miércoles, 13 de enero de 2016

[#DIARIODEVIAJE] El Viaje Esperado - Capítulo 4: El Chalten -Laguna de los Tres

Vaya si me hablaron de la Laguna de los Tres!!! Antes de iniciar mi viaje era el tema recurrente. Que la tenía que hacer, que me iba a encantar, que era emocionante! Mi visita a El Chaltén casi parecía tener una misión: hacer ese circuito o no podía volver.
En El Chaltén hay dos caminatas largas principales que son aptas para todo público en condiciones de caminar durante varias horas. Se trata de los sendero de la Laguna Torre y La Laguna de los Tres. El tema de la variabilidad constante e impredecible del tiempo me lo habían martillado tanto en la cabeza que sabía que mientras hubiera buen tiempo tenía que aprovecharlo al máximo. Así que apenas llegué me encaminé hacia la Laguna y Cerro Torre.
El siguiente gran desafío era la Laguna de los Tres. Era un circuito cuya duración estaba estimada en 10 horas. En Parques nos habían informado que la caminata se podía realizar siempre teniendo en cuenta las condiciones climáticas, especialmente habían hecho hincapié en el viento cuyas ráfagas podían alcanzar gran intensidad. 
Hay dos formas de tomar la senda de la Laguna de los Tres. Una es caminar hacia donde finaliza la urbanización del pueblo, y tomar el camino que se presenta allí, perfectamente señalizado. La otra opción, permite ahorrar alguna distancia de caminata, sobre todo en ascenso, y tener una vista del Glaciar Piedras Blancas. Esta segunda opción suele ser muy utilizada y recomendada para capitalizar la energía que se va a necesitar a lo largo de toda la travesía y llegar bien a la meta. Para esto, es necesario contratar un transfer que realiza el traslado desde el pueblo hasta una hostería llamada El Pilar, ubicada a 17 kms de El Chaltén. Ahorrás energía, pero desembolsás unos pesos en el traslado. Análisis costo/beneficio en marcha.
El día 2 de mi estadía en El Chaltén me desperté temprano. Por la ventana, el sol llenaba de luminosidad el día. El cielo se había puesto su impecable traje celeste muy celeste. Esa mirada rápida del panorama que me llegaba a través del cristal fue un disparador de la decisión. Miré la hora, hice un repaso mental de las recomendaciones, busqué el teléfono de la empresa que realizaba el transfer, y llamé. Me dijeron que salían en media hora aproximadamente. Poco tiempo para mí que acababa de despertarme. El siguiente horario ya me complicaba un poco los planes, así que como me ofrecieron pasarme a buscar por mi alojamiento, los contraté. Me preparé rápido, tomé apenas un desayuno muy rápido que no había terminado cuando vinieron por mí. Así se iniciaba el día de "la" caminata más importante que tenía que realizar en El Chaltén.
El recorrido se realiza a través de una ruta de ripio, bordeando el Rìo de las Vueltas que se extiende un poco más allá con su serpenteo característico. Del otro lado del río, algunos cerros nos saludan altivos. A tres kilómetros de la salida del pueblo, pasamos por el acceso al Chorrillo del Salto, otro de los atractivos característicos de la localidad. De tanto en tanto, algún letrero anuncia la zona de presencia de huemules. La fantasía de descubrirlos sorpresivamente paseando por el lugar, se vuelve a desatar... en vano.
A las 9 estaba en la Hostería El Pilar. Apenas descendí de la combi que me trasladó hasta allí junto a un grupo de turistas de origen diverso pero predominantemente de rasgos orientales, me sorprendió un linda postal del paisaje matutino desde ese punto, y no solo, también la presencia de unas liebres que salieron huyendo con rapidez cuando nos vieron. Permanecí un rato observando el panorma mientras la combi se iba, y veía al resto de los caminantes alejarse lentamente, en grupo y entre risas. Era temprano, y prefería disfrutar del paisaje con tranquilidad. Luego de un rato, ahora sí, empezar a caminar.
El sendero se despliega por entre una vegetación que se hace cada vez más boscosa. Al poco rato, me encontraba dando pasos sobre un colchón húmedo. Los rayos del sol tibiamente se colaban entre el follaje de árboles que estaban en plena carrera por alcanzar el cielo. La mañana todavía se sentía fresca pero a poco de andar, sobre todo cuando la caminata era en ascenso, el cuerpo ya había entrado en calor como para empezar a quitarse algunas capas de ropa que me protegían como una cebolla.
