón es otro de los santuarios a visitar, a pocos minutos en bus desde el centro. La curiosidad me llevó a visitarla, pero sus puertas estaban cerradas. Pero pude aprovechar el viaje para recorrer la zona, perderme largo rato observando cisnes de cuello negro que nadaban muy cerca de allí. También observé los astilleros artesanales que se despliegan en las cercanías. Al verme con mi cámara a cuestas, unas turistas locales, tres señoras mayores que andaban de paseo, se ofrecieron a posar para que les tomara una foto. "Así te llevás un recuerdo auténtico chileno", me dijeron. Y parte de ese souvenir tiene que ver precisamente con la amabilidad de las personas.
| Interior Iglesia San Francisco |
| turistas chilenas |
Las cocinerías son un punto de concentración para el turismo gastronómico. Allí se ofrecen distintos menúes, la mayoría a base de mariscos, que son el deleite de los visitantes. Pegado al comedor, se encuentra el mercado de artesanías donde, como en toda la isla, se destacan los tejidos. Las lanas de distinto tipo y colorido son un producto típico. Ovillos de lana de diverso grosor, prendas elaboradas para todos los gustos y necesidades. Gorros, bufandas, medias, sacos, sueters, cuellos, bolsos. Mientras afuera llovía torrencialmente, me entretuve hablando largamente con una de las tejedoras. Me habló de toda una vida dedicada a la tarea de tejer, de cuidar a su familia, de la vida de campo. Tenía un hablar sereno, y algunos términos que no llegaba a identificar porque su modulación era un poco cerrada por momentos. La piel de sus manos y su rostro, se veía bastante curtida. Terminé por llevarme un par de gorros, más por agradecimiento por la charla que por la intención de llevarme un souvenir. Una vez que la lluvia mermó, tuve tiempo de visitar la Iglesia de Dalcahue, y recorrer un poco más de sus calles.
| Iglesia de Achao |
Después de recorrer el pueblo, la siguiente parada consistía en conocer la Isla de Aucar, a la cual se llega luego de atravesar un puente de madera. Es el lugar es conocido como de descanso de las almas navegantes. Un cementerio, una iglesia y algunos senderos de interpretación de la vegetación, son las opciones a visitar.
Mientras esperaba el bus que me llevaría a las Cascadas de Tocoihue, una mujer que también esperaba el bus me orientaba sobre la vida en la zona. Desde su perspectiva, las salmoneras eran una oportunidad de empleo, y un símbolo de crecimiento. Me explicaba que la vida allí era muy simple, y a modo de ejemplo, me decía que ellos comían mariscos todos los días y lo hacían en forma gratuita porque no tenían más que caminar hasta la costa y recolectar los frutos del mar. Después, me indicaba que el resto, lo obtenían de la tierra. Huertas propias hacían que no fuera necesario demasiado para tener una vida tranquila.
| Muelle Achao |
El ambiente rural acompaña durante todo el viaje. En la costa, los pescadores son parte del paisaje. Un puñado de casas aglomeradas en los alrededores de la calle principal, conforman el pueblo. Todo tiene un andar tan sereno, que hasta los buses se movilizan con una frecuencia espaciada. No es difícil mimetizarse con el lugar. La arquitectura de las viviendas es atractiva por su simpleza y su distinción. Las paredes de madera tienen diseños distintos, y el colorido también varía. El paso del tiempo se adivina en las tonalidades descoloridas, pero que no las hacen menos llamativas.
Los días en Chiloé fueron de mucha tranquilidad. Todo tiene otro ritmo y parece que fuera imposible el cansancio aún cuando camine todo el día. Es que el andar es también tranquilo y a la vez el paisaje es tan bucólico que es imposible que transmita otra cosa que no sea la armonía con el universo. Sin embargo, aunque pareciera que lentamente, los días fueron transcurriendo con una rapidez contrastante. La estadía hubiera requerido algunos días más ya que me quedaron muchos otros sitios por conocer.
| Cocinaría Dalcahue |
Las instancias posteriores ya eran conocidas. Volver a navegar por el Lago de Todos los Santos, llegar a Peulla,caminar hasta el viejo hotel, hacer el cruce, navegar el Lago Frías, y nuevamente el Nahuel Huapi hasta desembarcar en Puerto Pañuelo. La travesía llegaba a su fin, pero la satisfacción por la experiencia vivida, estaba muy lejos de concluir.
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