domingo, 16 de octubre de 2016

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] Mendoza, el poder de la montaña

Tenía unas ganas supremas de hacer la excursión de alta montaña. Entre las imágenes de mi visita anterior a Mendoza, tenía postales desordenadas en las que veía un camino de curvas y contracurvas que se desarrollaba hacia abajo, también otro que ascendía y que en cada maniobra daba vértigo, y un Cristo estoico que era un hito para hablar de fronteras, de proezas, de un frío extremo y un viento que soplaba con ganas. El Puente del Inca, el Parque Aconcagua, Las Cuevas, todo era parte de un conjunto ineludible de atractivos para visitar.
El viaje a la provincia cuyana tenía esta vez una premisa: "Bueno, breve, dos veces bueno". La ecuación cerraba muy bien tanto por tiempo como por los recursos económicos, bastante limitados a decir verdad. Pero si algo quería hacer en esa provincia en una corta estadía, era la excursión de alta montaña. En temporada de nieve el recorrido no llega a cubrir el trayecto al Cristo, pero la idea de encontrarme con el mismo paisaje pero esta vez cubierto por el manto fresco de los meses fríos me entusiasmaba. Así que contraté los servicios de una agencia porque no tenía otra forma de hacer esa excursión.
Por esos días, la lluvia había estado muy presente en la ciudad. Era motivo de disgusto entre sus pobladores que se quejaban por su constante permanencia. Acostumbrados a un clima seco, ya les parecía demasiado tanto diluvio. Después de la lluvia vino el frío y la nieve. La lluvia había dejado los suelos frágiles y la nieve, con su peso, los tornaba aún más vulnerables. El Paso Cristo Redentor que permite el tráfico de ida y vuelta a Chile estaba cerrado. Había camiones esperando para poder cruzar sus cargas, micros con sus pasajeros resignados, autos particulares varados en algún sitio. Con la salida del sol, las esperanzas de habilitación del paso, crecían. Y las agencias de turismo tenían vía libre para realizar las excursiones de alta montaña. Así fue como pasaron a buscarme por el hostel muy temprano por la mañana. Una vez que reunieron a todos los pasajeros, nos encaminamos hacia Potrerillos. El guía explicó la importancia que habían tenido las líneas férreas en la región y el servicio que brindaban. En el lago de Potrerillos, las fotos de la mañana mostraban un día que remoloneaba antes de saludarnos para desearnos una buena jornada.
La siguiente parada fue en Uspallata. La nieve había copado todo el paisaje. El frío era intenso, y el gris del cielo no hacía más que reforzar la sensación helada. Todo alrededor estaba cubierto de nieve. El abrigo de una taza de café caliente en un refugio cálido a fuerza de leña y estufas de gran tamaño, era reconfortante. También allí se podía alquilar ropa de nieve, y fueron muchos los que se sumaron a la idea rentar prendas para disfrutar del manto helado.
Sin embargo, al momento de continuar el viaje fue poco el trecho que se pudo avanzar.  A la altura de los controles de la Aduana, la gendarmería no permitió el avance de los vehículos ni de turismo ni particulares. Esperamos un rato. Según las explicaciones que habían dado las autoridades, una patrulla había salido a inspeccionar el camino. Si de acuerdo con la observación realizada, se evaluaba que se podía permitir el paso, iban a informarlo, pero para eso había que esperar. Mientras esperábamos, la fila de automotores por momentos crecía, en ocasiones algunos desertaban. A los pocos minutos de la espera, algunos decidieron bajar de la combi e ir a inspeccionar el paisaje, tomar algunas fotos. El chofer y el guía, entonces dijeron que se podía bajar y jugar un rato con la nieve. Al cabo de un rato, decidieron que nos llevarían a otro paraje llamado San Antonio donde se podía jugar con la nieve. Lo cierto es que no se autorizó el paso, y más tardes las noticias anunciaron que un alud se había producido en el camino de la alta montaña.
La combi, se detuvo en medio de la nada. La ruta era la misma que conduce a San Juan. Pero el punto donde la combi y otras dos combis más se detuvieron, no presentaba ningún atractivo en particular. Solo un punto en medio de la nada. Un pavimento que parecía prolongarse hasta el infinito se perdía en el horizonte. Fue bajarse en medio de la nada para observar la nieve en los alrededores. Más allá del camino había alambrados que delimitaban campos. A lo lejos se veían las montañas. El cielo había despejado y se mostraba límpido y brillante. Los pasajeros se bajaron. Al costado del camino empezaron a armar bolas de nieve y a estampárselas unos contra otros. Entonces fue cuando me di cuenta que la nieve, además de unificar con su manto blanco todo el paisaje, convierte a todos en niños, transporta a todos a la infancia, a donde no hay barreras generacionales y la risa se contagia. Una magia especial se despierta en el interior de las personas y se dejan llevar por el impulso tentador de las miles de bolas que pueden armarse con esa blancura helada, y de devolver la gentileza con intensidad y risas. Otros se tiraban de lleno en la nieve, y agitaban manos y pies tratando de recrear el famoso "angelito". Fue un largo rato el que jugaron al costado del camino. Se divirtieron, es cierto, pero no era el ámbito adecuado para una excursión. Poco después fue el momento de retomar el viaje para ir a almorzar. Los tiempos se demoraron al máximo posible como para que sólo quedara tiempo para el regreso. La vuelta fue por los mismos sitios, pero sin hacer ninguna parada. Al costado del camino se veía a familias disfrutando de la nieve, estacionando sus autos y armando muñecos con la nieve acumulada sobre el capó. La salida que tanto me había interesado, resultó un fiasco. Pero de alguna manera, fue mejor sobrevivir a esa excursión a encontrarse con la sorpresa de un alud. Turista que huye, sirve para otra excursión.
