miércoles, 21 de enero de 2015

Del mar a las montañas con el Tren Patagónico

Cuando se apagaron las luces, fue inevitable acomodarse para dormir. Escuchar música mientras tanto y de a poco empezar a descubrir cómo se van encendiendo millones de estrellas en un cielo muy oscuro. Fue un lindo regalo. Luciérnagas suspendidas en un océano infinito de renegrida intensidad. 
Me desperté en Ingeniero Jacobacci. El paisaje a través de la ventanilla se veía frío. La meseta empezó a desplegarse con intensidad con sus tonalidades amarillentas y a lo lejos comenzó a mostrar algunas de sus elevaciones casi rectangulares. Los funcionarios del tren dijeron que íbamos con una hora de retraso, por eso no dejaron bajar a nadie. 
La dinámica del tren tiene un ritmo distinto al de otros medios de transporte. Los asientos se cambian de orientación según de qué lado está la locomotora. Los empleados del ferrocarril se mueven rápido y como nerviosos todo el tiempo. Me recuerdan a El Principito, en la parte en la que el hombre de negocios le decía que siempre que estaba muy ocupado. Un señor que tiene un chaleco flúo que dice "control" se mueve inquieto. Va de un lado a otro. Es como si se le hubiera perdido un pasajero, o algo así. Se sienta en uno de los asientos de adelante y a los pocos segundos se vuelve a levantar. Lleva en su mano una tableta con planillas en las que deja constancia de su control. El guarda tampoco se queda quieto. Ya fue y volvió varias veces. 
El guarda es el típico guarda de tren. Su traje gris lo delata. Lleva una gorra con visera como hace mucho que no veía. Un personaje con tales características despertó mi curiosidad, al igual que el mesero que además es multifunción. La primera vez que vi al mozo, con su riguroso uniforme de color negro y camisa blanca e infaltable moño negro en el cuello, pasó tomando los turnos para la cena. La siguiente vez que lo vi, volvió a pasar, pero llevando un carrito cargado de alfajores, turrones, gaseosas y "sanguches" que los egresados de la primaria que viajan en el mismo vagón, se encargaron de vaciar. Más tarde pasó vendiendo café. Mientras que en los ratos en los que no pasaba por los vagones, se dedicaba a su actividad principal, la de servir en el salón comedor.
No resistí la tentación de indagar al guarda acerca de la vida en el tren. No sé cómo se llama, pero sí me contó que su función principal es estar a cargo de toda la formación y que tiene esa actividad desde hace 15 años. Todas las semanas hace el trayecto Viedma-Bariloche y a la inversa. Durante la temporada alta una persona por vagón es la encargada de estar al servicio de los pasajeros, pero en temporada baja hay una persona cada dos vagones. Apenas son personas para todo el tren, sin contar a los conductores (que se van renovando en algunas estaciones, de manera que siempre están descansados), y la gente del bar -que pertenecen a una concesión-. Hay dos técnicos y los camareros que también se encargan de la limpieza. 
El tren lleva un vagón para transportar autos porque el público lo solicita, pero en cambio, en temporada baja no lleva el vagón del cine ni el de la discoteca porque la gente casi no los usa, y no tiene caso transportar 50 toneladas más por cada vagón. 
En temporada baja viajan muchos colegios que llevan a sus egresados de viaje de estudios. Lo hacen en tren porque les ofrecen una tarifa conveniente. En ocasiones, hay un servicio especial que hace pocas paradas, pero no tiene una frecuencia establecida. 
Con la información que me cuenta el guarda, vuelvo a mi lugar y me dedico a escribir estas líneas.
La transición de la meseta a las montañas es deslumbrante. Como un telón que se va corriendo para dar lugar a que comience la función, los picos nevados que se observan a lo lejos se van haciendo más reales, más cercanos y más atrapantes. Bariloche despliega su magia, y todos nos dejamos capturar por el hechizo. 







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