miércoles, 30 de diciembre de 2015

[#DIARIODEVIAJE] El Viaje Esperado - Capítulo 1: Calafate

La Patagonia tiene tanto magnetismo que encanta. Es como un hechizo que persiste a lo largo del tiempo y se convierte en un impulso que incita a volver y volver.
Así como en las chocolaterías que pueblan ese paisaje de bosques, montañas, lagos y ríos, probar un bocado de fino y exquisito chocolate te deja con ganas de más, probar un poquito del Sur de Argentina, también te convierte en goloso. Siempre querés probar qué otras maravillas tiene, llegar un poquito más lejos y catar otras variedades. Hay sorpresas en cada rincón, y nunca decepcionan. Cuando pensás que algo es supremo, un nuevo lugar te puede asombrar todavía un poco más.
El Calafate quedaba un poco más al Sur de todo lo que había viajado hasta entonces. Llegar hasta ahí implicaba cierta planificación en cuanto a tiempos y recursos de los que no disponía. Fue un viaje muchas veces postergado. Quizá lo que más me impulsó a concretar ese anhelo fue la idea que comenzó a crecer con fuerza luego de leer el libro de Germán Sopeña, La Patagonia Blanca. A medida que avanzaba en la lectura de su relato las ganas de conocer el hielo se hicieron más palpables, y la idea más irresistible. Es cierto que para poder llegar más allá, hay que decidirlo y ese libro me ayudó a apurar la decisión que había demorado tanto. Viajar a El Calafate era por fin alcanzar la meta de conocer el hielo que me esperaba en el Parque Nacional Los Glaciares. Así que allá fui.
Estaba un poco emocionada, y también un poco asustada. Eso de prestarle atención a lo que sucede y creer en las señales que nos alertan y que decidimos si hacerles caso o no. O, señales que nos quieren decir algo y hay que ver cómo las interpretamos. Una vez recorriendo la feria de El Bolsón, una mujer que vendía los imanes que hacía utilizando placas radiográficas, me dijo "yo le pido siempre al universo que me dé mensajes claros, ya me cansé de interpretar y a veces no sé si lo que interpreto es lo que me quiere decir". Esa idea me quedó dando vueltas en la cabeza. Es cierto, el universo debería ser claro en sus mensajes.
El día que viajaba intentaron robarme apenas a una cuadra de mi casa. Afortunadamente los asaltantes no lograron su objetivo. Podría decir que me salvé casi milagrosamente. No salí ilesa, pero casi. Pude viajar, que era lo importante. Sin embargo, arrancar el viaje así me generaba incertidumbre. ¿Si había un mensaje ahí y no lo estaba leyendo? ¿Si era un alerta para que no viajara y yo me estaba yendo igual?
Finalmente llegué a El Calafate. Por fin. Una vez que dejé las cosas en el hostel, salí a dar una vuelta. Casi podría decir que lo primero que me maravilló fue la alfombra amarilla que podía encontrar en cualquier lugar. Las flores de Diente de León estaban por todos lados. Un paisaje árido, de pronto pintado de amarillo. El sol en el cielo. El sol en el suelo.
Cuando estaba atravesando el puente que conecta con la calle principal, me llamaron la atención los candados prendidos al enrejado. Pensé en esa remota ciudad austral y que por más remota que fuera, no había escapado a la tendencia de colocar candados como símbolo de amor perpetuo. Cosas del mundo globalizado.
La calle San Martín me condujo a recorrer algunos edificios emblemáticos. La Municipalidad, la Capilla, la Policía, la primera casa de El Calafate, la Administración de Parques Nacionales, el Hospital, el casino y por supuesto, los negocios varios. Ropa y equipamiento outdoor, cafés, restaurantes donde el menú principal era el cordero patagónico, chocolaterías, bancos, correo, tiendas de recuerdos.
Entre los museos a visitar se encuentran el Centro de Interpretación Histórica, el Museo Regional Municipal y el Museo del Juguete. El Glaciarium, centro de interpretación glaciológico, es otro de los puntos de interés, junto con el Bar de Hielo.
Caminé un buen trecho por la avenida. Después desemboqué en la costanera, y me entregué a esa senda que transité largamente. Más allá se extendían las aguas del lago, un poco más cerca de la costa, los flamencos. Algunos, no muchos. Suficientes. Algunos patos y garzas también. Después regresé por el mismo camino, desvié para dirigirme a la Reserva Laguna Nimez. Es una reserva pequeña, que tiene algunos senderos para caminatas y que se visita con frecuencia para realizar avistaje de aves. Sin embargo, una vez que llegué al lugar, no lo encontré muy interesante, sobre todo porque el acceso me parecía un poco elevado para lo que se observaba. Desistí.