Cuando pensé que ya había recorrido un buen trecho, me encontré una especie de tranquera que marcaba un límite y un cartel indicador. Había llegado al punto en el que formalmente empezaba el sendero hacia el Glaciar Piedras Blancas, y luego, la conexión con el camino hacia la Laguna de los Tres. Paciencia, estoy recién comenzaba.
Caminé durante largo rato sola. El canto de algún pájaro me llamaba la atención y trataba de ubicar de dónde provenía. Permanecía algunos instantes tratando de adivinar al autor de esa melodía. Era una banda sonora natural para una escenografía que recién empezaba a descubrir. Algunas imágenes de películas venían a mi memoria, eran como si mi memoria buscara en su archivo imágenes similares al momento que estaba viviendo en ese momento. En otras ocasiones aprovechaba el paisaje como excusa para detenerme unos momentos a recuperar el aire. Si escuchaba que alguien se acercaba, me demoraba y los dejaba pasar. A veces sucedía a la inversa, y otros grupos eran los que se detenían a descansar y era yo quien los pasaba.
El primer gran aliciente llegó cuando el mirador me mostró una vista increíblemente linda del Glaciar Piedras Blancas. Tenía ganas de quedarme largo rato contemplando su belleza, pero de pronto llegó un grupo de extranjeros que venían con un guía que les daba indicaciones en inglés. Se agolparon frente al mirador y ya fue imposible obtener lindas fotos y disfrutar de la belleza natural un rato más. Seguí mi camino. Después, fue avanzar y llegar al Campamento Poincenot, otro evidente punto de referencia y cruzar el Río Blanco. Después, continuar un poco más hasta dar por fin con el cartel que indicaba que se habían cumplido 9 de los 10 kilómetros del recorrido. Faltaba un kilómetro, ya estaba cerca. No había sido tan complicado, despuès de todo. Un kilómetro más y alcanzaba la meta. Internamente me sentí feliz. Otro cartel había alertado que faltaba una hora de caminata, pero era imposible que fuera tanto tiempo para hacer un kilómetro. Empecé a saborear el triunfo... antes de tiempo!
Lo que sigue a ese punto es un ascenso literalmente interminable. Difícil. Con cada paso que daba sentía que se me iba la vida más o menos. Un ascenso empinado, con mucha piedra que por momentos se presentaba como escalones de una escalera al cielo y en otros, era pura piedra suelta que podía hacer trastabillar. Avanzaba lentamente. Con un poco de desazón veía cómo todos me pasaban, o me encontraba con otros que trataban de recuperar el aliento. Creo que la postal más increíble era la de ver a gente mayor equipada con todo lo necesario para realizar esa actividad movilizándose con una agilidad que yo no tenía. Por lo general eran turistas extranjeros. Reflexioné sobre lo escaso del desarrollo de la cultura trekker en Argentina. Ancianos conquistando la montaña, y tenían más vitalidad que yo. De todas las ideas que se me cruzaban por la cabeza para justificar la necesidad de seguir en la senda y no dar media vuelta y abandonar el desafío, prevalecían la humillación frente a mis amistades, la propia frustraciòn de haber llegado hasta ahí y tener que volver, y ver a esas personas de avanzada edad logar algo que yo no podìa. Si mis amistades habían podido, si esta gente podía, yo también tenía que poder. Trataba de darme ánimo... pero la realidad era que no podía. Daba un paso y descansaba. Luego otro paso, y vuelta a descansar. Levanté la vista para ver cuánto faltaba y la imagen que observé no me gustó. Veía a puntos muy pequeños perderse en la cima de la montaña. ¿Hasta allá hay que ir? Es imposible. No puede ser. Entre todas las recomendaciones que me dieron para poder hacer la caminata, nadie, nunca me había dicho que podía costar tanto. ¡Nadie! Para mí esa subida tan pronunciada era la muerte misma.
Mientras frenaba a descansar, observaba el paisaje. Hacia los costados se veían picos imponentes. Algunos con nieve. Hacia atrás se veía un valle impresionante, y del otro costado, hacia abajo, las lagunas de agua azul zafiro. Hacia arriba un calvario. Seguí subiendo a pesar de todo. Una brisa se empezó a seentir cada vez con más intensidad. Me preocupé. Recordé las palabras de los guardaparques respecto a no subir si había viento. Peor ya estaba ahí. No iba a volver justo ahora que estaba tan cerca. O por lo menos creía estarlo. Cuando llegué a la cima pensé que iba a encontrarme con el espejo de agua que estaba buscando. No fue así, era como una falsa cima, todavía faltaba un tramo más. 
