Mostrando entradas con la etiqueta funicular. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta funicular. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de enero de 2017

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] Diez cosas que no me gustaron de Valparaiso

Valparaiso tiene un nombre que suena a celestial, a mágico. Y parte de esa magia son los colores desparramados creativamente en sus fachadas. Sus casas apiñadas de a montones entre los cerros forman un rompecabezas de arco iris cuyas piezas hay que ir recolectando entre calles estrechas.
Algunas casas son grises, y tienen molduras llenas de firuletes que dan cuenta del esplendor pasado. Pero así y todo, con la nostalgia a flor de piel a veces sorprenden con una explosión de tonalidades en algún que otro muro.
Todos hablan del ambiente bohemio que se respira en Valparaiso. Y es cierto, hay una mística que impregna cada uno de sus recovecos. Aquí y allá te encontrás con viajeros, mochilas sobre las espaldas, dialectos diversos, algún acorde que se escapa por alguna ventana, los ánimos cansados de ese subir lento y constante.
Por momentos encantadora, a veces abrumadora, su ciclotimia me dejó una sensación extraña. Así como me gustaron sus murales, sus colores, sus mensajes secretos expresados públicamente, la calidez de las personas que conocí, hubo algunas cosas que no me gustaron.
1) La enorme cantidad de casas, todas apiñadas, construidas a cada centímetro, como si la premisa fuera aprovechar al máximo cada fragmento de suelo, fue lo primero que me abrumó. El impacto fue tan grande que lo único que sentí, apenas la vi, fue unas ganas enormes de partir. La ciudad era como un lobo dispuesto a devorarme con su feroz rutina. La sensación de aglutinamiento me generaba una especie de fobia, de miedo, de inseguridad. Nunca me había pasado que visitara un lugar y me sintiera abrumada. Recordaba haber leído algunos libros de experiencias de viaje donde los protagonistas contaban que les había sucedido eso en la India, en China. Valparaiso me generaba esa sensación aún teniendo dimensiones mucho más pequeñas que aquellos destinos.
Una imagen que para mí fue muy gráfica de esa sensación de aglutinamiento, de aprovechar al máximo los espacios, fue la de ver la ropa tendida sobre la vereda. A lo ancho de las ventanas se veía algún alambre improvisar una soga que en ocasiones daba a la vereda. En otras, estaban más altas o más pegadas a la pared. Pero la ropa colgada en la vereda me resultó muy simbólico.
Los incendios son bastante frecuentes en Valparaiso, sobre todo en los días de mucho calor. En casos de siniestros, la construcción tan apiñada de las casas suele ser una complicación, no solo por el efecto contagio entre las casas, sino por las dificultades para que los bomberos puedan trabajar. Según me contaban, a veces en un mismo día puede haber varios focos de incendio, y es algo que también se vive como parte de la rutina.
2) La basura fue sin lugar a dudas un factor que no ayudó mucho en la mayor parte de mi estadía. Había basura por todos lados. Cada 100 metros, cada 50, había bolsas apiladas, algunas rotas y desparramadas, nauseabundas. Si bien  la recolección se veía afectada por esos días por un paro de empleados del Estado, lo cierto es que la larga duración de la protesta sacaba a relucir no sólo la basura, sino el trasfondo económico, político, social, y también ambiental que afectaba a una parte importante del país. Pero lo cierto, es que muchos lugareños incluso, admitieron que más allá de la medida de fuerza, Valparaiso no es una ciudad muy limpia. La mugre en sus calles es también parte de su día a día. En los alrededores del mercado, ese lugar emblemático y tradicional donde se venden verduras y frutas, y donde en el primer piso se pueden comer platos típicos, cuando el deambular de los compradores y vendedores se detiene, lo que queda son las huellas de hojas marchitas, y desechos.
