Era un cartel fotocopiado y manuscrito. Estaba pegado en forma repetitiva en uno de los vagones del tren. Una publicidad casera de alguien que ofrecían el traslado ida y vuelta a un precio accesible. Lo leí porque desentonaba con los anuncios plotteados que saturaban el tren.
Esa fue la primera vez que leí algo acerca de la Virgen del Cerro. Pasó tiempo hasta que pisé la ciudad de Salta, en el noroeste argentino. Pero los motivos que me llevaron hasta esas tierras eran otros. Antes de irme, un amigo me preguntó si no había visitado la Virgen del Cerro. Ante mi negativa, soltó un rosario de argumentos por los cuales la próxima escala en esa provincia tenía que incluir ese sitio religioso.
A partir de ahí, esporádicamente llegaban a mis oídos algunos comentarios acerca de amigos, o amigos de amigos que habían concurrido al lugar, o incluso reportajes en televisión. La curiosidad ya estaba instalada, todo lo demás vino a sumar más expectativas y a empujar una decisión que sólo necesitaba un impulso para tomarla.
No soy una persona practicante de la religión. Pero me llaman mucho la atención las Iglesias con sus instalaciones tan majestuosas a veces, y tan simples en otros casos. Por la arquitectura, la historia, la cultura, son sitios que me atraen y suelo visitarlos en los viajes. Fundamentalmente me atraen las manifestaciones de fe. La vida me enseñó que hay que tener confianza y creer en uno mismo y en la fuerza de los deseos, en que hay que enfocarse en aquello que queremos lograr y realizar las acciones que nos acerquen a cumplirlas. Con ese compromiso personal se genera una energía tan poderosa que es capaz de mover las influencias de todo el universo para que conspire a favor de concretar los sueños. Creo mucho en eso. En función de esa idea es que me conmueve y despierta mi admiración la gente que lucha, que no se da por vencida, que es perseverante en aquello que quiere lograr. Hay mucha fe ahí, y eso manifiesta una voluntad enorme. Una VOLUNTAD con mayúsculas, de esas que dicen que mueven montañas. .
Mamá es una mujer de mucha convicción religiosa. Algunas cuestiones de salud no sólo afectaban su cuerpo, sino también su ánimo. Esa situación me llevó a pensar que renovar la energía, le vendría muy bien no sé si para sanar el cuerpo, pero al menos para enriquecer su alma. Es una mujer fuerte. Ha enfrentado a lo largo de su vida una innumerable cantidad de sucesos difíciles. Siempre supo sobreponerse. A veces con más éxito, otras con menos. Estábamos atravesando con ella algunas circunstancias complejas debido a su salud, y en esas ocasiones el ánimo es fundamental para seguir dando batalla.
Así fue como empecé a pensar en la posibilidad de hacer juntas ese viaje a Salta. Primero fueron días de procesar la idea y las posibilidades. Me preocupaban las posibilidades físicas, las económicas había decidido no pensarlas, hacer de cuenta que no había ningún inconveniente. Si el poder del dinero era tan fuerte como para paralizar la posibilidad de un deseo genuino, entonces todo perdía sentido. Por lo tanto, no iba a preocuparme por ese tema, me aferré a la idea de que "Dios proveerá".
Se conoce como Virgen del Cerro a la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús. Su santuario está en la cima de uno de los tres cerros cercanos a la capital salteña. En ese lugar, dicen que la Virgen se manifiesta a través de María Livia, una mujer que desde 1990 es la receptora de sus mensajes.
Antes de viajar había averiguado que sólo los sábados se realiza ceremonia en la que participa María Livia. Pero no son todos los sábados, por lo cual miré el cronograma que estaba en la página web del santuario y elegí la fecha.