Avancé por el camino hecho de piedras de diverso tamaño. Algunas cubiertas con nieve. Había que ascender todavía un poco más evitando resbalar. Las piedras son muy traicioneras. Logré subir y desde ahí pude observar el Cerro que le da nombre al pueblo, y la laguna allá abajo. Estaba congelada. bajé para apreciarla de cerca. Caminé unos metros más para apreciar la Laguna Sucia.  Pero el viento ya soplaba con fuerza.
No me pareció una buena idea tratar de permanecer porque si bien las ráfagas eran intermitentes soplaban fuerte y cada vez con mayor frecuencia. Intenté volver a la orilla de la laguna congelada y el viento me empujó hasta una gran piedra, detrás de la cual un grupo de caminantes se resguardaba. Permanecí unos minutos y cuando pude, retomé el camino para regresar. No se podía estar. El viento te empujaba, levantaba con su fuerza pequeñas piedritas que te golpeaban molesta, insistente y a veces dolorosamente. Todos los que llegaban enseguida regresaban por donde habían venido. Sólo algunos intrépidos permanecían en el lugar ocultos tras las rocas más grandes. 
Tanto esfuerzo para estar sólo dos minutos en el lugar. Los planes de sentarse a disfrutar del paisaje mientras se degusta la vianda, que era la intención con la que llegaba la mayoría, se disipaban con el viento. Subir entre las piedras, peleando con el viento. Bajar, tanto o más difícil. Al menos podía volver con el orgullo intacto. Había logrado llegar hasta la laguna. Total, nadie tendría por qué saber cuánto me había costado.
El regreso fue deshacer el camino hasta el punto donde se empalmaba con el sendero que venía desde la Hostería El Pilar. En este caso, en lugar de irme por el mismo sitio, tenía que tomar el otro camino, el que me conduciría hasta la tan mentada Laguna Capri. Otro lugar del que me hablaron mucho. Caminé hasta un punto en el que el camino se bifurcaba. Las opciones eran, o el mirador del Cerro Fitz Roy o la Laguna Capri. Primero pensé, bueno, hago primero el mirador, regreso y luego voy hacia la laguna. Avancé unos metros con esa idea, y como tuve la sensación de que iba  tener que caminar bastante más, regresé y fui tras la Capri. 
Al poco rato, un espejo azul profundo se desplegaba frente a mí, el viento impulsaba pequeñas olas. El tronco de un árbol seco se convirtió en el banco desde donde sentarse a mirar el paisaje. A un costado, se lucía la figura del Cerro Chaltén. En su cima, se veía cómo el viento hacía volar la nieve que lo cubría. Eran como las cuatro de la tarde. El sol estaba tibio. El viento se hacía notar. Había algunas mosquitas que me entorpecían la tranquilidad. Una vez terminada mi vianda frugal, retomé la caminata por el bosque. Una pareja de españoles me detuvo, señalándome a unos pájaros carpinteros que estaban ensimismados en la tarea de picotear sobre un árbol para alimentarse. Nos quedamos mirando el espectáculo un rato, y luego, continuamos juntos el resto del sendero. Pasamos por el Mirador del Río de las Vueltas donde tomamos algunas fotos de la postal que se nos presentaba y luego continuamos la caminata hasta llegar al pueblo.
A las 18 ya estaba nuevamente en el hostel, dispuesta a una ducha reparadora y caminando como si fuera un robot. La caminata me había resultado agotadora. En dos días había hecho mucho esfuerzo de golpe, y el cuerpo me estaba pasando factura. Había alcanzado por segundo día consecutivo la meta propuesta, pero no me sentía muy feliz. Tantas expectativas me habían generado que era imposible no sentir un poco de frustración al haber realizado tanto esfuerzo para estar apenas unos escasos minutos en el lugar deseado. Me había resultado tan difícil ese último tramo del ascenso que me preguntaba cómo era posible que ninguno de todos los que me aconsejaron realizar la caminata no me hubieran anticipado lo difícil que era. Casi que pensé en una conspiración colectiva y azarosa. Pero no tenía caso seguir dándole vueltas al asunto. Segundo circuito tildado en mi checklist. Al día siguiente haría algo más tranquilo.
















