lunes, 5 de septiembre de 2016

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] Volver a Mendoza

Mucho tiempo pasó desde la primera vez  que fui a Mendoza. El viaje, por entonces, me había resultado muy revelador. Me había llevado a visitar Malargüe, una localidad del sur de la provincia que estaba bastante tapada por los principales centros de atracción turística: Mendoza, San Rafael, Las Leñas.
Ese nombre particular quedó muy arraigado en mi memoria, porque las más lindas experiencias de ese viaje las había obtenido en ese lugar. La Caverna de las Brujas, la Laguna de Llancanelo, Las Leñas y Valle Hermoso, el Pozo de las Ánimas, un increíble atardecer perdiéndose entre las montañas, y la Payunia, me habían dejado más que satisfecha. De San Rafael había visitado el Cañón del Atuel, el Valle Grande y Los Reyunos. En Mendoza, la excursión de Alta Montaña, el Puente del Inca, Villavicencio, las principales bodegas y aceiteras, y también una visita a una finca familiar a un par de horas de la capital.
Cuando el tiempo diluye los recuerdos, la memoria selectiva guarda verdaderos tesoros. Algunos flashes mostraban postales, fragmentos de situaciones vividas, de bellos paisajes que dibujaban un nuevo deseo, y trazaban un camino que llevaba a concretarlo. ¿Es que la vida no se trata acaso de procurar hacer realidad los sueños?
Quizás hayan sido mis ganas de huir de la ciudad, de una rutina que me agobiaba, de los días que caían sobre mis espaldas como pesadas mochilas que no me dejaban avanzar. Tal vez haya sido el cúmulo de situaciones adversas que rodeaban ese momento mío. O también una mezcla de nostalgia, expectativas, y un poco la esperanza siempre vigente de que las cosas pueden ser diferentes y que lo que parece imposible, puede sorprenderte. Si había una posibilidad de que mi deseo se hiciera realidad, quería ir por él.
Acaso eso haya sido un equipaje denso para mi viaje, un trayecto que se me hizo eterno. Desde la ventanilla vi apagarse el día, y en penumbras comencé a descubrir las luces de la ciudad. Una luz tenue y difusa que luego advertí que era a causa de la lluvia que estaba soltàndose con ganas sobre aquella tierra desértica. "La lluvia es bendiciòn", vino a mi como un mantra.
El manto de oscuridad que abrigaba a la ciudad a mi llegada, no me permitió descubrirla. No obstante, mientras atravesaba el trayecto en el lugar que sería por algunos días mi hogar, en mi memoria seguían disparándose flashes, tratando de recordar y el esfuerzo mental me resultaba agotador. En los días sucesivos sería como un juego de adivinanzas.
Fue por la mañana cuando pude salir a investigar el lugar, a involucrarme en su cotidianeidad, permitirme respirar su aire fresco y mezclarme con su tonada característica. Las calles llenas de hojas amarillas arrancadas por el frío viento matinal me arrancaron la primera sonrisa de felicidad. Amo sentir el crujir de las hojas bajo mis pies, ver cómo entre ellas juegan a mudarse de lugar al compás del viento, caer dando círculos desde las alturas de una rama inesperada.
La Plaza Independencia fue un primer hito. La parada del Bus Turístico, el Teatro, la Catedral, los puestos de venta de golosinas y artesanías me dieron la bienvenida. Después la peatonal con sus negocios y su agitación propia de todo microcentro, los edificios de rasgos antiguos, y el Ente de Turismo donde me dieron algunas recomendaciones de lugares a visitar. Caminé hasta el casco histórico, la Municipalidad, la Casa de Gobierno, el Memorial, el parque que lo rodea, la Plaza España, y luego desandar el camino para ir hacia el área fundacional con su museo y las ruinas del convento de San Francisco. Un área que se convirtiò en zona roja y que me recomendaron evitar por su peligrosidad.
Además de recorrer el Paseo de la Alameda, anduve por las avenidas San Martín, Las Heras. En el espacio dedicado a los artesanos que está a metros de la vieja estación del tren, me entretuve un buen rato hablando con una señora que tejía gorros de lana y que me contó algunas de las cuestiones que afectan a los mendocinos y que hacen difícil la vida, sobre todo por la falta de trabajo.
El metrotranvía me llamó la atención desde el primer momento en que lo vi. Utiliza la vieja estación como punto de partida y hace un recorrido no turístico hacia Maipú. Sin embargo, se lo puede utilizar para visitar la bodega López, una de las más conocidas, y también una de las que ofrece visita guiada gratuita.
Al día siguiente, por supuesto, con mi tarjeta de transporte en mano, me tomé el tren y me fui a hacer a conocer la bodega. En realidad fue un reconocerla porque en mi visita anterior, también la había visitado. Una guía, muy amablemente explicaba cada una de las etapas de la elaboración de los vinos. Habló de la utilización de todos los recursos de los que provee la vid, y realmente dio cuenta de que verdaderamente le sacan el jugo a la uva. Después de la recorrida por cada una de las áreas, finalmente se accede a la degustación de algunos de sus vinos, y la invitación a adquirir sus productos.
Al salir de la bodega, y como ya estaba allí, quise conocer un poco más de Maipú. A poco de andar, me encontré con las Bodegas Giol, que ahora funcionan como cooperativa pero que el costo de la visita guiada hacía que se fuera de presupuesto. Su historia es muy interesante, pero subsané el bache histórico que se me generaba, con la visita al Museo del Vino.
Un palacio muy esplendoroso destaca en un panorama de casas bajas. Su arquitectura, su ornamentación llama la atención desde la vereda de la avenida principal. En esa construcción, que fue la casa del impulsor de las Bodegas Giol, funciona el Museo del Vino. La entrada tiene un costo muy accesible e incluye la visita guiada donde una señora, muy amablemente cuenta la historia de la bodega, y también de la casa, y las innovaciones que se traían de Europa y que dieron un notable empuje a la industria vitivinícola.
Recorrer el museo es realmente un viaje en el tiempo. Es descubrir en cada detalle la relevancia de cada símbolo. Es una evidencia de las convicciones de la época donde cada sala tenía un piso y luces diferentes en el techo, un mobiliario especial, había salas para hombres y un baño decorado para las visitas que era más de adorno que para su utilización. Es transportarse hacia el pasado y adivinar cómo sería el paisaje de entonces, cómo se fue poblando el lugar y cómo fue adquiriendo la fisonomía actual.
Al llegar a la vereda, el ritmo diurno volvió a la normalidad, y la misma calle principal me llevó hasta la plaza, con su reloj particular, la iglesia, la municipalidad, y a recorrer las calles del centro. Después, fue volver a la estación, tomar el metrotranvía y volver a Mendoza.
El reencuentro con la ciudad, el contacto con la principal actividad de la provincia, fueron como un disparador de recuerdos, de búsqueda de nuevas vivencias. Era mirar lo mismo pero con un lente diferente. Era obtener panorámicas distintas y reemplazar postales sepia por otras nuevas, colmar las expectativas y también superarlas.










































