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viernes, 8 de enero de 2016

[#DIARIODEVIAJE] El Viaje Esperado - Capítulo 3: El Chalten -Laguna Torre

La siguiente etapa del anhelado viaje se desarrollaba en El Chaltén. Me habían hablado mucho de esta pequeña y joven población fundada en 1985 para poblar un área de la provincia de Santa Cruz que era motivo de conflicto con el limítrofe país trasandino. Sabía que era "la Capital Nacional del Trekking" y esa característica era suficiente para que todo el mundo pensara que iba a encantarme. Tanto me hablaron, tanto me dijeron que me iba a gustar, que me iba a encantar, que me iba a enamorar, que llevaron mis expectativas muy altas. Y no sólo eso, me hicieron desconfiar que realmente me conocieran.

Me encanta el trekking. Disfruto mucho de la experiencia de saber las enormes posibilidades que me permiten mis piernas. No soy deportista, pero amo caminar. No sé de entrenamientos, ni de ejercicios, ni nada que se le parezca. Sólo sé que tengo dos piernas que pueden llevarme hasta donde quiera ir, y que básica y esencialmente pueden llevarme a desafiar mis propios límites. Pero me cuesta, la falta de entrenamiento tiene esas consecuencias. Amo la actividad, pero me cuesta llevarla a cabo. El cuerpo me pasa factura. A mi ritmo, busco llegar a la meta.
Sabía que cuando fuera a El Calafate, iría también a El Chaltén. Me habían dicho que el clima era tan variable que en un mismo día podía tener las cuatro estaciones y que eso podía atentar contra la realización de algún circuito, por lo cual había previsto destinar varios días en el lugar.

Me fui de El Calafate en el servicio de la empresa Taqsa que salía a las 7 de la mañana. A las 8 había otro servicio, que era más conveniente para no levantarse temprano, pero que tenía los asientos delanteros ya vendidos, por lo cual decidí irme antes. Quería disfrutar de la vista panorámica, y además, me permitía llegar más temprano a destino y aprovechar el día.
En la mañana, el paisaje que observaba a través de la ventanilla se hacía más solitario. Aridez, desolación, soledad, rutinaria monotonía de lo mismo. Eran kilómetros y kilómetros que la ruta devoraba y a pesar de eso, parecía que estábamos en el mismo lugar. No se trataba de una belleza exótica, sino de una inmensidad desconocida. Un paisaje que se prolonga hasta el infinito y más allá. De vez en cuando algún cartel hablaba de velocidades permitidas, anticipaba alguna pendiente o baden o nos informaba de los kilómetros que faltaban para llegar a algún lugar. Al costado de la ruta, sembradas en pleno campo, las torres metálicas sobre las que se apoyan los cables de alta tensión, nos hacían compañía. Soldados de un ejército en posición de firmes que nunca abandonan sus filas. Especies de robots creados para tal fin, guardianes de la electricidad. De pronto, mis pensamientos se evadieron en la fantasía de que se trataba de guerreros de las galaxias desafiando una tierra hostil y procurando que la luz siempre nos acompañe.

Sin saber de dónde, de pronto un curso de agua surge y da motivo a la existencia de un puente. Una vaca pasta cerca del camino, es la única que observo en kilómetros. Adivino que entre esas matas hay vida oculta. Seguramente liebres, zorros, algún roedor. Pero se esconden. Fantaseo que como el ojo del Gran Hermano, nos espían desde su madriguera. Mi teoría se confirma cuando cruzamos algún cadáver sobre la ruta. ¡Pobre liebre! ¿Cuántos animales mueren atropellados en las rutas? Qué saben ellos de prioridad de paso? Más adelante descubro otras vacas, guanacos y carteles que señalan la presencia de ciervos, pero de esa especie, es todo lo que pude ver.

La cinta asfáltica se extiende recta hasta perderse en el horizonte. De pronto una curva hacia la misma infinidad. Algún cartel semi discreto señala el nombre de una estancia cuyo casco no se llega a divisar. ¿Quiénes serán los dueños de todo esto? Un paisaje pintado con acuarela, tallado por las manos artesanas del viento, cinceladas por el clima, grabado por años y años de trabajo intenso. Una obra imperfecta que sigue dibujándose eternamente.
En algún momento las curvas se suceden y el mismo paisaje que antes se apreciaba en paralelo al camino, ahora se aprecia con una perspectiva de 360 grados. Un curso de agua celeste, un lago, un río como el Santa Cruz, La Leona, el Arroyo Turbio, nos regalan una panorámica inesperada. Estoy utilizando un servicio regular y el bus no se detiene en los miradores. Los veo pasar con nostalgia.