Al día siguiente, con el sabor amargo de una excursión frustrada, me levanté temprano con la idea de tomar el metrotranvía que tanto había llamado mi atención. Me habían dicho que era un medio de transporte para los locales ya que no conectaba con ningún lugar turístico. Sin embargo, había averiguado que si llegaba hasta la estación Gutierrez, la última del recorrido, podía ir a la Bodega López, a tan solo tres cuadras de la estación, y acceder a la visita guiada gratuita que ofrecían. Eso hice.
La atención en la bodega es muy gentil. Las guías cuentan toda la historia y llevan a recorrer las distintas dependencias de ese enorme galpón. Nos cuentan que las uvas son transportadas en camiones y volcadas a una máquina donde se separan las uvas de los racimos. Luego nos explican el procedimiento de la fermentación, y la utilización que se le da a los desechos tanto para la industria cosmética como para abono. Más tarde nos encontramos observando los enormes toneles con la bebida que honra a Baco, y las áreas de empaque. Cuando el circuito llega a su fin, se procede a degustar algunos vinos.
Al salir de allí, caminé por la avenida hacia el centro de Maipú. En el camino, me llamó la atención el edificio de las Antiguas Bodegas Giol. Allí también ofrecían visitas guiadas pero pagas. Seguí avanzando por la avenida y un poco más adelante, la presencia de unos palacetes destacaba entre las casitas bajas y simples. Uno todavía no había sido acondicionado, el otro había sido la casa de uno de los fundadores de las Bodegas Giol y actualmente es la sede del Museo del Vino. La construcción es de principios del siglo pasado y está realizada con materiales traídos de Europa. Para la época, la construcción era realmente una obra monumental. Hoy lo sigue siendo, y sus detalles pueden apreciarse mejor con el relato de la guía.
La plaza principal está rodeada por la Municipalidad, la iglesia y la policía. Es un sitio de encuentro y esparcimiento social. Una enorme fuente y un reloj son sus símbolos característicos.
El metrotranvía me llevó de regreso y una parada antes de finalizar su recorrido, empalmé con el colectivo que me llevó a la zona del Cerro Arco.
La montaña ofrece un mirador natural para observar toda la ciudad desde lo alto. En esa ocasión empecé la caminata pero me sorprendió el atardecer así que decidí dejar el trekking para otro momento. Días después estaba otra vez en el mismo circuito que me conducía a las alturas. A diferencia de la vez anterior, iniciaba el recorrido más temprano y con compañía. Una amiga del destino, como suelo llamar a las personas con las que me cruzo en los viajes y con las que establezco un vínculo de buena onda y repentina amistad, se dejó llevar por mi interés por la montaña y la caminata. Quizá lo hizo un poco sin pensar a dónde la llevaba. Ella no estaba habituada a las caminatas, y de hecho, si las podía evitar, lo hacía. Cuando nos encontramos en el inicio del sendero, me preguntó si estaba segura de querer hacerlo. Por supuesto que lo estaba, pero quien no estaba segura era ella. Sin embargo, ya estaba allí, y no le quedó otra que sufrir. Las subidas se hacían intensas, eternas, difíciles. Pero no teníamos apuro. Ella no podía creer estar sometiéndose a semejante esfuerzo. Hablamos en el camino de muchas cosas, y entre tantas, me dijo habló de sus proyectos. Me dijo, "si superamos esto, podremos superar cualquier cosa". Y la frase se convirtió en el latiguillo al que recurrimos para darnos ánimo para seguir. No es que el recorrido haya sido tan complicado, de hecho, he realizado otros peores, pero no estaba en forma, no tenía entrenamiento, y me encontraba fuera de estado. Ella no estaba ni remotamente cerca de hacer algo de ejercicio y menos una actividad como esa.
El esfuerzo nos dio la primera recompensa en el primer punto panorámico que encontramos sobre los cielos de Mendoza. En realidad era poco lo que podía verse de la ciudad porque un colchón de nubes lo cubría todo. Pero la postal era entonces quizá todavía un poco más bella. Definitivamente era alcanzar el cielo teniendo los pies en la tierra. Seguimos hacia otro mirador y si bien podíamos avanzar hacia otros cerros y continuar nuestra caminata, lo cierto es que ya estábamos más que contentas con lo logrado. La experiencia fue muy buena, pudimos alcanzar la meta y además adoptamos la lección que nos había dado la montaña. Si pudimos con el cerro, podríamos con cualquier cosa. Porque es mucho lo que se pone en juego a veces en cuestiones simples como salir a hacer un trekking por ahí. La confianza, la tenacidad, la fortaleza, la convicción, el deseo, la expectativa, la capacidad para recalcular y seguir, el manejo de la frustración, la creencia en que si querés, podés y que cuando no querés, te sobran motivos para no poder. En este caso pudimos. Quisimos, pudimos. Con la montaña... y con cualquier cosa!
Metrotranvìa

