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domingo, 9 de julio de 2017

[‪#DIARIODEVIAJE] Laguna de los témpanos

"Siempre tenés que terminar el viaje bien arriba", me dijeron. Y esa frase quedó dando vueltas en la cabeza. Es que para mí cualquier viaje ya me pone con un ánimo bien arriba. Pero es cierto que algunos cierran de un modo más tranquilo que otros.

Era el cierre de mi viaje a Ushuaia y pensaba que lo iba a cerrar con una última jornada tranquila. El clima había estado muy variable y bastante nuboso y con lluvias intensas por momentos. En esa situación, no veía mucha perspectiva de hacer mucho más. Seguramente recorrería la ciudad un poco más y como siempre la costanera me atrae mucho, daba por descontado que me iba a pasar un buen rato mirando las aguas, las aves y algún que otro movimiento portuario.
El día previo me había dedicado a andar por ahí, recorriendo algunas zonas que no había explorado. Estuve por el aeródromo donde se dan clases a pilotos y donde también se puede contratar el vuelo en avioneta durante un buen rato. Allí el guardia me ofreció pasar a los hangares para observar las avionetas que estaban en exposición, también me comentó acerca de las actividades que estaban desarrollando en ese momento con las prácticas de vuelo. Me dijo que podía recorrer el lugar y permanecer observando las prácticas cuanto quisiera, la única condición era no exceder la línea que delimitaba el estrecho fragmento que separaba el espacio transitable por peatones de la pista donde aterrizaban las avionetas.
Pensaba en lo interesante de hacer ese recorrido aéreo por la ciudad austral. Poder observar desde el aire no sólo la ciudad sino también los puntos más llamativos como la Laguna Esmeralda, los glaciares, el Parque Nacional. Sin embargo, al rato de observar y volar con la imaginación en cada despegue, seguí mi recorrido. Di una vuelta grande por la zona de reserva, recorrí algunos edificios, la plaza y nuevamente las calles principales observando una vez más cada detalle de la dinámica de esa urbe.
El cielo anticipaba un día muy nublado y con probabilidades de precipitaciones. No tenía muchas expectativas para ese último día. Pero durante el desayuno, mientras observaba por los ventanales el paisaje y pensaba en el pronóstico del clima y cómo iba a repartir las horas de ese último día, la dueña del hostel me preguntó qué pensaba hacer. Le comenté mis dudas, a lo que respondió "quien mira las nubes, no segará". Y fueron palabras muy alentadoras. 
El refrán, me contó se usaba mucho en la zona de donde ella se crió, Corrientes. Era una forma de decir que si las personas se detenían a mirar las nubes y las amenazas climáticas, no iban a realizar ninguna actividad, y eso por supuesto no era bueno. Hablamos un rato, y como justo acaba de llegar al hostel una nueva huésped y tenía muchas ganas de salir a andar por ahí, nos pusimos de acuerdo en hacer el trekking a la Laguna de los témpanos. Llamamos un remis que nos vino a buscar en un momento y al rato nos dejó en la tranquera que da inicio al sendero. A partir de ese punto, nos quedaban unas tres horas de caminata hasta la laguna.
El lugar donde comienza la caminata es propiedad privada, y tiene un paisaje bellísimo. Las flores amarillas del diente de león estaban a pleno y eran un espectáculo verlas mezcladas con el verde de la vegetación silvestre y a orillas de los cursos de agua.
Empezamos a andar. La superficie estaba bastante embarrada, y también había turba, por lo cual, era muy fácil pisar y que los pies se hundieran en el agua renegrida. Cruzamos el puente que nos llevaba directo a internarnos en un bosque de árboles enormes. Sabíamos que el recorrido era todo en subida y bastante  lejos. El recorrido era difícil porque demandaba varias horas en una superficie que se veía compleja, siempre en ascenso y con un clima bastante traicionero. 
Paso a paso. Fijar pequeñas metas para lograr buen ritmo. Hasta aquel árbol, tantos pasos, hasta aquel tronco en el que pueda descansar un poco. Y así. Mientras caminábamos, charlábamos. Los temas iban conectándose unos a otros, como un hilo que conduce a un ovillo. Había que atravesar superficies muy embarradas y resbalosas y buscar un punto de apoyo para no caer. Abrazábamos algunos árboles, nos agarrábamos de algunos arbustos endebles, de donde podíamos. Ensayábamos un intento y si lo veíamos complicado, buscábamos alternativas. Subir. Subir. Subir.