Los guanacos, solos o en grupo, se hacen más frecuentes. Al costado de la ruta, nos ven pasar. A veces, huyen.
El cielo tiene algunas nubes. Todo el conjunto se refleja sobre el río que se extiende a nuestro lado. El sol brilla y su destello también se imprime en el agua. Su efecto espejo me hace achinar los ojos ante el impacto de sus rayos.
Paramos en el Parador La Leona. Es un hotel con una cafetería y venta de recuerdos. Se puede utilizar el baño, pagando 5 pesos. Tiene un pequeño museo con restos fósiles, y objetos utilizados por los pobladores originarios. El sitio fue declarado Histórico. Tiene en su anecdotario, el reconocimiento del lugar como el sitio donde el Perito Moreno fue atacado por una leona, suceso que le dio nombre al paraje. Al rato llegaron otros contingentes y se hizo la hora de partir. Todavía faltaban unos 120 kilómetros para llegar a El Chaltén. Un mirador a unos 2 kilómetros del lugar, anticipa una vista espectacular del cerro Fitz Roy. Se percibe la cercanía con el punto de destino.
De frente, todo el cordón montañoso nos guía. La Ruta 23 parece querer darse de lleno contra las montañas. Nos conduce directamente hacia el macizo. El paisaje es, sin dudas, maravilloso.

Llegamos a El Chaltén cerca de las 10. Ingresamos a Informes de Parques Nacionales, nos dieron una charla de unos diez minutos y luego, el chofer nos condujo hacia la terminal. Una vez ahí, me dirigí a la Oficina de Informes Turísticos. Consulté acerca de los circuitos (por más que el pueblo está dentro del Parque Nacional Los Glaciares, es de acceso libre como todos los senderos, que están bien señalizados por lo cual no hace falta contratar guías), cómo llegar al hostel y alguna otra información del lugar.
Empecé a caminar en busca de mi hospedaje. El pueblo, pequeño, me resultó pintoresco y colorido. Mientras caminaba, observé la plaza, la iglesia, la escuela, y el cerro Fitz Roy coronando la vista. Era un día espléndido. Me llamó mucho la atención la cantidad de flores amarillas que había por todos lados. Eran Dientes de León, las mismas que había visto en El Calafate y que ahora se reproducían en un número muy superior en El Chaltén. Era un colorido tan natural, tan agreste, tan sencillamente lindo que me parecía todo un símbolo. A veces con lo esencial, con lo simple, alcanza. Y sobra.

Después de alojarme y  de ir al supermercado por algunas provisiones, decidí hacer la primera caminata de todos los circuitos de trekking que pensaba realizar.
El acceso al sendero de la Laguna Torre quedaba a escasos metros de mi alojamiento, así que aprovechando lo fantástico que se presentaba el día, que todavía tenía varias horas de luz y que el acceso al sendero era casi una invitación ineludible, decidí aceptar el convite.
Tenía unos 500 metros hasta el inicio del sendero propiamente, que incluía una primera subida que me hizo meditar acerca de mi decisión. Pero el clima estaba tan lindo que era imposible intentar siquiera volver. Además si así arrancaba, qué me quedaría para el resto de los días.

Apenas iniciado el sendero, un letrero indicaba que era una zona de presencia de huemules. La gran fantasía, poder descubrir alguno y no sólo eso, poder retratarlo con mi cámara. En vano me esforcé por agudizar la visión, no estaban allí esperando para mostrarse. Sabía que se este Monumento Natural estaba en peligro de extinción, por lo cual era poco probable contar con tanta fortuna.
El cartel indicador también daba algunas recomendaciones respecto del cuidado ambiental y sobre todo del agua. En la charla con los Guardaparques ya nos habían informado que todo el agua del lugar es potable. Nos habían dicho que podíamos tomar agua de cualquier curso de agua, que era mineral y muy pura. Pero para conservarla de ese modo, había que tomar algunas precauciones. Y he ahí lo que más me llamó la atención. En El Chaltén, como en ningún otro lugar, había visto que se hiciera tanto hincapié en cómo cuidar el agua e incentivar a la gente a consumir el agua de los ríos y arroyos.

Entre las recomendaciones estaban el utilizar algún recipiente para juntar el agua. Si era necesario higienizarse, llevar el agua en el recipiente al menos hasta unos 50 metros del curso de agua. También se recomendaba utilizar las letrinas dispuestas en sitios estratégicos por Parques Nacionales, alejadas de las fuentes de agua, y que en tal caso, si eventualmente se tuviera alguna urgencia y no hubiera letrinas disponibles, retirarse a una distancia considerable para preservar el recurso natural de cualquier contaminación. Por supuesto, siempre está el pedido de retirarse del lugar con los propios residuos y mantener los recursos tal como están, y no retirar ninguna pieza, piedra, planta o lo que fuere del lugar. Iniciativas por el estilo, me resultaron dignas de celebrar.