Fuimos un día antes para aprovechar y recorrer un poco. Mamá nunca había estado en Salta, así que recorrimos un poco el centro. Había contratado una excursión por la Quebrada de Humahuaca, un destino tan excepcional que llena los ojos y el alma de recuerdos que sólo llevan a pensar en su magia. Mamá no podía creer el colorido de los cerros. Miraba por la ventanilla del bus con ojos de asombro tanto por los colores y la geografía cuanto por las casitas humildes de sus habitantes. Pensaba con preocupación en los lugareños cada vez que el guía hacía mención a las consecuencias del alud que había afectado algunas de las poblaciones. Tenía una mirada compasiva para todos los que habitaban en esas construcciones tan humildes. De alguna manera, creo que su pensamiento se remontaba a su infancia en el campo donde la escasez era protagonista estelar. Volvimos temprano. Al otro día había que levantarse de madrugada.
La fecha en la que viajamos coincidía con las celebraciones del Señor y la Señora del Milagro. Entonces se estaban llevando a cabo las peregrinaciones provenientes de distintas poblaciones que se dirigían a la Catedral salteña así que la capital desbordaba de manifestaciones de fe. Era conmovedor. Gente de todos lados se congregaba en la plaza, ceremonias religiosas a todo horario y bendiciones y misas reproducidas tanto dentro como fuera de la Catedral. Nos habían dicho que ante la multitudinaria presencia de gente en la ciudad, la visita al Santuario de la Virgen del Cerro seguramente iba a estar muy demandada por lo cual nos aconsejaron ir muy temprano.
Llamamos un remis que nos pasó a buscar antes de las 7 y al cabo de pocos minutos nos dejaba en el punto desde el cual partían los buses que llevaban al santuario. El ingreso se abría a las 8, por lo cual tuvimos que esperar un buen rato hasta que se habilitó el ingreso y pudimos subir a un bus que nos llevaba al santuario. Los peregrinos que no tienen ningún impedimento de salud, pueden realizar el acceso caminando, mientras que el resto puede tomar el bus que está puesto especialmente para las personas con dificultades para movilizarse y sus acompañantes.
Una vez abierto el ingreso, el camino ascendente lleva hasta la cima donde nos encontramos con una ermita con la imagen de la Virgen y una especie de anfiteatro donde hay gradas y asientos. Luego de pasar por la ermita se accede al anfiteatro donde los colaboradores van ubicando a los peregrinos. Todo está perfectamente organizado. Aquellos que tienen dificultades motrices, o situaciones complejas, son ubicadas en los primeros sitios. El resto se va ubicando en las gradas. Todo debe realizarse en silencio. Es un lugar de oración colectivo donde el silencio se cuida con celo.
El espacio está ubicado al aire libre, una media sombra hace de techo pero eso no impide mirar los árboles que nos cubren y el cielo. Más allá se observa a la ciudad desparramarse en construcciones que parecen pequeñas. Los pájaros son los únicos que aportan melodías.
Mientras estoy sentada junto a mamá, la observo rezar. También veo a las personas a mi alrededor, cada una con su dificultad y pienso en la fe que cada uno trae, las expectativas, lo que encierran en cada rezo, los deseos que nos trajeron a todos al mismo lugar. Ese pensamiento me sensibiliza. Realmente es conmovedor ver a tanta gente reunida en un mismo lugar depositando lo más preciado que tiene, su fe, para ponerlos al servicio de una creencia suprema. Todo me resulta asombroso, emocionante. Es difícil apartar los pensamientos que me asaltan. Vuelvo a pensar en las circunstancias que me llevaron hasta allí. Observo a mamá que con los ojos cerrados entrecruza con fuerza las manos en las que lleva un rosario. Pienso en la fuerza de su fe. La veo conmovida también. Por momentos llora, y ese llanto dice tanto. Imposible no pensar en su salud, y en la de todos allí, y en los tantísimos que quizá ni siquiera pueden asistir. También una piensa en sus propias expectativas y deseos. Por supuesto, el gran motivo de reflexión es la fe, la profundidad de las creencias.
Estuvimos largo tiempo sentadas allí, esperando, meditando, rezando. Observaba el paisaje, adivinaba la presencia de las aves que dejaban ver el colorido de su plumaje o soltaban su canto entre los árboles.