Bodega Lopez

Bodegas López

Bodegas López

Bodegas López

Bodegas López

Bodegas López

Antiguas Bodegas Giol

Museo del Vino
Museo del Vino
Museo del Vino
 
Museo del Vino

Museo del Vino

Museo del Vino

Museo del Vino

Museo del Vino

Museo del Vino

Iglesia Maipú

Plaza Maipu

Plaza de Maipú

Plaza de Maipu

Plaza de Maipú

Plaza de Maipú
Cerro Arco

Cerro Arco

Cerro Arco

Cerro Arco

Cerro Arco

Cerro Arco

Cerro Arco


lunes, 5 de septiembre de 2016

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] Volver a Mendoza

Mucho tiempo pasó desde la primera vez  que fui a Mendoza. El viaje, por entonces, me había resultado muy revelador. Me había llevado a visitar Malargüe, una localidad del sur de la provincia que estaba bastante tapada por los principales centros de atracción turística: Mendoza, San Rafael, Las Leñas.
Ese nombre particular quedó muy arraigado en mi memoria, porque las más lindas experiencias de ese viaje las había obtenido en ese lugar. La Caverna de las Brujas, la Laguna de Llancanelo, Las Leñas y Valle Hermoso, el Pozo de las Ánimas, un increíble atardecer perdiéndose entre las montañas, y la Payunia, me habían dejado más que satisfecha. De San Rafael había visitado el Cañón del Atuel, el Valle Grande y Los Reyunos. En Mendoza, la excursión de Alta Montaña, el Puente del Inca, Villavicencio, las principales bodegas y aceiteras, y también una visita a una finca familiar a un par de horas de la capital.
Cuando el tiempo diluye los recuerdos, la memoria selectiva guarda verdaderos tesoros. Algunos flashes mostraban postales, fragmentos de situaciones vividas, de bellos paisajes que dibujaban un nuevo deseo, y trazaban un camino que llevaba a concretarlo. ¿Es que la vida no se trata acaso de procurar hacer realidad los sueños?
Quizás hayan sido mis ganas de huir de la ciudad, de una rutina que me agobiaba, de los días que caían sobre mis espaldas como pesadas mochilas que no me dejaban avanzar. Tal vez haya sido el cúmulo de situaciones adversas que rodeaban ese momento mío. O también una mezcla de nostalgia, expectativas, y un poco la esperanza siempre vigente de que las cosas pueden ser diferentes y que lo que parece imposible, puede sorprenderte. Si había una posibilidad de que mi deseo se hiciera realidad, quería ir por él.
Acaso eso haya sido un equipaje denso para mi viaje, un trayecto que se me hizo eterno. Desde la ventanilla vi apagarse el día, y en penumbras comencé a descubrir las luces de la ciudad. Una luz tenue y difusa que luego advertí que era a causa de la lluvia que estaba soltàndose con ganas sobre aquella tierra desértica. "La lluvia es bendiciòn", vino a mi como un mantra.
El manto de oscuridad que abrigaba a la ciudad a mi llegada, no me permitió descubrirla. No obstante, mientras atravesaba el trayecto en el lugar que sería por algunos días mi hogar, en mi memoria seguían disparándose flashes, tratando de recordar y el esfuerzo mental me resultaba agotador. En los días sucesivos sería como un juego de adivinanzas.
Fue por la mañana cuando pude salir a investigar el lugar, a involucrarme en su cotidianeidad, permitirme respirar su aire fresco y mezclarme con su tonada característica. Las calles llenas de hojas amarillas arrancadas por el frío viento matinal me arrancaron la primera sonrisa de felicidad. Amo sentir el crujir de las hojas bajo mis pies, ver cómo entre ellas juegan a mudarse de lugar al compás del viento, caer dando círculos desde las alturas de una rama inesperada.