La caminata tiene una duración estimada de ida y vuelta de unas seis horas. La inicié sabiendo que tenía luz hasta las 20:30 aproximadamente. Tenía un poco de desconfianza porque me dolía la rodilla, consecuencia del intento de robo que había sufrido el día que inicié el viaje, y también dudaba de la dificultad que encontraría en el camino. Sin embargo, pude hacerlo bastante bien, a buen ritmo. De camino, la primera parada fue en el mirador de la Cascada Margarita. Sobre la ladera de enfrente se veía caer con intensidad el agua hacia el precipicio que finalizaba en el serpenteo del Río Fitz Roy. El sol estaba alto, pero la postal ameritaba destinar algunos minutos a la contemplación del paisaje. Más adelante, la siguiente parada sería en el Mirador del Cerro Torre. La vista era todo un espectáculo, y yo tenía la mejor ubicación. Un palco de lujo para espiar la obra de la naturaleza materializada en ese coloso que desafió a más de un escalador con resultados que hicieron historia.

A veces en subida, otras veces esquivando un suelo pedregoso y difícil, por momentos llano, y de pronto en bajada, con raíces de árboles oficiando como obstáculos, pequeños bosques que regalaban un poco de sombra, algún descampado donde toparse de frente con el sol, las flores amarillas, los abejorros y las mariposas, y el anhelo de encontrar el tesoro al final del camino.
Cuando llegué por fin a la laguna me encontré con un paisaje agreste, bello, rústico, sencillo y majestuoso a la vez. La laguna se explayaba a los pies del Cerro Torre que la custodiaba celosamente. Con su perfil altivo, la montaña dominaba el paisaje. El cielo tenía un celeste tan intenso y límpido que las nubes apenas asomaban. El sol impactaba con su brillo y su calidez. Una especie de playa de piedra rodeaba los bordes de la laguna, y los caminantes que habían alcanzado la meta estaban dispersos por los alrededores disfrutando de ese premio al esfuerzo realizado para alcanzar el paisaje. También yo busqué mi lugar en la orilla. Permanecí un buen rato observando el panorama, regalándome ese instante mágico. 
Después observé que un aguilucho sobrevolaba muy cerca de las personas y llamaba la atención. Andaba en busca de comida. Es lo malo de los animales silvestres que se acostumbran a la presencia humana y ya no siguen las costumbres que deberían si no que adoptan malos hábitos.
El fuego nos iluminaba con mucha ahínco, más de lo que era recomendable que la piel se obligara a soportar. Observé a mi alrededor que muchos de los que estaban descansando en la orilla estaban rojos como un tomate. La falta de protección solar adecuada estaba teniendo consecuencias en los rostros y cuerpos de los visitantes. Decidí que era tiempo de volver. Antes de marcharme, recogí unos sándwiches que habían dejado abandonados en la orilla, y también unas cáscaras de naranja que habían dejado en una bolsa al costado del camino. Guardé todo, y lo llevé nuevamente hasta el pueblo. Recordé las indicaciones que nos habían dado en Parques Nacionales y también la leyenda de los letreros, y me lamenté que no todos pudieran hacerle caso y comprometerse a cuidar el ambiente.

El regreso lo hice también a buen ritmo. Me detuve un buen rato en el camino a observar un pájaro carpintero que con dedicación se daba a la tarea de picotear sobre el tronco de un árbol. Me maravillé un buen rato observando algo que es trivial pero que a mí me resultaba encantador.
Cuando el camino me depositó nuevamente en el pueblo, todavía había bastante luz. Regresé al hostel y fui directo a la ducha por un baño reparador. Había cumplido el primer circuito, uno de los más tradicionales, y de los más largos. Estaba cansada, pero me fui a dormir feliz de haber concretado el logro del día. La Laguna Torre ya tenía un tilde en mi checklist!












viernes, 13 de noviembre de 2015

[‪#DIARIODEVIAJE‬] El viaje revancha: El Hoyo - Epuyén. Capítulo 6.

Desde su concepción en este viaje tenía en mente conocer algunas poblaciones pequeñas. Sitios de menor tamaño pero no por eso menos importantes que en otros viajes no había podido conocer pero cuyos nombres había llegado a adivinar en algún letrero a la vera del camino.