viernes, 8 de enero de 2016

[#DIARIODEVIAJE] El Viaje Esperado - Capítulo 3: El Chalten -Laguna Torre

La siguiente etapa del anhelado viaje se desarrollaba en El Chaltén. Me habían hablado mucho de esta pequeña y joven población fundada en 1985 para poblar un área de la provincia de Santa Cruz que era motivo de conflicto con el limítrofe país trasandino. Sabía que era "la Capital Nacional del Trekking" y esa característica era suficiente para que todo el mundo pensara que iba a encantarme. Tanto me hablaron, tanto me dijeron que me iba a gustar, que me iba a encantar, que me iba a enamorar, que llevaron mis expectativas muy altas. Y no sólo eso, me hicieron desconfiar que realmente me conocieran.

Me encanta el trekking. Disfruto mucho de la experiencia de saber las enormes posibilidades que me permiten mis piernas. No soy deportista, pero amo caminar. No sé de entrenamientos, ni de ejercicios, ni nada que se le parezca. Sólo sé que tengo dos piernas que pueden llevarme hasta donde quiera ir, y que básica y esencialmente pueden llevarme a desafiar mis propios límites. Pero me cuesta, la falta de entrenamiento tiene esas consecuencias. Amo la actividad, pero me cuesta llevarla a cabo. El cuerpo me pasa factura. A mi ritmo, busco llegar a la meta.
Sabía que cuando fuera a El Calafate, iría también a El Chaltén. Me habían dicho que el clima era tan variable que en un mismo día podía tener las cuatro estaciones y que eso podía atentar contra la realización de algún circuito, por lo cual había previsto destinar varios días en el lugar.

Me fui de El Calafate en el servicio de la empresa Taqsa que salía a las 7 de la mañana. A las 8 había otro servicio, que era más conveniente para no levantarse temprano, pero que tenía los asientos delanteros ya vendidos, por lo cual decidí irme antes. Quería disfrutar de la vista panorámica, y además, me permitía llegar más temprano a destino y aprovechar el día.
En la mañana, el paisaje que observaba a través de la ventanilla se hacía más solitario. Aridez, desolación, soledad, rutinaria monotonía de lo mismo. Eran kilómetros y kilómetros que la ruta devoraba y a pesar de eso, parecía que estábamos en el mismo lugar. No se trataba de una belleza exótica, sino de una inmensidad desconocida. Un paisaje que se prolonga hasta el infinito y más allá. De vez en cuando algún cartel hablaba de velocidades permitidas, anticipaba alguna pendiente o baden o nos informaba de los kilómetros que faltaban para llegar a algún lugar. Al costado de la ruta, sembradas en pleno campo, las torres metálicas sobre las que se apoyan los cables de alta tensión, nos hacían compañía. Soldados de un ejército en posición de firmes que nunca abandonan sus filas. Especies de robots creados para tal fin, guardianes de la electricidad. De pronto, mis pensamientos se evadieron en la fantasía de que se trataba de guerreros de las galaxias desafiando una tierra hostil y procurando que la luz siempre nos acompañe.

Sin saber de dónde, de pronto un curso de agua surge y da motivo a la existencia de un puente. Una vaca pasta cerca del camino, es la única que observo en kilómetros. Adivino que entre esas matas hay vida oculta. Seguramente liebres, zorros, algún roedor. Pero se esconden. Fantaseo que como el ojo del Gran Hermano, nos espían desde su madriguera. Mi teoría se confirma cuando cruzamos algún cadáver sobre la ruta. ¡Pobre liebre! ¿Cuántos animales mueren atropellados en las rutas? Qué saben ellos de prioridad de paso? Más adelante descubro otras vacas, guanacos y carteles que señalan la presencia de ciervos, pero de esa especie, es todo lo que pude ver.