No sé si todo ese contexto influyó y fue casualidad o no. Creo que ahí aplica aquello que es cuestión de creer o reventar. Pero estaba perdida en mis pensamientos, mientras observaba el follaje de los árboles y las hojas que lentamente caían sobre la media sombra cuando una brisa leve comenzó a hacerse notar. Fue una sensación especial, extraña, que me hizo salir de ese estado de éxtasis y girar mi cabeza hacia el lado opuesto y justo en ese instante vi aparecer a María Livia en escena. Me sorprendí. Ella se arrodilló, rezó, como todos allí. Minutos más tarde todos los que estaban sentados en la primera fila fueron puestos en círculo y la mujer pasaba frente a cada uno de ellos, hacía imposición de manos y las personas caían en hacia atrás donde algunos colaboradores los sostenían y los depositaban en el suelo hasta que se recuperaban. Algunos eran cubiertos con un pañuelo blanco. Luego, la operación se repitió con todos los allí presentes. Todos en hilera, mientras la mujer pasaba y tocaba a todos y cada uno. Fue solo eso. En el relato parece simple, pero realmente fue una experiencia sumamente conmovedora. Nunca había ido a ninguna misa carismática ni de sanación, donde dicen que habitualmente sucede que las personas se desmayan o tienen episodios similares. Quizá haya sido eso, no lo sé, lo cierto que la experiencia me pareció increíble, impactante que te deja en estado de enorme sensibilidad, susceptibilidad, vulnerabilidad. Por lo mismo, no tomé fotografías, sólo cuando nos retirábamos. Creo que lo sensible de todo esto es lo que se vive, y eso no hay fotografía que pueda contarlo.
No sé si se produjo algún milagro. No sé si alguien pudo dar por satisfecho algunas de las peticiones que llevaba en su interior. Desconozco si algo cambió en las personas después de haber asistido a ese evento. Pero realmente es una experiencia muy movilizadora que independientemente de los resultados lleva a pensar en las expectativas, en los deseos, en la necesidad de aferrarse a la vida, a las esperanzas y también a replantearse el día a día. Si la vida es eso que pasa mientras nos hacemos los distraídos en lugar de ocuparnos en ser felices, por qué no volver a calibrar la brújula de los deseos. En ese caso, es seguro que el milagro sucederá.
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domingo, 11 de marzo de 2018
domingo, 28 de febrero de 2016
[#ADIVINANZAVIAJERA] Humahuaca: Había una vez...
La primera vez que pisé este lugar fue porque quería conocer ese punto del mapa que resonaba en mi cabeza a partir de las canciones infantiles de María Elena Walsh. Aquello de "Había una vez una vaca en la Quebrada de Humahuaca...· se refería a toda la Quebrada pero yo quería conocer puntualmente la localidad homónima. Hice combinación desde la terminal de Jujuy, muy temprano por la mañana, y al cabo de un rato de disfrutar de un paisaje increíble a lo largo de la Ruta 9, desembarcaba en aquel pequeño pueblo del noroeste argentino.
Una terminal agitada por los movimientos que generaba la llegada y la partida de los micros me dio la bienvenida. Era un ir y venir de mochilas, de trenzas, sombreros, y amplias polleras. Una tonadita se mezclaba con algún acorde que sonaba por ahí, y el aroma de las empanadas y tortillas. No tenía referencias, así que empecé a andar. No es muy complicado perderse en un pueblo como ese sobre el cual no se tiene ningún tipo de indicación, pero tampoco es difícil encontrarse. Son apenas unas calles céntricas y después el prolongarse de las casas en direcciones distintas hacia los cerros.