En alguna ocasión, cuando tuve la posibilidad de hacer el trayecto de La Trochita que va hasta la estación Desvío Thomae, había podido visitar El Maitén. Pero fue una visita muy corta. En aquella oportunidad pude ver que el diseño arquitectónico que predominaba en las casas era el ferroviario. Más tarde, mientras recorría el museo del Viejo Expreso Patagónico, le había consultado a la mujer que lo atendía, acerca del origen de la población y me confirmó que había surgido a instancias del tren. Una vez que el ferrocarril dejó de funcionar, el pueblo entró en decadencia. La mayoría eran empleados ferroviarios, los rieles y el vapor formaban parte de su rutina cotidiana. Más tarde, ya en el paseo en el tren, mientras consumía algo en el vagón comedor, iba a enterarme que quienes se encargaban de los productos que se elaboraban y vendían en el tren era una asociación de mujeres familiares o viudas de empleados del tren. Era un emprendimiento que las ayudaba no sólo económicamente si no como actividad recreativa. Un denominador común que encontré también entre los feriantes que exhibían sus productos en un galpón del ferrocarril cuando el tren ingresaba nuevamente en la estación El Maitén. Fue una visita muy breve pero al menos había podido conocer algo de la esencia de ese pueblo.

En este viaje estaban en mis planes Cholila, Epuyén y El Hoyo. La primera localidad quedó para cuando tenga otro pasaje para visitar la zona. Los horarios me obligaban a salir de madrugada, y no tuve energía para hacer el esfuerzo, me pareció un sacrificio innecesario. Al margen de que cuando decía que quería conocer Cholila, todos me preguntaban por qué, qué quería hacer, y me decían que era chiquito y que no tenía nada. Que el lago era precioso sí, pero nada más. En otra ocasión será. Me gusta conocer los lugares aunque sean pequeños, pero tuve que resignarlo en este viaje. Las otras dos están cerca, y el transporte regular entre esas poblaciones y El Bolsón favorecía que pudiera conocerlas. A Epuyén había menos frecuencias horarias, y también implicaba levantarse temprano, aunque no tanto como a Cholila.
Como había salido más tarde de lo esperado, y claramente no llegué a tomar un colectivo que me llevara a Epuyén tempranito, iba a destinar mi día a hacer otro recorrido. Pero cuando estaba a punto de ir en busca de la cascada escondida, otra de las caminatas que me habían recomendado, volví a virar en el curso de mis actividades de la jornada. Vi venir el colectivo con destino a El Hoyo, y pensé en por qué no hacer al revés de lo que había planificado. Si antes quería ir hasta Epuyén y al regreso visitar El Hoyo, podría hacer el sentido contrario.

El Hoyo es la capital nacional de la fruta fina. Hay muchos establecimientos dedicados a su producción y a la elaboración de dulces. Me resultaba interesante poder visitar alguna de esas chacras. Sin embargo, los horarios de los colectivos no me daban tiempo suficiente para hacer una visita más profunda. En la oficina de informes me indicaron algunos establecimientos y me recomendaron visitar La Cascada. Hacia allá fui.
Una breve recorrida por el pueblo para conocer la plaza, la iglesia, el hospital, la municipalidad. Apenas comienza el sendero de ripio para ir a La Catarata, un señor detiene su auto y se ofrece a llevarme. No había hecho el mínimo intento de hacer dedo, que ya una persona se ofrecía a llevarme hasta el sitio al que me dirigía. Era raro y algo mágico también. Pero dudé nuevamente. El hombre viajaba solo y tenía al lado de su asiento dos cajas tetra break de vino tinto sin abrir. Me dijo que subiera que no tenía mucha sed para tanto vino y dijo algo así como que había que compartir. El comentario no fue de lo más afortunado y me hizo pensar en que estaba cometiendo una imprudencia, pero decidí confiar en que un gesto amigable no tiene por qué ser visto con desconfianza, y me subí.

El hombre era de Buenos Aires, y había vivido en distintos puntos del país, muy disímiles todos ellos. Había trabajado en la policía y desde hacía muchos años se había establecido en El Hoyo. Hablamos un poco de eso, del clima, y de la vida en general y ya tuve que bajarme. Eran apenas unos dos kilómetros los que había que cubrir. Nos deseamos buen día y se marchó, por supuesto con el vino sin abrir.
El sendero hacia La Catarata  está en un predio arbolado. Las instalaciones de los baños e informes no estaban habilitadas, cosas de viajar fuera de temporada.  Pero un cartel indicador con la señalización del inicio del camino era todo lo que necesitaba. Al costado de la senda el agua murmuraba delicadamente. Era temprano y yo era la única persona en el lugar. El curso de agua corría paralelo a la senda, y con pereza, cantaba una música que me atraía. La vegetación de altos árboles era el refugio de los pajaritos y también un filtro por donde se escabullían algunos rayos del sol.