De regreso, me perdí entre unas calles que conducían a diferentes pasajes. Tuve que preguntar para volver a la calle principal. Anduve largo rato observando las casas, la dinámica de la ciudad que estaba en el inicio de la temporada y ya se observaba a varios turistas deambular por sus calles con su equipaje a cuestas.
Ese día había sido bastante agradable. No había mucho viento y no hacía mucho frío. El atardecer se prolongó por un buen rato, demorando la llegada de la noche. Según el chico de la recepción, noviembre es el mejor momento para visitar El Calafate. Según él, en esa época hay menos vientos y no hace frío. En el verano soplan los vientos, y los dìas se prolongan tanto que terminan siendo un trastorno porque no se puede dormir y descansar de la misma manera. Por suerte para mí, no había llegado en el peor momento. Contra todas las incertidumbres con las que iniciè el viaje, aparentemente todo se iba a desarrollar bien. Al día siguiente, me esperaba el gran momento del encuentro con el hielo.
El Glaciar
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Ese fragmento del relato de Gabriel García Márquez acudía con fuerza a mi memoria, sobre todo porque también una amiga me había hablado de lo mismo cuando ella tuvo la oportunidad de estar frente al Glaciar.
El guía pasó a buscarme por el hostel muy temprano por la mañana. No hacía frío, y como el día previo, tampoco había viento. Nos llevaron hasta un punto en una combi, y luego nos pasaron a un bus de mayor tamaño. Una incomodidad para mí innecesaria, pero que observé que es una práctica habitual que lo único que hace es generar molestias entre los turistas. Subís, elegís un asiento de los que hay disponibles, y luego te tenés que adaptar a lo que haya luego, en el otro bus, dependiendo del turno en que haya llegado la combi. Sobre todo se puso de manifiesto la incomodidad en el regreso.
En el mismo punto donde a la ida habíamos hecho el cambio de bus, empezaron a llamar a los turistas por nombre y alojamiento para que fueran cambiándose a los distintos vehículos que estaban esperando para llevar a cada uno a su hospedaje. Una pareja de turistas japoneses no entendió bien las indicaciones, y el chofer terminó por enojarse y tratarlos de un modo poco cordial. Como no entendían del todo, ni siquiera reaccionaron contra el maltrato por parte del conductor. Así que no pude evitar hacerle un comentario sobre la falta de cordialidad y lo incómodo del sistema adoptado. No hubo caso, el hombre estaba muy seguro de su postura. Realmente la modalidad es muy incómoda y el manejo que tienen con las personas, ingrato. Frente a esa situación preferí bajarme antes y caminar para no seguir avalando esa práctica tan desagradable.
A lo largo de los 80 kilómetros que separan El Calafate del Parque Nacional Los Glaciares, la geografía que se extendía más allá de la ruta mostraba una estepa árida, montañas a lo lejos, una vegetación abundante en arbustos espinosos, y una soledad infinita apenas interrumpida por el transitar de los vehículos sobre el asfalto.
El micro hace una parada en el ingreso donde el personal del Parque sube y realiza el cobro del acceso, Consulta el lugar de procedencia, y cobra de acuerdo con la tarifa: 160 pesos  para los residentes nacionales, 260 pesos para los extranjeros. Luego, vuelve a subir con el ticket impreso y el monto pagado. Después, se avanza por la ruta hasta el Puerto Bajo Las Sombras, desde donde parten las embarcaciones de Hielo y Aventura, la empresa autorizada a realizar las caminatas por el glaciar.
Las embarcaciones cruzan el Brazo Rico del Lago Argentino en una navegación que demanda unos 15 minutos. Una vez en la orilla opuesta, se realiza una caminata hasta el punto en el cual se colocan los grampones, necesarios para realizar la caminata, tanto como los guantes que protegen las manos ante eventuales caídas. El grupo se subdivide entre varios guías y una vez que todos están listos, se hacen las recomendaciones: caminar con los pies separados, no tomar fotos durante las caminatas si no sólo cuando se hace una parada, no alejarse ni demorarse para evitar inconvenientes, la técnica para subir, la técnica para bajar. Demasiadas recomendaciones. Un guía lidera el grupo y el otro, se ubica al final pero a veces se adelanta y se asegura que la huella esté en condiciones. En caso de ser necesario, realiza los ajustes sobre el hielo.