Descubrir. Cuando se conoce un nuevo lugar es como ir quitando lentamente el manto que lo cubre y dejarse atrapar por la sorpresa. ¿Qué había debajo de esa sábana de desconocimiento? Un poblado de casas bajas, realizados a la vieja usanza, con años de historias acumuladas en sus paredes, con un empedrado que se corroe despacio bajo los pies de cientos, de miles de personas que transitan sus calles. El colorido de todo tipo de tejidos exhibidos para la venta en los puestos y negocios que se suceden uno al lado del otro, y cierta modorra en el ambiente que todo parece transcurrir lentamente. Quizá por eso la percepción es la de un pueblo atrapado en un tiempo que no avanza.
La historia de esa tierra, de esa población, se remonta muchos años atrás. Siglos. Fundada a fines del siglo XVI, tuvo siempre un fuerte peso en asuntos comerciales, sobre todo en los intercambios con el Alto Perú. Más tarde, cuando la extracción de minerales preciosos decayó, su estancamiento se hizo inevitable.
Encontré una Oficina de Turismo justo al lado de la Municipalidad. Pero estaba cerrada. Anduve otro buen rato observando la dinámica del pueblo, la de sus habitantes y la de los turistas y viajeros que deambulaban por todos lados. Desemboqué en la terminal nuevamente, y la encontré prácticamente desértica. Los vendedores de "sanguches" y empanadas, esperando pacientemente la llegada de nuevos micros con potenciales compradores. Las ventanillas de venta de pasajes sin personas esperando para ser atendidas. Continué nuevamente rumbo a la plaza, y encontré a muchas personas reunidas mirando hacia la torre blanca que se elevaba en el edificio de enfrente. Entendí que algo sucedería y me quedé, como el resto, esperando.
El acontecimiento se desencadenó al mediodía. Una puerta se abrió y un santo nos daba la bendición. Un instante que nadie se quería perder. Un breve ritual tras el cual, todos comenzaron a dispersarse en distintas direcciones.
Caminé hacia el Monumento a los Héroes de la Independencia. Unas escalinatas conducen a recorrer el grupo escultórico que homenajea al ejército que combatió en Humahuaca durante la guerra por la independencia. Desde arriba, se obtiene una vista del pueblo y en el horizonte se recorre parte de la Quebrada. La construcción es en sí misma llamativa por sus dimensiones monumentales para el entorno donde se encuentra instalada donde son todas casas bajas. Es un paso obligado de turistas, y es allí donde algunos niños vestidos con prendas tìpicas, ofrecen sus coplitas a cambio de unas monedas. El tema siempre es motivo de debate. Nunca estuve a favor de fomentar la mendicidad pero pensaba que en esa zona, difícilmente tuvieran otras opciones. Le ofrecí a la niña, cuyo nombre era Mayra, algunas galletitas, las cuales aceptó. Pero como insistió con la copla, acepté. Me parecía casi una falta de respeto decirle que no. No pude escuchar bien las estrofas porque hablaba con un tono muy bajo. Finalmente le di algo de dinero. Debate ético interno. Le pregunté si podía tomarle una foto y me dijo que sí. Se la mostré y sonrió. Por la tarde, mientras hacía tiempo esperando el horario del tomar nuevamente el micro, volví a encontrarla. Estaba junto a sus primos, todos de edades parecidas, alrededor de 8 años, alternando sus coplas con algunos ratos de juegos. Les convidé unos caramelos y mientras el resto jugaba e intentaba recitarle a otras personas que se encontraban en la plaza, me quedé charlando con ella. Me contó que vivían en el cerro, que habitualmente iban a ofrecer sus coplas, que la madre se las enseñaba y que le gustaba ir a la escuela y que cuando fuera grande le gustaría ser gendarme. La respuesta me asombró. Una niña de esa edad pensando en defender las fronteras. Pensaba en lo distinto de las realidades de los niños en los diferentes puntos del país. También de los adultos.
En el regreso, el micro fue detenido por el personal de Gendarmería. Nos bajaron a todos para hacer una requisa. Revisaron todo. Fue un momento caótico. Desagradable. Había mujeres con niños pequeños y hacía frío. Sin embargo, todo el mundo debía descender con sus bolsos, alinearse en filas y esperar a que los funcionarios revisaran todo. Hicieran sacar las cosas de bolsos y valijas para que una vez hecha toda la revisación, recién se pudiera continuar el viaje.