En algunos tramos las raíces hacían de escalones, pero tenía en claro que no había que pisar las raíces. Son sumamente resbalosas así que si no quería desandar el camino de golpe, tenía que tener mucho cuidado. En otros momentos había algunos escalones de piedra. En un momento nos detuvimos a descansar en unas piedras. Les preguntamos a algunos que ya venían descendiendo y sus comentarios no eran muy alentadores. Decían que faltaba mucho y que los tramos más arriba eran bastante complicados. 
Fuimos a nuestro ritmo, bah, al mío, que era más lento, pero que con la charla se iba haciendo cada vez más flexible. Sin embargo, hubo bastantes patinadas y el calzado cada vez se iba cubriendo más de barro. Por momentos el clima se ponía fresco pero si estábamos en el bosque, no se advertía tanto. Si salíamos a un claro, el aire se sentía más frío. Ya en el último tramo, el camino era más pedregoso, más en pendiente y más despejado, por lo cual el viento cobraba un poco de protagonismo, matizado por un sol que estaba alto pero que a veces se ocultaba tras las nubes. 
Como siempre sucede, el último tramo parece inalcanzable. Siempre pensás que está ahí nomás, pero cuando llegás, encontrás con que el sendero continúa. Poco antes de llegar, le preguntamos a un chico que venía de regreso si faltaba mucho. "No, no falta mucho, pero la laguna está seca", nuestra cara de decepción debe haber sido lo suficientemente gráfica. "¿Y los témpanos?" preguntamos. Su respuesta fue una risa amena. Luego agregó, la laguna está acá nomás.
Avanzamos. Efectivamente cuando subimos la cuesta, la divisamos con sus aguas verdosas. Nos acercamos a la orilla. Había una pareja de patos nadando plácidamente. No había témpanos. Al menos no en la laguna. La bordeamos, y llegamos hasta las cuevas. Ahí encontramos bloques de hielo enormes, cubiertos de sedimentos que hacían que desde lejos se confundieran con las rocas. Más arriba, el glaciar Vinciguerra se mostraba ampliamente. Algunos audaces avanzaron sobre su superficie. Luego de disfrutar del paisaje desde la perspectiva de las cuevas, retornamos a la orilla de la laguna y nos sentamos un momento al resguardo que ofrecían las rocas. Compartimos algunos mates y comimos algo. Cuando el cielo comenzó a nublarse más y el frío se hacía sentir, empezamos a descender. Y el descenso requería de mucho cuidado. El tramo de inicial requería mucho cuidado por las piedras sueltas. Luego, por el barro. El descenso por la superficie resbalosa exigía no poco esfuerzo. 
Tardamos en el descenso casi tanto como para el ascenso. Cuando finalmente volvimos a encontrarnos con la tranquera que marcaba el fin del sendero, los pies estaban llenos de barro. Había sido una jornada ardua, pero super agradable. Finalmente las amenazas climáticas no se cumplieron y me sentí feliz porque había podido aprovechar enormemente el día, y no sólo eso, sino que había confirmado lo que me había dicho la señora durante la mañana: "quien mira las nubes, no segará". Y menos mal que me impulsó a no mirarlas. Me encanta mirar las nubes, e imagino que transmiten un mensaje. Pero es verdad que hay que saber interpretar los mensajes. Tal vez los estaba tomando como una advertencia, y quizás ellas sólo querían desafiarme y animarme a insistir a pesar de todo.
Una vez realizada la caminata, debo decir que es un trekking fantástico. La belleza del lugar es sorprendente, e implica además todo un reto. La satisfacción que se siente luego de haber conquistado la meta, es inigualable. 
Y sí, fue un viaje que terminó muy arriba. 























lunes, 10 de abril de 2017

[‪#DIARIODEVIAJE] Laguna Esmeralda -Ushuaia

La Laguna Esmeralda fue el primer desafío. De todas las opciones que tenía en Ushuaia, elegí una que me entusiasmaba mucho. El pronóstico del clima no me auguraba la mejor de las estadías. Sabía, sin embargo, que en la patagonia todo lo referente al clima es azaroso, y que, no obstante, debía estar lista para aprovechar cualquier oportunidad que tuviera.