sábado, 6 de agosto de 2016

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] San Ignacio, naturaleza y ruinas

En la provincia de Misiones, las ruinas jesuíticas son un símbolo de la impronta que dejó la evangelización española. Aquella consigna de convertir a los “salvajes” en fieles, luego de la llegada de los conquistadores a América, se evidencia a través de las huellas que aún persisten en noreste argentino y también en territorio paraguayo.

San Ignacio es una pequeña localidad misionera, recostada sobre la margen del río Paraná. Los contingentes de turistas llegan desde Iguazú con la finalidad de conocer las famosas “Ruinas de San Ignacio”. Otras poblaciones cercanas también tienen entre sus atractivos turísticos los vestigios de las reducciones jesuíticas. Las ruinas de Nuestra Señora de Loreto, Nuestra Señora de la Candelaria, Santa María La Mayor y Santa Ana, son algunos ejemplos.
El complejo donde se encuentran las Ruinas de San Ignacio se ubica a pocas cuadras del centro. A su alrededor hay restaurantes y muchos puestos de venta de artesanías, plantas, y también algunos niños y mujeres guaraníes que solicitan dádivas.
Había visitado las ruinas en otra ocasión, así que esta vez, preferí destinar el tiempo a conocer un lugar del cual me habían hablado y cuya descripción me había entusiasmado. No sabía de su existencia, y nunca antes había escuchado hablar de él. Después, como siempre sucede, algunos otros eventos me llevaron a obtener más información del lugar.

Pregunté en la Oficina de Turismo que está en el ingreso a la ciudad, y no sólo me informaron, sino que también me recomendaron y me vendieron que visitara el Parque Provincial Teyú Cuaré. Y compré. Si ya estaba medio convencida, me terminó de cerrar la propuesta cuando me dijo: “Acá tenés Las Ruinas, que son muy lindas y es muy típico, pero en el Parque tenés naturaleza, paisajes y si querés ruinas, también tenés ruinas”. El acceso es gratuito.
Una vez tomada la decisión, el siguiente paso era buscar la manera de llegar. Las alternativas, cuando se dispone de tiempo y no se tiene vehículo es caminar o alquilar una bicicleta. Pero cuando el tiempo apremia, no queda más opción que contratar un remis. El recorrido hasta llegar al Parque se hace por un camino de ripio que se va internando en el verde de la abundante vegetación. Al cabo de algunos kilómetros, se llega hasta un desvío que desemboca en el Parque Provincial.