El ascenso, como todos los ascensos, cuesta. En algunos tramos el camino estaba en mal estado y era más difícil aún. Piedras sueltas y empinadas eran un combo ideal para el resbalón. Ufff se complica cuando una no tiene estado físico, y cuando se la pasa yendo y viniendo por todos lados, el cansancio se nota. La primera parada habilitada era un mirador sobre el valle. Una linda vista que se prolonga más allá, entre cultivos y chacras. Después seguir avanzando aunque sea lentamente, pero lo importante es llegar.
Los árboles proporcionan aire fresco, y una se deja abrazar por las sombras que cobijan del sol y refrescan el calor generado por el esfuerzo físico. La luz que se filtra entre el verdor de las hojas genera juegos de luces y sombras. Grandes rocas asombran en el camino. Algo de musgo crece sobre esa superficie gracias a la humedad del lugar. El ruido del agua que se desplaza irremediablemente es todo un combo para disfrutar y mientras tanto seguir subiendo.
En el tramo final, un mirador ofrece unos escalones para sentarse a observar el agua caer. El ruido de la caída delata la fuerza contenida, la energía liberada, y logra maravillar la vista. Otra vez me siento un ser privilegiado disfrutando de un rincón bonito del mundo perdido en la inmensidad patagónica.  Y una vez más, siento que es todo para mí, y lo disfruto sabiendo que no tengo que compartirlo con nadie más. Pero el tiempo apremia, y tengo que volver a tomar el colectivo, así que me despido de la cascada, y ya en el regreso, observo que la gente ha comenzado a llegar. Me cruzo a varias personas en el camino de regreso. Me siento feliz, fui dueña de un momento único.

Vuelvo al refugio donde tengo que esperar el colectivo. Al costado de la ruta observo a la gente hacer dedo, subirse a un vehículo y desaparecer. Ya me habían dicho que era una de las formas de viaje más habituales en la Patagonia. Y lo estaba comprobando. Mientras espero, el sol del mediodía se hace notar y una pareja de bandurrias salta de una rama a otra entre los árboles que están cerca. Se oye su chirrido particular y me entretengo tratando de adivinar dónde se escondieron.
Llega mi colectivo. Es el mismo chofer que me trajo, así que espontáneamente me hace de guía. Saco pasaje hasta Epuyén, y me ubico en uno de los asientos de adelante. Me pregunta si estoy de vacaciones, y me dice que él me va a dejar en el lago, y que es un lugar muy bonito. Confío en él.
Es un tramo extenso el que se recorre entre El Hoyo y Epuyén, unos 30 kilómetros. Sobre la RN40 veo la oficina de informes turísticos y creo que estamos cerca, pero mi improvisado guía me dice que el lago está a 7 kilómetros del centro y que todavía falta un tramo. Observo por la ventanilla la iglesia, una escuela, la municipalidad y el colectivo sigue internándose. Calculo que el pueblo se desparrama a lo largo del asfalto. Al llegar al punto final, me indica un sendero con el cual podría volver caminando hasta el destacamento policial. Le digo que lo voy a tener en cuenta, y me señala en dirección contraria para que vaya en busca del lago.

El lugar es una especie de reserva local, con guardaparques, y donde hay una plaza con juegos para niños, hay un escenario, y espacios de recreación. Después, un letrero invita a internarse en un sendero. Empieza con subida, y ya noto que la caminata me va a costar.
Sigo el camino de autos, y de pronto, un mirador con un lago majestuoso se despliega frente a mis ojos. ¡Ah, bueno! La exclamación me surge espontáneamente. Es una vista realmente hermosa. Un cuadro precioso en el que el artista se encargó de conjugar muy bien los colores. Las aguas del lago forman un espejo esmeralda que parece una joya gigante de valor incalculable. Las montañas con sus picos nevados se reflejan sobre ese fondo y brillan con el sol. El cielo luce espléndido, bien despejado y celeste. La vegetación boscosa es el detalle necesario para que el cuadro luzca genial. La dicha vino a hacerse presente en el mismo instante en que pude observar ese paisaje. Realmente era un regalo de la vida poder estar ahí con esa escenografía mágica.
Desde el mirador, se observa una construcción de madera y vidrio sobre otro sector del lago. Los carteles indican que se trata de un centro cultural. Decido ir a ver de qué se trata. Sigo el camino en bajada y es inevitable pensar que al regreso, la subida también va a costar. Llego al punto donde está el acceso al lugar y observo unos letreros que indican el inicio de un sendero. No había llevado suficientes víveres para la expedición de ese día, y en ese horario y lugar, la presencia de ese centro cultural fue más que oportuna. Ingreso y observo algunas artesanías, algunas fotos, algunas piezas de una muestra, y también un kiosco y minibar. Compro unas galletas caseras con chips de chocolate y le pregunto a la chica que me atiende qué se puede hacer en la zona ya que había ido directamente al lago, sin haber pasado por información turística ya que había viajado en el colectivo. 