3)  Las escaleras estrechas si bien eran pintorescas, que tenían colores, y mensajes esperanzadores, a veces también generaban la sensación de tortura. Nunca terminar de subir. Escalones por acá, por allá, por todos lados. Sentirse el Minotauro queriendo escapar del laberinto.  Los ascensores, como llaman a los funiculares, son muy importantes para la vida de la ciudad. Estos medios de transporte son los más requeridos y utilizados por la población local y por los turistas. Forman parte del paisaje de la ciudad, le dan un rasgo que la caracterizan. Sin embargo, también estuvieron largo tiempo en paro. Ante la medida estatal, no importaba si se trataba de personas con movilidad reducida, personas mayores, niños pequeños, embarazadas. La huelga unificaba a todos en ese deambular penoso cuesta arriba. Para bajar era más llevadero, pero las subidas generaban mucha dificultad. No me gustó que la pieza de ajuste para el reclamo, por más válido que fuera, sean los servicios públicos.
4) El transitar de los vehículos era también de temer. Amedrentaba la velocidad de circulación. Las calles, sobre todo avenidas, parecían pistas de carreras. Los buses que iban y volvían desde Viña del Mar, por ejemplo, llegaban a alcanzar tanta velocidad que aunque generaba cierto vértigo también hablaba de la destreza de los conductores. Como una carrera contra el tiempo, los vi circular de un modo que me provocaban estar igual de acelerada. Había que estar muy atento porque la prioridad, no parecía tenerla el peatón.
5) Las amenazas de tsunamis. Los terremotos me daban miedo. La de tsunamis, pánico. Me habían dicho que los temblores eran bastante habituales, y ya la posibilidad de percibir los movimientos del suelo, me hacía temblar. Hubo quienes quisieron animarme a pensar en la experiencia de vivir un terremoto como parte de mi viaje, pero no era lo que más me entusiasmaba. Cuando llegué a esa ciudad que me recibió con un abrazo abrumador, su carta de presentación no sólo fue el amuchamiento, el tránsito vertiginoso, la basura, sino también los carteles que indicaban la vía de evacuación en caso de tsunami.
La primera vez que me enteré de la existencia de ese fenómeno, fue hace tiempo, cuando en una revista dominical leí que eran olas que podían alcanzar hasta 30 metros de altura y que solía tener lugar después de un terremoto. No podía imaginarme entonces, olas tan gigantescas. Pero aquello que había leído alguna vez había quedado registrado en mi memoria, entonces cada vez que iba a la costa y observaba una ola suficientemente grande como para salpicar con fuerza todo lo que se encontrara a su alrededor, la llamaba tsunami. Después, un tema de Gustavo Cerati, le puso musicalidad, y ante situaciones inevitables y previsibles, sus versos comenzaron a acudir a mi mente "... arrasando con la razón, el tsunami llegó hasta aquí. Lo vi venir". Lo cierto es que encontrarme con el cartel que me daba señales de la posibilidad de un fenómeno de esa naturaleza, me hacía sentir inquieta. Luego, la recepcionista del hostel, y otras personas con las que fui tomando contacto, me dijeron que lo temblores son habituales, que para los lugareños son tan comunes, que ya no les prestan atención. Me hablaron de la imposibilidad de que sucediera un tsunami en Valparaiso por encontrarse frente a su litoral una fosa muy profunda que haría imposible que una ola de tremendas dimensiones tuviera lugar. Pero la amenaza, no dejaba de ser intimidatoria.
6) El Museo a Cielo Abierto. Los murales que forman parte del conjunto, no están bien señalizados, algunos ni siquiera están bien cuidados y no hay buenas referencias con información sobre ellos. Es uno de los sitios más difundidos turísticamente. Los murales son un distintivo. Algunos son realmente asombrosos y transmiten mensajes de lo más elaborados. Artistas callejeros se despachan por toda la ciudad con sus pinceladas contundentes. En un fragmento de la ciudad, esos murales forman un museo. Sin embargo, el paseo se complica por la falta de indicaciones claras. Tampoco los folletos turísticos suelen aportar claridad. Hay algún croquis que indica la ubicación de cada uno, pero del mismo modo, también se vuelve ilegible.