La masa glaciaria era realmente impresionante. Tenía un color azul celeste intenso. Por momentos creí que todo se trataba de una gran fantasía. El celeste que afloraba por entre las grietas era tan artificial que podía imaginar el fondo de una pileta de plástico rígido de esas que se ven con frecuencia en los patios de las casas. Imaginaba que si rascaba un poco el hielo iba a encontrar una escenografía armada al estilo Truman Show. La superficie era muy blanca, pero en las grietas el intenso azul celeste era deslumbrante.
Bajo mis pies se desplegaba una masa helada irregular con tanta historia que me sentía afortunada de poder estar allí. Y es que realmente lo era. Mucha gente no tiene la posibilidad de conocer el lugar, y a mí misma me había costado mucho tiempo y esfuerzo poder hacer ese viaje. Pero ahí estaba haciéndome ese regalo infinito.
Había observado tantas veces la imagen de ese gigante helado. La había admirado en tantas ocasiones y había fantaseado cada vez con el día en el que finalmente lo tuviera frente a mi. Me pareció una maravilla increíble. Y me resultó mágico. Es que si la magia del universo no ejerciera su poder, nuestro encuentro no se hubiera concretado.Una masa enorme, blanca, azul, celeste, dependiendo de cómo impactaran los rayos de luz. El helado gigante estaba abrazándome con su frío inmenso, dejándome a mí también helada, sin aliento. Su bienvenida era grandilocuente, y no esperaba menos.
Caminamos sobre el hielo, nos sumergimos en él, nos apropiamos de su belleza, lo vivimos a pleno. Todos éramos como niños descubriendo un baúl lleno de tesoros. Y cuando te asomabas a ver qué contenía el cofre te encontrabas con grietas, sumideros, lagunas y crestas enormes que me llevaban a imaginar un lemon pie pero de color turquesa. Si el mundo fuera una heladería, creo que podría pedirles crema del cielo y me servirían fragmentos de glaciar. Y podía hasta saborear lo exquisito del paisaje.
El fin del circuito se realiza con un brindis con whisky con hielo del glaciar (algo que siempre me pareció ridículo e innecesario) y un bombón. Rechacé la primera oferta, pero me quedé con los bombones. Después, quitarse los grampones y caminar por la pasarela que se despliega bajo un bosque de árboles autóctonos hasta el refugio cercano al punto de embarque. Mientras esperábamos la embarcación tuvimos un tiempo libre. Me senté en una gran roca a comtemplar el paisaje. Se escuchaban algunos estruendos y aunque no los veía, parecían enormes trozos de hielo los que se desprendían de la gran masa. Después, descubrí que el sonido es muy intenso aún cuando el fragmento es pequeño. Cosas de la acústica.
A los sonidos ensordecedores seguían luego períodos de silencio. A veces soplaba el viento, y su murmullo también se escuchaba con nitidez.
La caminata sobre el Glaciar obliga a contratar la excursión y a adecuarse a su programación y sus ritmos. Está todo "fríamente" calculado. Después de cruzar nuevamente hasta la otra orilla, el bus nos lleva hasta la zona de pasarelas y nos dan una hora para recorrerlas. Tiempo lo suficientemente escaso como para elegir sólo permanecer en los balcones observando a ese magnífico monstruo helado que ruge para ahuyentarnos pero lo que logra es todo lo contrario, atraernos cada vez más.
Me quedé con sabor a poco. Cuando llegamos a El Calafate, fui a la terminal y compré un pasaje. Iba a volver nuevamente, pero esta vez con un micro de línea. Se manejan con dos frecuencias, una por la mañana y la otra por la tarde. Son seis horas de permanencia en el Parque. Quería ir en el micro de la mañana y volver en el de la tarde, pasarme todo el día en el Parque. Pero no te lo permitìan. Si salías a la mañana tenías que regresar en el micro de las 16, y si salías en el de la tarde, tenías que regresar en el de las 19. No hubo opción.
Ese día me levanté temprano. Tomé el micro. No éramos tantos los pasajeros. Recorrer nuevamente los 80 kilómetros, pagar el ingreso, y esta vez quedarme en las pasarelas. Tenía intención de tomar el paseo en la embarcación que te lleva por el Brazo Norte durante una hora, pero desinteligencias en los horarios por parte de la empresa prestadora me hicieron desistir.
Hacía frío. Mucho frío. Había sol que fue calentando el ambiente a medida que avanzaba el día pero sin embargo, el viento era intenso y el frío no mermaba. Recorrí todas las pasarelas pero inevitablemente la vista se me iba hacia el hielo. A cada rato me detenía a observarlo. La misma imagen reclamaba protagonismo todo el tiempo. No había manera de negárselo.
Por esos días el túnel de hielo se encontraba prácticamente cerrado y se esperaba la gran ruptura. Tenía todas las expectativas de presenciar el evento. Aunque no fue posible, me llevé recuerdos extraordinarios.
Los fragmentos de hielo que cayeron fueron suficiente para establecer un diálogo con el glaciar donde yo le pedía que hiciera un desprendimiento que pudiera presenciar y él me daba como respuesta un sonido envolvente cuya procedencia en ocasiones sólo podía captar con el oído y otras veces también podía ver el hielo desprenderse de esa masa infinita. En algunas oportunidades descubrí que jugaba con mis expectativas. Se quedaba en silencio largamente y cuando iniciaba mi caminata en otra dirección, el estruendo se hacía presente magnificado por las exclamaciones y aplausos de quienes sí estaban mirando con atención. Para cuando me volvía, otra vez el silencio. Así se me fueron las horas. Otra vez me pareció escaso el tiempo. Quería más, pero si bien ya no tenía tiempo, había disfrutado grandemente de ese encuentro mágico y genial.





