Me indica dos senderos. Uno es de unos cinco kilómetros que va hasta una playita llamada El Chalet, y otro en el que puedo encontrar algunas pinturas rupestres. Agrega que la playita es muy linda pero me advierte que es probable que haya bastante agua y barro arriba y que quizá no pueda avanzar. El tiempo hasta que pasara el colectivo que me llevara de regreso a El Bolsón, me permitiría llegar al lugar, si llevaba buen ritmo en mi caminata. Le agradezco la información y salgo con dirección al lago. Desde ahí había otra vista muy linda, y podía sentarme a disfrutar del paisaje mientras comía las galletitas. Una combinación exquisita.
Terminado mi refrigerio, me encamino hacia el sendero. Obviamente empieza con sentido ascendente. Avanzo, y desde arriba también se observa la belleza del entorno. Hay un mirador que permite una panorámica espectacular. Sigo las marcas dibujadas en el sendero y me detengo frente a un arroyo bastante caudaloso que pienso que es imposible cruzar sin empaparme las zapatillas. Doy media vuelta y abandono la empresa. Mientras retrocedo reniego de la mala fortuna de no poder cruzar. Me quedo observando el paisaje, y al rato veo venir a tres hombres con sus herramientas de trabajo, de la misma dirección de donde yo había retrocedido. Les pregunto cómo hicieron para cruzar sin mojarse los pies y me dijeron que sobre el  costado de un árbol había un puente improvisado. Vuelvo. Efectivamente allí estaba, medio oculto, imposible que lo hubiera detectado. Cruzo. Avanzo lo más que puedo, pero el camino se me hizo imposible de barro. Definitivamente tuve que regresar. A modo de consuelo pensé, de todos modos esta vista es genial, ¿cuánto más hermoso podrá ser el otro lugar? Me resigno, pero me quedo en el mirador observando todo desde arriba.

Al retornar al punto de partida, pienso que quizá me podría intentar recorrer el otro sendero sugerido. Comienzo a caminar, llego hasta un mirador, pero la señalización no era buena y termino confundiendo las huellas. Volví por otro camino al inicio del sendero. Ese fue el día de los no-senderos, de las caminatas hacia ningún lugar. Pero me lo tomé como la oportunidad para sentarme a disfrutar del paisaje, simplemente.
Todavía quedaba bastante rato hasta el horario del colectivo, por lo cual me parece buena idea caminar los 7 kilómetros hasta el centro de Epuyén y conocer un poco el lugar y tomar fotografías.  Apenas empiezo a caminar, en el jardín de una casa veo a un hombre que parecía mirar la nada y sorprenderse ante mi presencia. Lo saludo por cortesía, me responde, y sigo mi camino. Me desoriento un poco porque no encuentro el punto donde el chofer me había dicho que podía cortar camino e ir al centro por otra senda. No había nadie a quién preguntarle. Retrocedo, y justo veo avanzar un vehículo. Le hago seña de dedo, la mujer que va en el asiento del conductor me explica que ella y su marido van hasta muy cerca y le digo que igualmente si me llevan hasta donde van ellos me sirve para avanzar. Me habrán llevado un kilómetro. Me bajo, comienzo a caminar y al rato observo otro vehículo. Vuelvo a hacer dedo, y el auto se detiene. Apenas abro la puerta para preguntarle si me lleva hasta el centro, reconozco que es el mismo hombre al que había saludado un rato antes.