7) Valparaiso tiene un gran puerto que captura la visión. La vida portuaria marcó con su impronta la identidad de la ciudad. Los barcos, los contenedores, el ir y venir de los hombres de mar forman parte de su esencia. Mirar hacia el azul del océano, es encontrarse con la rutina porteña que aleja de las costas la posibilidad de disfrutar de las playas y del agua marina mojando los pies. La falta de playas fue algo decepcionante. La zona de la Caleta Portales, entre Valparaiso y Viña, donde hay un muelle de pescadores, restaurantes y algo de arena, no es suficiente. Para buscar playa, hay que ir a otro lado, usualmente Viña del Mar, que es la más cercana. Hay otras zonas también mucho más tranquilas y bonitas, que quedan un poco más alejadas pero que bien valen el paisaje y la estadía.
8) El amplitud térmica. El sol se hace sentir con mucha intensidad durante el día. El calor se hace sofocante, y pega con fuerza ya desde temprano. Pero cuando el dios febo se oculta, hace falta un abrigo. Eso me obligaba a andar siempre cargada por si regresaba tarde. Pensé que el clima iba a ser caluroso, había llevado un abrigo casi por casualidad, y fue mi salvación. Cuando caía el sol, el clima era otro. Esa variación, no me la había mencionado nadie y fue una sorpresa desagradable..
9) La falta de cielo. Las calles estrechas con construcciones a uno y otro lado, permitían apreciar solo fragmentos de cielo, y esos pedacitos estaban atravesados por la gran cantidad de cables que desde distintas direcciones se entrelazaban hasta enredarse en el poste que los congregaba. Era difícil ver las estrellas y la luna por la noche, y también difícil ver el celeste del cielo durante el día. Era parte de lo que me hacía sentir agobiada.
10) La sensación de estar abrumada me acompañó durante toda mi estadía. Por momentos sentía que las casas se me iban a venir encima, que se iban a caer de los cerros en cascada, como siguiendo un efecto dominó. Me faltaba el aire. Y es que esa expresión figurada, terminó por ser literal. No hay árboles, o al menos no los suficientes. Hay pocas casas con jardines, y los árboles en las veredas, se extrañan. Hay muchos colores en Valparaiso, pero le falta el verde, el verde natural capaz de generar oxígeno, renovar el aire, y aliviarnos con su sombra.
Para los lugareños es "Valpo", pero yo no la pude llamar de ese modo. Es como si no hubiéramos llegado a romper el hielo. Aún a pesar del calor.
Tiene rasgos tan típicos que es natural que despierte curiosidad y todos quieran conocerla. También es natural que muchos se enamoren de ella. Y que digan que es como ninguna otra. Valparaiso fue para mí una ciudad extraña que me encargué de descubrir de a poco. Anduve por todos los rincones por los que pude. Los más turísticos, los menos. Hasta me colé en el cementerio para descubrir que los colores que iluminan la ciudad no habitan allí, donde todo se ve en clave sepia y grisáceo. De día, de tarde, de noche. Por supuesto que por sus dimensiones es imposible recorrerla toda. Pero algunas zonas son más habituales, otras no tanto. Entre las zonas turísticas los cerros Concepción y Alegre, concentran los principales puntos de atención. Dicen los lugareños que tanta presencia turística hizo que muchos de los porteños fueran yéndose hacia las laderas de otros cerros. Un coqueteo entre las ganas de mostrar el patrimonio al mundo y los deseos de conservarlo como propio.
Valparaiso tiene muchas características que encantan. A mí me obligó a transitarla, a caminarla mucho, a perderme en sus calles en búsqueda de aquello que la identifica. Anduve bastante. Tuvimos un acercamiento, nos fuimos amigando, y finalmente, creo, terminamos por extrañarnos.
¿Estuviste en Valparaiso? Compartí tu experiencia.



