Además de visitar la Iglesia de la Candelaria, hice una recorrida por el Museo, donde había algunos objetos de los primitivos habitantes y algunas momias, pero sobre todo me entretuve recorriendo sus calles, sus mercados de artesanías y también degustando su gastronomía típica, una empanada, un plato a base de carne de llama y más tarde una tortilla a la parrilla rellena con queso.
No hubo tiempo para mucho más. En esa ocasión, fue suficiente para satisfacer mi curiosidad con aquel pueblito, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 2003 y saldar mi deuda con aquella canción infantil. Más correctamente en mi memoria, Humahuaca se asocia ahora con la melodía de los carnavalitos que escuché en esa ocasión, y también cuando volví ya en época de carnaval, para hacer combinación con el colectivo que me llevaba a Iruya.
Humahuaca es un lugar para conocer, recorrer, descubrir, vivir. Imperdible para cualquier viajero con rumbo norte. Tanto como los otros pequeños pueblos que se explayan a lo largo de la Quebrada. Es un lugar que encanta y con un hechizo muy efectivo que no se rompe nunca.
Una terminal agitada por los movimientos que generaba la llegada y la partida de los micros me dio la bienvenida. Era un ir y venir de mochilas, de trenzas, sombreros, y amplias polleras. Una tonadita se mezclaba con algún acorde que sonaba por ahí, y el aroma de las empanadas y tortillas. No tenía referencias, así que empecé a andar. No es muy complicado perderse en un pueblo como ese sobre el cual no se tiene ningún tipo de indicación, pero tampoco es difícil encontrarse. Son apenas unas calles céntricas y después el prolongarse de las casas en direcciones distintas hacia los cerros.
Descubrir. Cuando se conoce un nuevo lugar es como ir quitando lentamente el manto que lo cubre y dejarse atrapar por la sorpresa. ¿Qué había debajo de esa sábana de desconocimiento? Un poblado de casas bajas, realizados a la vieja usanza, con años de historias acumuladas en sus paredes, con un empedrado que se corroe despacio bajo los pies de cientos, de miles de personas que transitan sus calles. El colorido de todo tipo de tejidos exhibidos para la venta en los puestos y negocios que se suceden uno al lado del otro, y cierta modorra en el ambiente que todo parece transcurrir lentamente. Quizá por eso la percepción es la de un pueblo atrapado en un tiempo que no avanza.
La historia de esa tierra, de esa población, se remonta muchos años atrás. Siglos. Fundada a fines del siglo XVI, tuvo siempre un fuerte peso en asuntos comerciales, sobre todo en los intercambios con el Alto Perú. Más tarde, cuando la extracción de minerales preciosos decayó, su estancamiento se hizo inevitable.
Encontré una Oficina de Turismo justo al lado de la Municipalidad. Pero estaba cerrada. Anduve otro buen rato observando la dinámica del pueblo, la de sus habitantes y la de los turistas y viajeros que deambulaban por todos lados. Desemboqué en la terminal nuevamente, y la encontré prácticamente desértica. Los vendedores de "sanguches" y empanadas, esperando pacientemente la llegada de nuevos micros con potenciales compradores. Las ventanillas de venta de pasajes sin personas esperando para ser atendidas. Continué nuevamente rumbo a la plaza, y encontré a muchas personas reunidas mirando hacia la torre blanca que se elevaba en el edificio de enfrente. Entendí que algo sucedería y me quedé, como el resto, esperando.
El acontecimiento se desencadenó al mediodía. Una puerta se abrió y un santo nos daba la bendición. Un instante que nadie se quería perder. Un breve ritual tras el cual, todos comenzaron a dispersarse en distintas direcciones.