El hombre me dice que Epuyén es muy tranquilo, que las casas no tienen reja y que se puede estar hasta tarde en el lago sin correr ningún peligro. Me habla de la amabilidad de la gente, de la rutina pacífica de los días, me cuenta que la vida en esa pequeña población es muy diferente a la que se vive en las ciudades, que la gente vive con poco, que no necesita de grandes cosas ni de bienes superfluos como en las ciudades más grandes y me sugiere una estancia más prolongada. Me dice que si quiero esperar el colectivo en el lago, puedo volver a su casa que siempre hay disponible mate con galletitas. También me invita a pasar por su cabaña si quiero volver en otra ocasión y pasar unos días. Se lo agradezco y le digo que quizá en otro viaje, ya que esta vez estoy de pasada.
Me bajo frente al edificio municipal. Camino las cuadras cercanas y descubro el hospital, una escuela, la biblioteca municipal, la plaza, la iglesia. La terminal de ómnibus es sólo un espacio al costado de la ruta y un cartel que la menciona. Unos metros más allá está el edificio del correo. Cruzo la calle y entro en un kiosco para preguntar qué distancia habrá hasta el empalme con la RN40. Vi el cartel indicador y quiero tomar una foto. Me orientan, me preguntan, charlamos. Me dicen que Epuyén es un pueblo que creció a lo largo, que es tranquilo, que tiene algunos lugares interesantes como la gruta de la virgen que queda a un kilómetro, que hay una estupa budista que es muy llamativa, y me hablan del camino de la rinconada que me conecta con el lago, de las chacras que se extienden en los alrededores y también me sugieren una estadía más prolongada. Lo pienso, porque la gente me resulta muy amable y el entorno natural es muy lindo.
Camino en dirección a la RN40. Veo pasar el colectivo que va hasta el lago, el cual luego tiene que volver a pasar por el mismo sitio en sentido contrario y es el que me llevará de regreso a El Bolsón. Todavía tengo tiempo de llegar, tomar la foto y esperar el colectivo. Es lo que hago. Luego de la sesión, mientras estoy esperando el colectivo al costado de la ruta, veo a una chica caminar en mi dirección. Cuando está más cerca, reconozco que es la misma que me atendió en el Centro Cultural. Me pregunta cómo me fue, le cuento mis desventuras, y mientras charlamos me dice “discúlpame, yo no puedo no hacer dedo”. Ella se define como artesana, vive a mitad de camino entre Epuyén y El Hoyo. Me dice que siempre viaja a dedo, que inclusive fue hasta Chile a dedo varias veces. Cuando un auto se detiene, me dice, “vení, a ver si a vos también te sirve”. Vamos. Ella habla, y me alienta a seguirla. “Va hasta Lago Puelo, te acerca bastante “, me dice y fue argumento suficiente para que yo también me suba al auto.
La conductora es una maestra. Vive en Lago Puelo, pero tuvo una jornada ardua de trabajo en Epuyén. Apenas subimos la charla comienza a sucederse naturalmente. Las preguntas rondan en torno a los destinos de cada una, actividades, rutinas. Cuando mi compañera ocasional se baja, la maestra me ofrece pasarme al asiento de adelante. A poco de andar, comienza a llover. Y llueve con intensidad. La noto cansada, hablamos al respecto. De pronto siento temor de un accidente. Oscureció bastante y la lluvia es abundante. Las luces delanteras no funcionan correctamente y para iluminar el camino encandila a los vehículos que vienen en dirección contraria. Me manifiesta su preocupación ante la posibilidad de ser parada por la policía por no tener las luces en orden. Internamente ruego que no pase nada.
Al parecer la compañía la invita a hablar y desahogarse de algunas cuestiones. Me cuenta que durante el año trabaja como maestra, pero que en la última temporada de verano habilitó parte de su vivienda como casa de té donde recibe la ayuda de su hija que colabora en la administración y la puesta en marcha del emprendimiento. La hija estudia en la universidad de Córdoba, por lo cual, sólo puede tener la casa de té en el verano. Ella hizo un curso de repostería y juntas se animaron a darle forma al proyecto. Canela en Casa es el nombre de su establecimiento. Espero visitarla algún día.

Hablamos bastante sobre su proyecto, los momentos difíciles que tuvo que atravesar y también me reí mucho con sus anécdotas. Y me quedé pensando mucho en lo difícil que es vivir en un lugar pequeño donde aquello de “pueblo chico, infierno grande” es tan cierto que a veces los detalles personales terminan por circular tan rápidamente como si se tratara de un programa de espectáculos que difunde los rumores de amoríos y separaciones de los famosos.
Cuando me deja en el corazón de Lago Puelo ya es noche. Está bastante oscuro, pero al menos ya no llueve tanto. En la parada del colectivo hay un refugio así que por lo menos voy a estar guarecida. Unos adolescentes que esperan el micro me dicen que el colectivo llegará en 20 minutos. Más tarde comprobaré la precisión de la información. Pago los 14 pesos que me sale el pasaje hasta El Bolsón, y 15 kilómetros más tarde, me encuentro de regreso en El Bolsón.