domingo, 8 de enero de 2017

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] Santiago low cost

Santiago de Chile se convirtió en la meca del turismo de shopping para los argentinos. Cada vez que mencionaba que iba a cruzar la Cordillera, alguien me preguntaba si iba de compras, y algunos directamente lo daban por obvio y me recomendaban que trajera tal o cual producto, que me comprara mucha ropa y sugerencias por el estilo.
Mi viaje nada tenía que ver con las compras, aunque, la curiosidad siempre puede más. En otras ocasiones había visitado Santiago, pero nunca los precios me resultaron realmente conveniente. Suelo confundirme mucho con el cambio de moneda, y siempre supuse o que los precios no eran tan accesibles o yo me estaba perdiendo grandes oportunidades por no entender el cambio.
Había conseguido un vuelo a una tarifa accesible, así que como recordaba que el aeropuerto quedaba a bastante distancia del centro de la capital chilena, averigüé que había líneas de buses que podía utilizar. Si bien algunas versiones me habían indicado que no era lo más recomendable, que era preferible una combi o un remis, lo cierto es que la opción del bus, no sólo me resultó bastante económica sino también bastante accesible en términos de frecuencias. Tanto Turbus como Centropuerto pueden contratarse en el mismo aeropuerto y conectan con el metro para facilitar la movilidad en Santiago.
Tomé el bus (se puede pagar con tarjeta de crédito), que me llevó hasta la estación terminal de ómnibus. Hay una de las terminales que se llama Pajaritos y la otra, La Alameda. Me bajé en esta última y tomé el metro en la estación Universidad de Santiago con destino a la estación Universidad de Chile. Esa parada conecta con varios puntos céntricos. El Paseo Ahumada, el Palacio La Moneda, la Plaza de Armas y la Catedral.
La visita a Santiago tuvo algo de revivir lo ya conocido ya que la había visitado en otras oportunidades por motivos laborales, y descubrir nuevos aspectos. La idea era conocer todo lo que se pudiera y gastar poco. Mi memoria trataba de ubicarse en tiempo y espacio y recordar los lugares que había transitado anteriormente. Las imágenes eran confusas. Las veces anteriores había estado en zonas residenciales, en este caso, me alojaba en un lugar céntrico. Si bien había visitado algunas zonas del casco histórico en el pasado, en esta oportunidad tocaba recorrerlo, descubrirlo, de otro modo.
Alguien me dijo que era imperdible el cambio de guardia de los carabineros en el Palacio La Moneda. El evento tenía lugar a las 11 de la mañana, así que después de un buen desayuno, salí a encontrarme con algo de lo que la ciudad tenía para ofrecerme. Me entretuve observando los detalles de una peatonal matutina semidesértica, la fisonomía de los edificios más llamativos y emblemáticos. Cuando llegué a la Plaza Constitución, ya había gente esperando para presenciar el acontecimiento. Al cabo de unos minutos se observó la llegada de los uniformados y de la banda de música. Mientras miraba las botas muy lustradas, los trajes impecables, la perfecta coordinación de los movimientos, el acatamiento de las órdenes, pensaba en la permanencia del ritual, de las costumbres, y también de las instituciones.
Cuando todo finalizó, continué mi camino hacia la Plaza de Armas y la Catedral, una construcción de estilo neoclásico que desde 1951 forma parte del conjunto de los Monumentos Nacionales. El templo es un auténtico símbolo de la fe chilena. En su interior, las figuras religiosas, el altar, los vitrales, los techos, las arañas que cuelgan desde lo alto, los arcos y columnas, asombran por su elaborada decoración.
Después de recorrer un poco del Paseo Ahumada, que es un territorio conquistado por los vendedores ambulantes, y también algunas tiendas que ofrecen productos a bajo precio, me dirigí al Cerro Santa Lucía, que tiene un mirador desde donde se puede obtener una vista de la ciudad de Santiago. Como se trata de un espacio al aire libre, suele ser bastante concurrido. El mirador es pequeño y en ocasiones hay que esperar para disfrutar de la vista sin tantas personas alrededor.