Muchos son los viajeros que llegan a Ushuaia. Habitualmente la estadía promedio es de dos, tres, hasta cuatro días. Son pocos los que permanecen más días, y en ese recorte, son muchas las opciones que se pierden. En mi caso, iba a permanecer algunos días más, pero con el clima en contra, era probable que mis opciones también se redujeran.
La Laguna Esmeralda ya me parecía una maravilla desde su nombre. Un espejo de agua de color verde precioso debía ser, sin lugar a dudas, una joya digna de apreciar. Tenía otros condimentos que también la hacían atractiva. Por un lado, estaba entre las opciones más recomendadas por su belleza paisajística, por otro, había un camino a través del bosque que se anunciaba como muy bonito, se podían apreciar algunas castoreras (también algo que es llamativo de la zona), y había que atravesar algunas turberas.
Hace un par de años leí un libro que relataba la experiencia de una expedición realizada por tres jóvenes amigos por zonas poco exploradas de Tierra del Fuego. En el relato, hablaban de todas las vivencias que tuvieron que afrontar en ese recorrido y mencionaban las turberas como parte de la complicación ya que se habían hundido lo suficiente como para quedar empapados y casi muertos de frío. Ese libro avivó mucho mi curiosidad por conocer la isla. Si bien no tuve ocasión de hacer una expedición como esa, ni mucho menos, lo cierto es que conocer el lugar, los ambientes, la gente, me resultaba muy tentador. Cuando me enteré que el sendero a la laguna obligaba a pasar por algunas turberas, un poco de aquella aventura que había leído, acudió a mi mente. Justo es decir, que en mis andanzas por el centro de Ushuaia, he visto el libro exhibido en algunas vidrieras. Un libro que merece ser leído y disfrutado.
Las turberas son un tipo de suelo muy blando formado por material orgánico que se fue acumulando sobre algunos depósitos de agua. Son humedales de características particulares, entre las que se encuentra la de captar el carbono que tanto incide en el cambio climático. Más tarde, me encontraría con otros sitios con presencia de turba, pero este primer contacto ya me hacía encontrarme con una de las características típicas de la región.
Las alternativas para realizar la excursión, si no se dispone de vehículo, son: hacer dedo, contratar un transfer o un remis o taxi, con los cuales hay que acordar el regreso. El traslado es hasta el punto donde comienza el sendero. Las combis que son el transporte regular venden el pasaje de ida y vuelta. La vuelta se tiene que acordar entre todos los pasajeros que viajan en esa misma combi. El sistema es un poco incómodo, pero es la opción que ofrecen. Sobre todo es incómodo porque si el clima desmejora y se acordó en tal horario, no se puede tomar otra combi que no sea la ya acordada. Si por el contrario, el clima es ideal para permanecer en el lugar, no hay más que regresar a la hora señalada. Además, siguiendo el sendero más allá de la laguna, se puede acceder al Glaciar Ojos del Albino, y si los pasajeros que venían en la misma combi quieren regresar antes, no dan los tiempos para poder continuar la caminata.
Contraté los servicios del transporte regular. Nos dejó en la entrada del sendero. Los días previos había estado con un poco de lluvia, por lo cual el suelo estaba húmedo. Apenas se ingresa, el bosque da la bienvenida. Los árboles altos hacen paso para que, entre las sombras, se pueda ir explorando el terreno hasta llegar a la meta, para algunos la laguna, para otros, el glaciar. Hasta la laguna, son aproximadamente tres horas de caminata ida y vuelta.
El chistido de algunos pajaritos que se esconden entre la vegetación transporta a una sensación mágica. Sombras, árboles, hojas, música, brisa, sol, un momento y un espacio en el tiempo que es como una burbuja de placer y felicidad. Avanzar un poco más, encontrarse con los primeros obstáculos de barro que irán intensificándose luego. Avanzar entre el silencio, a veces interrumpido por los otros caminantes que van charlando y riendo y cuyas voces y risotadas se pierden a medida que se alejan.