Esa noche me cociné unos fideos con tuco. Fue un día intenso, con mucha energía. Era tarde y estaba cansada. Una buena cena sería el broche para una jornada con mucho para recordar.

martes, 24 de marzo de 2015

[‪#‎INFOTURISTICA‬] Junín de los Andes, combo patagónico de naturaleza y cultura

No tiene los brillos de otras localidades neuquinas, pero tiene algunos méritos que la hacen destacable. Junín de los Andes, como si fuera una niña tímida, permaneció durante mucho tiempo relegada frente a otros destinos turísticos. Sin embargo, tiene una serie de ases escondidos en la manga que le permiten salir de las sombras y empezar a mostrar sus bondades al turismo.
Para empezar, hay que decir que es la ciudad más antigua de Neuquén, cuyo primer asentamiento data de 1883, y que esos rasgos se perciben en la fisonomía de sus construcciones. Casitas pequeñas que se expanden más allá del casco céntrico y se pierden entre los cerros.
Está ubicada a 380 kilómetros de la capital provincial, en el circuito de la mítica Ruta Nacional 40, y en la puerta de acceso al Parque Nacional Lanín. También integra el Corredor de los Lagos de la que forman parte localidades como Villa Pehuenia-Moquehue, Aluminé, Piedra del Águila, San Martín de los Andes, Villa Traful y Villa La Angostura.
Su fuerte se podría decir que comenzó siendo la pesca. Es una de las principales actividades turísticas y no en vano es considerada la Capital Nacional de la Trucha y parte de ese reconocimiento se percibe en sus calles donde hasta los carteles indicadores señalan el nombre de las arterias en letreros con forma de pescados. Pero el ámbito propicio para rendirle tributo a esta actividad son los cursos de agua, que los hay y variados. Los ríos Malleo, Curruhué y Chimehuin, y los lagos Huechulafquen, Epulafquen, Paimún, Tromen, Curruhué Chico y Grande y la Laguna Verde.
Es una población pequeña y tranquila. Alrededor de la plaza principal -que tiene variadas especies de árboles- se encuentran algunas instituciones tales como los bancos, la Oficina de Turismo, el Museo, el centro de artesanos y algunos locales comerciales que forman el eje de la vida social. Unas cuadras más allá se encuentran la Municipalidad y uno de los edificios más simbólicos de la ciudad, el Santuario Nuestra Señora de las Nieves y Beata Laura Vicuña.
El templo tiene la particularidad de representar en el diseño de su arquitectura la vinculación entre el simbolismo mapuche y las creencias de la religión católica. En esa mixtura, la imagen de la Virgen viste atuendo mapuche, y la Beata Laura Vicuña es también receptora de pedidos de milagros y agradecimientos. Su historia está presente en el acervo de la población con un arraigo tal que se advierte su presencia en colegios y acciones de ayuda al bienestar de la sociedad. El edificio tanto en sus paredes, pisos, atrio, puertas, está cubierto de simbolismos que resaltan el rasgo cultural del encuentro entre las creencias de los pobladores.Tanto el relato de cómo llegó a ser considerada beata como la presencia y significado de la simbología mapuche pueden escucharse de la palabra de los guías que acompañan en la visita al templo.
La costanera, a orillas del río Chimehuin, es un buen lugar para caminar, observar la avifauna o sentarse a contemplar el paisaje. Hacia el lado opuesto, unas cinco o seis cuadras más allá, una callé conduce al Paseo Via Christi, en el Cerro de la Cruz, al cual se accede previo pago de una entrada. Obra del arquitecto Alejandro Santana, el sendero autogestionado propone un recorrido de más de 2 kilómetros en los que se representa la vida de Jesucristo. Hay 22 estaciones en las cuales las figuras escultóricas de tamaño real llaman la atención por mezclar fragmentos bíblicos con rasgos mapuches y los símbolos pertenecientes a la cosmovisión de los pueblos originarios. Es un camino ascendente desde donde se obtiene también una linda vista de la ciudad.
Los principales puntos de interés turístico de Junín se pueden visitar en un día. Pero el entorno natural es ideal para realizar actividades de turismo aventura como cabalgatas, mountain bike, rafting, trekking o visitar las Termas de Lahuen Co, en el Parque Nacional Lanín.
Desde San Martín de los Andes, hay colectivos regulares que permiten la circulación frecuente entre ambas localidades. Para una estadía más prolongada, la oferta de cabañas, hoteles y campings abarca los distintos presupuestos y comodidades. Las opciones gastronómicas se inclinan por truchas y cordero patagónico.
Junín de los Andes tiene historia, tradición, una identidad cultural de fuertes lazos con las raíces originarias, y un paisaje patagónico diferente que encuentra su pico de máxima expresión en el Volcán Lanín. Instalada a la vera de la Ruta Nacional 40 y entremezclada con las poblaciones del circuito de los lagos, es una ciudad que atrapa con su pequeña timidez.
Si alguna vez estuviste en Junín de los Andes, te invito a compartir tu experiencia. Si no lo hiciste, es una buena razón para incluirla en tu itinerario.