6 comentarios:

  1. Hice el viaje en Enero del 2013 fue una experiencia increíble. No fue tan caro, me aloje en un albergue, comiamos en una fonda muy barata y hasta fui en excursión a las Torres del Paine. ¡Maravilloso!!!!!Todo depende de lo que cada uno elija. Luego tomamos un avión y nos fuimos a Usuhaia.

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  2. Tu relato no refleja que hayas disfrutado del viaje. Por el contrario repica como si todo fuera pasible de queja,incluyendo desafortunadas comparaciones con piletas de plástico, considerar ridículos el disfrute y costumbres de otros, pretender que los horarios de las empresas que prestan un servicio turístico masivo se adecúen a tus únicas necesidades personales...y encima no entender que lo que negativamente calificas de "demasiadas recomendaciones" se hace sólo para preservar la vida, incluso la tuya. Parafraseándote demasiadas quejas que considero rídiculas e innecesarias.

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    1. Marli, aprecio que te hayas tomado tiempo para expresar tu percepción del relato. Te cuento que disfruté muchísimo el viaje, y el encuentro con el glaciar. Probablemente no me haya explicado bien, pero cuando establecí la comparación con el azul celeste de las piletas de plástico es porque fue la primera imagen que me disparó ese color tan intenso que no hubiera imaginado nunca verlo en un glaciar. Será porque es diferente verlo en la vida real que en fotos o videos. En cuanto a las desinteligencias en los horarios de las empresas, te cuento que eso sucedió porque efectivamente tienen horarios pautados, pero por motivos que no precisaron con claridad, cancelaron algunos servicios e informaron incorrectamente de los horarios siguientes al micro que nos trasladaba. En cuanto a lo de "demasiadas recomendaciones", en verdad no es una queja y estoy absolutamente de acuerdo con que se hagan. Me resultan demasiadas a mi para poder retenerlas. Las escuché con atención, pero luego no estaba segura de recordar qué era lo que debía hacer. Lo de beber whisky con hielo del glaciar, en eso sí no estoy de acuerdo, y es una apreciación personal porque a mi me gusta que los ambientes traten de protegerse lo más posible. Me gusta que el glaciar esté donde la naturaleza lo puso y no en un vaso. Todos somos diferentes y tenemos distintas experiencias. Siempre el relato de los viajes tiene esa cuota de subjetividad que tiene que ver con la vivencia de cada uno. Quizá el relato no te haya agradado y es super válido, pero tené por seguro que disfruté mucho el viaje y también de relatarlo. Muchas gracias por leerlo y por tu participación :)

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  3. Buenisimo el relato!..quiero conocer en algun momento no muy lejano esa parte de la Argentina!..Me gustó lo de ir en micro local. A ver si entendi: si voy sola, sin emresa, no puedo hacer la caminata pero puedo quedarme 6 hs en el parque?..Otra pregunta: nadie puede acampar en el parque?..creo que no..es que voy con mi camara de fotos..y unas nocturnas en el laciar estarian geniales. Con quien deberia solcitar ese permiso? sabes?..gracias!!!

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    1. Hola Daniela!
      Gracias por tu participación y comentario!!! Sí, efectivamente, no podés hacer la caminata, pero podés tomarte el micro y pasar 6 hs en el Parque. La otra opción para quedarse más tiempo es hacer dedo o alquilar un auto. Camping en el Parque tenés en el Lago Roca, que es como a 50 kms de El Calafate. Te recomiendo que para más información sobre las actividades posibles en la zona de Lago Roca como sobre la posibilidad de un permiso especial, te contactes con Parques Nacionales. Les podés mandar un correo a la direcciòn del PN Los Glaciares que te responden... bueno, en mi experiencia lo hicieron, y con una información muy completa. Éxitos con ese viaje!!!!

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