A pocas cuadras de allí se encuentra el Barrio Lastarria, que tiene una atmósfera bohemia. Es pintoresco y agradable. Hay pequeños pubs, restaurantes y café, también una pequeña feria de artesanías y libros. Es uno de los barrios más atractivos de Santiago. Tiene el ritmo de las muchedumbres cuando lo invaden los fines de semana. Es una constante elección entre los turistas que buscan conocer parte del clima cultural que se vive en la capital chilena. Centros culturales, salas teatrales, librerías, forman parte del paisaje.
El Parque Forestal es un gran espacio verde ideal para las actividades al aire libre con juegos para niños y espectáculos callejeros. Los días no laborables se llena de gente que busca asilo bajo la sombra de los árboles o la caricia de los rayos del sol.
Bellavista es otro de los barrios emblema de la ciudad. A orillas del río Mapocho, está lleno de construcciones llamativas y muchos restaurantes que sacan sus mesas y sillas a la vereda y tientan con facilidad a los paseantes para degustar algunas de las minutas que ofrecen. Forma parte del barrio La Chascona, la casa museo que perteneció a Pablo Neruda.
El Cerro San Cristobal y su funicular son otro de los atractivos de Santiago. Si bien hay diversas actividades que pueden realizarse (incluida la visita a un zoológico), sin dudas, el traslado hasta la cima en funicular le da un toque de imperdible a la visita. "Si vienes a Santiago no puedes perderte: un buen vino, el funicular y los terremotos", me dijo un guía turístico que ofrecía sus servicios en la puerta de ingreso al cablecarril. Allí estaba yo, haciendo la fila para cumplir con uno de los requisitos. Los otros dos, los prefiero pendientes. La fila para el ascenso era bastante extensa, sobre todo porque ya iba atardeciendo y todos querían llegar a tiempo antes de que se cerrara la posibilidad de subir.
En la cima hay un templo, y un mirador desde donde se aprecia la típica postal de Santiago. Así que tenía que subir. Y es cierto, desde cerca del cielo, se aprecia toda la amplia gama de caseríos y edificaciones que pueblan la ciudad, y también el smog, otra de las características de la capital chilena.
Para la hora del descenso, ya estaba cayendo el sol. Restaba deshacer el camino y tratar de descubrir nuevos detalles que en la ida se habían pasado de largo. Entré a algunas galerías donde vendían artículos diversos, artesanías, y había también pubs y cervecerías. Volví a cruzar el puente sobre el Río Mapocho, y fue cuando descubrí todos los candados que los enamorados habían dejado en las barandas como símbolo de su amor, como sucede en otras partes del mundo.
Como no pude evitarlo, porque la curiosidad pudo más, también visité uno de los tantos mall que hay en la ciudad. El metro me dejó a los pies del Costanera Center, así que anduve por allí recorriendo todos los locales. En algún punto, la fiebre consumista que se advertía entre la muchedumbre, me generaba rechazo. Efectivamente había algunos precios que eran convenientes, quizá no lo notaba tan significativamente, acaso porque no iba con idea de comprar nada. Por supuesto que me ayudé con una aplicación que me facilitaba el tema del cambio. A los turistas les ofrecen un descuento especial, que contribuye a generar más ansias de consumo. Lo cierto es que la marea humana cargada de bolsas, me llevó a darme cuenta de que no había nada que quisiera comprar. Si necesitaba algo, no era algo que pudiera comprar en un mall. Y no había nada de primera necesidad que pudiera motivarme a gastar sólo porque era más económico. Así que si bien la recorrida estuvo bien para satisfacer la curiosidad, un rato fue suficiente. No necesitaba más.
La estadía en Santiago era breve, y representaba todo un desafío. El reencuentro con los lugares conocidos, el descubrimiento de otros espacios que no conocía, y una modalidad de viaje que era diferente de las que me habían llevado a visitar esa ciudad en otras ocasiones. El resultado, por supuesto fue satisfactorio. Era un punto de partida a un viaje que tenía como objetivo principal otro sitio. Quedaba mucho más por delante...el viaje recién empezaba...