La cinta asfáltica se extiende recta hasta perderse en el horizonte. De pronto una curva hacia la misma infinidad. Algún cartel semi discreto señala el nombre de una estancia cuyo casco no se llega a divisar. ¿Quiénes serán los dueños de todo esto? Un paisaje pintado con acuarela, tallado por las manos artesanas del viento, cinceladas por el clima, grabado por años y años de trabajo intenso. Una obra imperfecta que sigue dibujándose eternamente.
En algún momento las curvas se suceden y el mismo paisaje que antes se apreciaba en paralelo al camino, ahora se aprecia con una perspectiva de 360 grados. Un curso de agua celeste, un lago, un río como el Santa Cruz, La Leona, el Arroyo Turbio, nos regalan una panorámica inesperada. Estoy utilizando un servicio regular y el bus no se detiene en los miradores. Los veo pasar con nostalgia.

Los guanacos, solos o en grupo, se hacen más frecuentes. Al costado de la ruta, nos ven pasar. A veces, huyen.
El cielo tiene algunas nubes. Todo el conjunto se refleja sobre el río que se extiende a nuestro lado. El sol brilla y su destello también se imprime en el agua. Su efecto espejo me hace achinar los ojos ante el impacto de sus rayos.
Paramos en el Parador La Leona. Es un hotel con una cafetería y venta de recuerdos. Se puede utilizar el baño, pagando 5 pesos. Tiene un pequeño museo con restos fósiles, y objetos utilizados por los pobladores originarios. El sitio fue declarado Histórico. Tiene en su anecdotario, el reconocimiento del lugar como el sitio donde el Perito Moreno fue atacado por una leona, suceso que le dio nombre al paraje. Al rato llegaron otros contingentes y se hizo la hora de partir. Todavía faltaban unos 120 kilómetros para llegar a El Chaltén. Un mirador a unos 2 kilómetros del lugar, anticipa una vista espectacular del cerro Fitz Roy. Se percibe la cercanía con el punto de destino.
De frente, todo el cordón montañoso nos guía. La Ruta 23 parece querer darse de lleno contra las montañas. Nos conduce directamente hacia el macizo. El paisaje es, sin dudas, maravilloso.

Llegamos a El Chaltén cerca de las 10. Ingresamos a Informes de Parques Nacionales, nos dieron una charla de unos diez minutos y luego, el chofer nos condujo hacia la terminal. Una vez ahí, me dirigí a la Oficina de Informes Turísticos. Consulté acerca de los circuitos (por más que el pueblo está dentro del Parque Nacional Los Glaciares, es de acceso libre como todos los senderos, que están bien señalizados por lo cual no hace falta contratar guías), cómo llegar al hostel y alguna otra información del lugar.
Empecé a caminar en busca de mi hospedaje. El pueblo, pequeño, me resultó pintoresco y colorido. Mientras caminaba, observé la plaza, la iglesia, la escuela, y el cerro Fitz Roy coronando la vista. Era un día espléndido. Me llamó mucho la atención la cantidad de flores amarillas que había por todos lados. Eran Dientes de León, las mismas que había visto en El Calafate y que ahora se reproducían en un número muy superior en El Chaltén. Era un colorido tan natural, tan agreste, tan sencillamente lindo que me parecía todo un símbolo. A veces con lo esencial, con lo simple, alcanza. Y sobra.

Después de alojarme y  de ir al supermercado por algunas provisiones, decidí hacer la primera caminata de todos los circuitos de trekking que pensaba realizar.
El acceso al sendero de la Laguna Torre quedaba a escasos metros de mi alojamiento, así que aprovechando lo fantástico que se presentaba el día, que todavía tenía varias horas de luz y que el acceso al sendero era casi una invitación ineludible, decidí aceptar el convite.
Tenía unos 500 metros hasta el inicio del sendero propiamente, que incluía una primera subida que me hizo meditar acerca de mi decisión. Pero el clima estaba tan lindo que era imposible intentar siquiera volver. Además si así arrancaba, qué me quedaría para el resto de los días.

Apenas iniciado el sendero, un letrero indicaba que era una zona de presencia de huemules. La gran fantasía, poder descubrir alguno y no sólo eso, poder retratarlo con mi cámara. En vano me esforcé por agudizar la visión, no estaban allí esperando para mostrarse. Sabía que se este Monumento Natural estaba en peligro de extinción, por lo cual era poco probable contar con tanta fortuna.
El cartel indicador también daba algunas recomendaciones respecto del cuidado ambiental y sobre todo del agua. En la charla con los Guardaparques ya nos habían informado que todo el agua del lugar es potable. Nos habían dicho que podíamos tomar agua de cualquier curso de agua, que era mineral y muy pura. Pero para conservarla de ese modo, había que tomar algunas precauciones. Y he ahí lo que más me llamó la atención. En El Chaltén, como en ningún otro lugar, había visto que se hiciera tanto hincapié en cómo cuidar el agua e incentivar a la gente a consumir el agua de los ríos y arroyos.