Caminé hacia el Monumento a los Héroes de la Independencia. Unas escalinatas conducen a recorrer el grupo escultórico que homenajea al ejército que combatió en Humahuaca durante la guerra por la independencia. Desde arriba, se obtiene una vista del pueblo y en el horizonte se recorre parte de la Quebrada. La construcción es en sí misma llamativa por sus dimensiones monumentales para el entorno donde se encuentra instalada donde son todas casas bajas. Es un paso obligado de turistas, y es allí donde algunos niños vestidos con prendas tìpicas, ofrecen sus coplitas a cambio de unas monedas. El tema siempre es motivo de debate. Nunca estuve a favor de fomentar la mendicidad pero pensaba que en esa zona, difícilmente tuvieran otras opciones. Le ofrecí a la niña, cuyo nombre era Mayra, algunas galletitas, las cuales aceptó. Pero como insistió con la copla, acepté. Me parecía casi una falta de respeto decirle que no. No pude escuchar bien las estrofas porque hablaba con un tono muy bajo. Finalmente le di algo de dinero. Debate ético interno. Le pregunté si podía tomarle una foto y me dijo que sí. Se la mostré y sonrió. Por la tarde, mientras hacía tiempo esperando el horario del tomar nuevamente el micro, volví a encontrarla. Estaba junto a sus primos, todos de edades parecidas, alrededor de 8 años, alternando sus coplas con algunos ratos de juegos. Les convidé unos caramelos y mientras el resto jugaba e intentaba recitarle a otras personas que se encontraban en la plaza, me quedé charlando con ella. Me contó que vivían en el cerro, que habitualmente iban a ofrecer sus coplas, que la madre se las enseñaba y que le gustaba ir a la escuela y que cuando fuera grande le gustaría ser gendarme. La respuesta me asombró. Una niña de esa edad pensando en defender las fronteras. Pensaba en lo distinto de las realidades de los niños en los diferentes puntos del país. También de los adultos.
En el regreso, el micro fue detenido por el personal de Gendarmería. Nos bajaron a todos para hacer una requisa. Revisaron todo. Fue un momento caótico. Desagradable. Había mujeres con niños pequeños y hacía frío. Sin embargo, todo el mundo debía descender con sus bolsos, alinearse en filas y esperar a que los funcionarios revisaran todo. Hicieran sacar las cosas de bolsos y valijas para que una vez hecha toda la revisación, recién se pudiera continuar el viaje.
Además de visitar la Iglesia de la Candelaria, hice una recorrida por el Museo, donde había algunos objetos de los primitivos habitantes y algunas momias, pero sobre todo me entretuve recorriendo sus calles, sus mercados de artesanías y también degustando su gastronomía típica, una empanada, un plato a base de carne de llama y más tarde una tortilla a la parrilla rellena con queso.
No hubo tiempo para mucho más. En esa ocasión, fue suficiente para satisfacer mi curiosidad con aquel pueblito, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 2003 y saldar mi deuda con aquella canción infantil. Más correctamente en mi memoria, Humahuaca se asocia ahora con la melodía de los carnavalitos que escuché en esa ocasión, y también cuando volví ya en época de carnaval, para hacer combinación con el colectivo que me llevaba a Iruya.
Humahuaca es un lugar para conocer, recorrer, descubrir, vivir. Imperdible para cualquier viajero con rumbo norte. Tanto como los otros pequeños pueblos que se explayan a lo largo de la Quebrada. Es un lugar que encanta y con un hechizo muy efectivo que no se rompe nunca.
lunes, 23 de febrero de 2015
Uquía, el entierro del carnaval
Toda la Quebrada de Humahuaca es un cuadro de vivos colores, de combinaciones mágicas que impactan y hechizan. En esa geografía casi desbordante del noroeste argentino, casi olvidada a la vera de la ruta nacional número 9, Uquía sorprende y espera.
Espera la visita al pasar del viajero curioso. Espera un crecimiento acompasado a la dinámica del torrente turístico que cada año transita por las rutas norteñas para dejarse maravillar por sus paisajes en una escala ascendente.