Atravesar el bosque hasta llegar a un claro. Un espejo de agua que se despliega a un costado reflejando el cielo, las nubes, los árboles, la vegetación aledaña. Una postal hermosa. Foto obligada. Más allá, una panorámica que deja ver todo el vallecito, cruzar un puente por debajo del cual el agua circula entre las piedras con una sonoridad exquisita. Apoyar el pie contra una superficie esponjosa y sentirse entre las nubes. Una castorera y el asombro de una creación propia de ingenieros cuya universidad es su propia naturaleza, que conspira en contra del ecosistema en el cual se introdujeron los castores, especies exóticas que tampoco pidieron ser traídas de su hábitat natural y que en la Isla, hacen lo que pueden... y lo que no pueden, también.
El barro fue incrementándose a medida que avanzábamos. Algunas zonas eran difíciles de pasar, y había que buscarle la vuelta. Otro tramo de bosque y un nuevo claro. Avanzar más y más. Las montañas se acercan, señal de que no falta mucho para alcanzar la meta.
Por fin, desde lo alto, se descubre el tesoro. El verde que hace honor a su nombre es intenso y maravilloso. En ese primer encuentro, es difícil no sentirse un ser privilegiado. Belleza absoluta, un instante que vale una eternidad y la felicidad de estar ahí, en ese momento, en ese lugar. Las hadas del bosque conspirando a favor con sus varitas mágicas que hacen que todo parezca un sueño. Una de esas ilusiones oníricas de las que uno nunca quiere despertar.
Permanecer un buen rato en ese momento de contemplación. Recorrer el espacio, Bordear la laguna, dar toda la vuelta a su alrededor. Observar el paisaje desde distintos ángulos. Descubrir una familia de cauquenes en un rincón de la laguna y verlos echarse a nadar dibujando su trayectoria en pequeñas oleadas sobre el agua.
El lugar es hermoso y dan muchas ganas de quedarse largo rato allí. Pero el tiempo apremia porque las nubes cubrieron el cielo y la atmósfera se percibe muy densa. La profesora de Geografía que tuve en Turismo, decía que en realidad, lo que preanuncia la lluvia no es que el aire se ponga denso sino demasiado liviano. Sin embargo, la sensación es de tal pesadez que sólo parece aliviarse con el aguacero. Lo cierto es que mientras pretendíamos aprovechar el espacio allí, habíamos acordado un horario de regreso y teníamos que regular el tiempo para no perder el traslado. Al mismo tiempo el factor lluvia un poco nos obligaba a alejarnos. Empezamos a andar penosamente. Algunos de los perros que se crían para la tracción de trineos, muy cerca de la laguna, comenzaron a seguirnos y a acompañarnos, eran como faros que guiaban nuestro regreso.
Otra vez caminar por las turberas, otra vez internarse en el barro y en el bosque. Otra vez sorprenderse por los seres que lo habitan. Así es como llamo a las caritas que descubro dibujadas en el musgo que rodea a los árboles. Ya las había visto en otros bosques patagónicos, y sostengo que son los rostros de los seres que habitan el bosque y que me hacen imaginar que estoy dentro de un cuento. Siempre pienso en Winnie Pooh y su bosque de los Cien Acres. No sé por qué, quizá por la cuota de fantasía. Pero me entretengo mirando los árboles y descubriendo esos rostros que secretamente nos observan y nos acompañan.
El día siguiente amanenció con lluvia, con viento, con frío y con nieve. Fue un día para permanecer en la ciudad haciendo otro tipo de actividades. Conocí algunas personas que visitaron la Laguna Esmeralda después del día con mal clima y se encontraron con un terreno sumamente complejo, con demasiado barro y unas turberas muy traicioneras que los hicieron anegarse y embarrarse en grande. El sendero de Laguna Esmeralda, como otros, se recomienda siempre hacerlos con buen clima.
Algunos aventureros se arriesgan a realizarlo aún cuando el tiempo no acompañe. Los locales cuentan anécdotas de turistas que quedaron anegados y a los cuales fue necesario rescatar a partir de operativos complejos de Defensa Civil. Puede que sean parte de los mitos locales, o no, lo cierto es que el recorrido a la Laguna es digno de ser realizado y vivido como una forma de disfrute y con el debido respeto a la naturaleza. Es una experiencia hermosa que, como todo lo bello de la vida, aporta una cuota de felicidad. Si vas a Ushuaia, no dejes de recorrerlo.
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