La Plaza Independencia fue un primer hito. La parada del Bus Turístico, el Teatro, la Catedral, los puestos de venta de golosinas y artesanías me dieron la bienvenida. Después la peatonal con sus negocios y su agitación propia de todo microcentro, los edificios de rasgos antiguos, y el Ente de Turismo donde me dieron algunas recomendaciones de lugares a visitar. Caminé hasta el casco histórico, la Municipalidad, la Casa de Gobierno, el Memorial, el parque que lo rodea, la Plaza España, y luego desandar el camino para ir hacia el área fundacional con su museo y las ruinas del convento de San Francisco. Un área que se convirtiò en zona roja y que me recomendaron evitar por su peligrosidad.
Además de recorrer el Paseo de la Alameda, anduve por las avenidas San Martín, Las Heras. En el espacio dedicado a los artesanos que está a metros de la vieja estación del tren, me entretuve un buen rato hablando con una señora que tejía gorros de lana y que me contó algunas de las cuestiones que afectan a los mendocinos y que hacen difícil la vida, sobre todo por la falta de trabajo.
El metrotranvía me llamó la atención desde el primer momento en que lo vi. Utiliza la vieja estación como punto de partida y hace un recorrido no turístico hacia Maipú. Sin embargo, se lo puede utilizar para visitar la bodega López, una de las más conocidas, y también una de las que ofrece visita guiada gratuita.
Al día siguiente, por supuesto, con mi tarjeta de transporte en mano, me tomé el tren y me fui a hacer a conocer la bodega. En realidad fue un reconocerla porque en mi visita anterior, también la había visitado. Una guía, muy amablemente explicaba cada una de las etapas de la elaboración de los vinos. Habló de la utilización de todos los recursos de los que provee la vid, y realmente dio cuenta de que verdaderamente le sacan el jugo a la uva. Después de la recorrida por cada una de las áreas, finalmente se accede a la degustación de algunos de sus vinos, y la invitación a adquirir sus productos.
Al salir de la bodega, y como ya estaba allí, quise conocer un poco más de Maipú. A poco de andar, me encontré con las Bodegas Giol, que ahora funcionan como cooperativa pero que el costo de la visita guiada hacía que se fuera de presupuesto. Su historia es muy interesante, pero subsané el bache histórico que se me generaba, con la visita al Museo del Vino.
Un palacio muy esplendoroso destaca en un panorama de casas bajas. Su arquitectura, su ornamentación llama la atención desde la vereda de la avenida principal. En esa construcción, que fue la casa del impulsor de las Bodegas Giol, funciona el Museo del Vino. La entrada tiene un costo muy accesible e incluye la visita guiada donde una señora, muy amablemente cuenta la historia de la bodega, y también de la casa, y las innovaciones que se traían de Europa y que dieron un notable empuje a la industria vitivinícola.
Recorrer el museo es realmente un viaje en el tiempo. Es descubrir en cada detalle la relevancia de cada símbolo. Es una evidencia de las convicciones de la época donde cada sala tenía un piso y luces diferentes en el techo, un mobiliario especial, había salas para hombres y un baño decorado para las visitas que era más de adorno que para su utilización. Es transportarse hacia el pasado y adivinar cómo sería el paisaje de entonces, cómo se fue poblando el lugar y cómo fue adquiriendo la fisonomía actual.
Al llegar a la vereda, el ritmo diurno volvió a la normalidad, y la misma calle principal me llevó hasta la plaza, con su reloj particular, la iglesia, la municipalidad, y a recorrer las calles del centro. Después, fue volver a la estación, tomar el metrotranvía y volver a Mendoza.
El reencuentro con la ciudad, el contacto con la principal actividad de la provincia, fueron como un disparador de recuerdos, de búsqueda de nuevas vivencias. Era mirar lo mismo pero con un lente diferente. Era obtener panorámicas distintas y reemplazar postales sepia por otras nuevas, colmar las expectativas y también superarlas.