Un cartel indicador muestra en un plano con los tres senderos que pueden realizarse. A pocos metros, una casilla donde se aloja el guardaparques y los sanitarios.  Un sendero central se inicia y conduce por varios metros hacia el punto donde los senderos se bifucan. Uno, es el que conduce a la Casa Bornamnn, donde se encuentran las ruinas de una construcción que según las versiones sirvió de alojamiento al general nazi que llegó escapando de Europa, Martín Bormann. Otro conduce hacia los miradores y el último hacia la playa.
El Parque Provincial Teyú Cuaré, que en guaraní quiere decir “Cueva del lagarto”, es algo así como el reino de Jurassic Park.  Los ruidos entre la vegetación y entre las piedras alertan sobre la presencia de compañía. Ante los sonidos, quedarse alerta, moverse despacio y descubrir que el sonido se escurre entre la vegetación, instantes más tarde la secuencia se vuelve a repetir y mientras yo espero expectante, hay alguien que también adopta la misma actitud. Veo un lagarto escondido entre la vegetación e inmóvil sobre una roca. Lo observo y él domina la escena a su alrededor con una vigilancia alerta. Estoy en su territorio, claramente la intrusa soy yo.

La superficie que abarca el Parque es de 78 hectáreas que se expanden a orillas del río Paraná, en una zona de vegetación que pertenece a una ecorregión conocida como sabana tropical. Creado con el propósito de proteger el peñón que lo caracteriza, las cavernas naturales que son refugio no sólo de lagartos sino también de murciélagos, y la variada flora.
Comenzar a andar el sendero es desconectarse de la rutina y adentrarse en una conexión de otra naturaleza. Un nexo con el verde de la vida, con la paz, con el sosiego. Es respirar un aire puro e intenso. Es agudizar los sentidos tratando de capturarlo todo: el paisaje, la presencia de alguna especie de ave, la fauna que habita el lugar, las mariposas que acompañan y guían, los insectos que deambulan de un lado al otro, los sonidos de las brisas entre las hojas, los movimientos rápidos de las lagartijas, el canto de las aves, el olor de la humedad, la fragancia de las flores, la dureza de las rocas y la esponjosidad del suelo cubierto de hojarasca.
Luces y sombras. Reflejos de los rayos del sol, refugio que ofrecen los árboles. Bosque de fantasías que invita a recorrerlo y a disfrutarlo. Luego unos escalones conducen hacia uno de los miradores. El Río Paraná circula con parsimonia. Las islas, esparcidas en distintos sectores lo llenan de vegetación. Desde el mirador, la flora que se observa es abundante, variada. El cielo está límpido, y su brillo sólo se ve interrumpido por las aves que sobrevuelan el parque.

Encontrarse con ese paisaje es una invitación para quedarse observándolo largo rato, para dejarse tentar por las sensaciones y dejar de lado los pensamientos. Pensar en nada, vivirlo todo.
Un mirador conduce a otro, y así es como obtenemos distintas perspectivas del paisaje. En la orilla de enfrente, el Paraguay. El verde de la vegetación, el celeste del cielo, el reflejo sobre el agua, los afloramientos rocosos, la tierra rojiza. Composición de colores que pintan un cuadro de belleza y tranquilidad.
Un sendero que se desgrana en escalones descendentes llevan a la playa. Desde allí se observa el peñón que es la imagen característica del Parque. Los lagartos, dueños del lugar, en sus diferentes tamaños me hacen pensar en que en algún momento se van a transformar en gigantes venidos de otras épocas.
Entre la vegetación, el colorido de los pájaros es como un juego de adivinanzas. Las aves pequeñas y otras más grandes, van moviéndose con rapidez entre rama y rama, y dejan escapar notas encantadoras que llaman la atención. Es un ejercicio entretenido escuchar los sonidos y tratar de identificar las aves entre el follaje.

Se necesitan varias horas para recorrer los senderos, si se hacen paseando con tranquilidad y disfrutando del lugar, que es la forma más recomendable. 
El Parque Teyú Cuaré es un lugar de visita frecuente por parte de lugareños y algunos turistas, aunque la mayoría llega en sus propios vehículos o habiendo alquilado bicicletas o remises. En alguna ocasión, agencias de turismo ofrecían el paseo, pero las condiciones del camino hicieron que cada vez fueran menos frecuentes.
Contiguo al parque se encuentra la Reserva Privada Osununú. Allí, la Fundación Temaikén, preserva 168 hectáreas de la selva misionera. En conjunto, ambas reservas constituyen un rico patrimonio natural y geológico de la provincia de Misiones.
El recorrido por la provincia de Misiones iba a tener un corolario que fue como la frutilla de un rico y sabroso postre. San Ignacio me atraía por sus ruinas, por su relevancia en el mapa de los destinos turísticos provinciales, pero finalmente me terminó atrapando con uno de sus atractivos que no conocía y que tuve el placer de descubrir. Fue el final de un viaje que me reencontró con la tierra roja, con el verde de la naturaleza, con el calor sofocante de la humedad y con el frío profundo de sus noches frescas, pero sobre todo que me mostró la calidez de su gente regalándome una experiencia tan preciada que nadie debería dejar de vivir.