Construcciones simples, puertas estrechas, de habitaciones pequeñas, de paredes ocre. Es que la tierra es tan prolífica que no sólo provee de los alimentos a través del fruto de las huertas familiares, sino también el material con el cual cobija y abraza a sus habitantes. Un caserío construido ladrillo a ladrillo con las propias manos a la usanza de los antepasados, patrimonio de la propia cultura, que se aglomera en una superficie reducida, como si no hubiera tierras suficientes a uno y otro lado de la carretera. Pero la idea de lo común, de la calidez humana, de la identidad, de la fraternidad parecen justos argumentos para la configuración de una población a orillas de la ruta.
Las puertas de la iglesia se abren por la mañana, y dejan curiosear a los recién llegados. No está permitido obtener fotografías con o sin flash, en cambio, se pueden adquirir postales que servirán también para mantener el patrimonio oculto bajo esa edificación del siglo XVII y que le valió la declaración de Monumento Histórico Nacional.
Sorprende con el colorido de sus cerros rojo intensos, con su ritmo lento, sus casas bajas, sus construcciones de barro, sus calles de tierra. Sorprende con sus reliquias de antaño, tesoros guardados puertas adentro de una iglesia así como en la intimidad de cada familia.
Un cartel indicador señala su existencia, como para que no quede olvidada entre otros puntos de más renombre como Tilcara y Humahuaca. Tímido letrero que no dice mucho, pero que le da entidad con solo nombrarla. Uquía, a 120 kilómetros de San Salvador de Jujuy, a 12 kilómetros de Humahuaca, a 2.900 metros sobre el nivel del mar.
La plaza. que es el punto de reunión social, congrega a los artesanos que ofrecen sus productos bajo puestos improvisados expuestos al sol, al viento, al frío, al calor. Frente a ese punto neurálgico, la Iglesia San Francisco de Paula. El templo es una joya en sí mismo, que es al mismo tiempo la caja fuerte que contiene un gran tesoro.
El blanco de la iglesia resplandece en un paisaje predominantemente amarronado y rojizo. El campanario atrae con su sonido metálico, pero sus escaleras destruidas no permiten subir hasta su cima. Está separado de la iglesia cuya fachada es simple, pero que al ingresar deja al descubierto su tesoro: los Ángeles Arcabuceros. La colección corresponde a pinturas realizadas durante el período hispánico. que fueron traídas de Cuzco y que retrataban a los ángeles vestidos como los militares españoles del siglo XVII y que portaban arcabuz como arma. El retablo de madera dorado a la hoja habla del trabajo invertido en su realización, de la importancia y valoración de la iglesia. También es parte de las reliquias preciada la talla de San Francisco de Paula.
Un pequeño museo, el centro vecinal, la escuela, un centro de sanidad, un destacamento policial, una biblioteca nativa, son instituciones que se desparraman en la comunidad.
En las calles de polvo gastado, hay vestigios de los festejos del carnaval. La festividad es también un motivo de celebración generalizada en esta población. Restos de envases de nieve artificial y de cajas de vino se encuentran esparcidos por cualquier lugar. Luego un vehículo municipal hará el trabajo de recolección.
Unas calles más allá, el poblado deja lugar a los cerros. Por allí circulará el ganado caprino y ovino, alimentándose de los frutos que dan las plantas silvestres. Una mujer cargando a su pequeño retoño en su espalda, guía a las ovejas y chivos hacia el corral perdido en un sendero a los pies de algún cerro.
En el espacio de transición entre el pueblo y la cadena de cerros de tonalidades hipnóticas, se deja ver un montículo de piedras, maíz, envases de vino. Es un tributo a la Madre Tierra. Erigida días atrás, la torre fue testigo de la alegría popular. Días después, será motivo de tristeza por el entierro del carnaval. Se sumarán a la ofrenda, serpentina, hojas de coca, talco, vino, estandartes, sombreros y trajes de colores. Habrá lágrimas, y sentimientos de nostalgia por el entierro del carnaval. Será hasta el año siguiente, cuando la alegría se vuelva a desatar.
| Entierro del carnaval. |
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