Entre las recomendaciones estaban el utilizar algún recipiente para juntar el agua. Si era necesario higienizarse, llevar el agua en el recipiente al menos hasta unos 50 metros del curso de agua. También se recomendaba utilizar las letrinas dispuestas en sitios estratégicos por Parques Nacionales, alejadas de las fuentes de agua, y que en tal caso, si eventualmente se tuviera alguna urgencia y no hubiera letrinas disponibles, retirarse a una distancia considerable para preservar el recurso natural de cualquier contaminación. Por supuesto, siempre está el pedido de retirarse del lugar con los propios residuos y mantener los recursos tal como están, y no retirar ninguna pieza, piedra, planta o lo que fuere del lugar. Iniciativas por el estilo, me resultaron dignas de celebrar.

La caminata tiene una duración estimada de ida y vuelta de unas seis horas. La inicié sabiendo que tenía luz hasta las 20:30 aproximadamente. Tenía un poco de desconfianza porque me dolía la rodilla, consecuencia del intento de robo que había sufrido el día que inicié el viaje, y también dudaba de la dificultad que encontraría en el camino. Sin embargo, pude hacerlo bastante bien, a buen ritmo. De camino, la primera parada fue en el mirador de la Cascada Margarita. Sobre la ladera de enfrente se veía caer con intensidad el agua hacia el precipicio que finalizaba en el serpenteo del Río Fitz Roy. El sol estaba alto, pero la postal ameritaba destinar algunos minutos a la contemplación del paisaje. Más adelante, la siguiente parada sería en el Mirador del Cerro Torre. La vista era todo un espectáculo, y yo tenía la mejor ubicación. Un palco de lujo para espiar la obra de la naturaleza materializada en ese coloso que desafió a más de un escalador con resultados que hicieron historia.

A veces en subida, otras veces esquivando un suelo pedregoso y difícil, por momentos llano, y de pronto en bajada, con raíces de árboles oficiando como obstáculos, pequeños bosques que regalaban un poco de sombra, algún descampado donde toparse de frente con el sol, las flores amarillas, los abejorros y las mariposas, y el anhelo de encontrar el tesoro al final del camino.
Cuando llegué por fin a la laguna me encontré con un paisaje agreste, bello, rústico, sencillo y majestuoso a la vez. La laguna se explayaba a los pies del Cerro Torre que la custodiaba celosamente. Con su perfil altivo, la montaña dominaba el paisaje. El cielo tenía un celeste tan intenso y límpido que las nubes apenas asomaban. El sol impactaba con su brillo y su calidez. Una especie de playa de piedra rodeaba los bordes de la laguna, y los caminantes que habían alcanzado la meta estaban dispersos por los alrededores disfrutando de ese premio al esfuerzo realizado para alcanzar el paisaje. También yo busqué mi lugar en la orilla. Permanecí un buen rato observando el panorama, regalándome ese instante mágico. 
Después observé que un aguilucho sobrevolaba muy cerca de las personas y llamaba la atención. Andaba en busca de comida. Es lo malo de los animales silvestres que se acostumbran a la presencia humana y ya no siguen las costumbres que deberían si no que adoptan malos hábitos.
El fuego nos iluminaba con mucha ahínco, más de lo que era recomendable que la piel se obligara a soportar. Observé a mi alrededor que muchos de los que estaban descansando en la orilla estaban rojos como un tomate. La falta de protección solar adecuada estaba teniendo consecuencias en los rostros y cuerpos de los visitantes. Decidí que era tiempo de volver. Antes de marcharme, recogí unos sándwiches que habían dejado abandonados en la orilla, y también unas cáscaras de naranja que habían dejado en una bolsa al costado del camino. Guardé todo, y lo llevé nuevamente hasta el pueblo. Recordé las indicaciones que nos habían dado en Parques Nacionales y también la leyenda de los letreros, y me lamenté que no todos pudieran hacerle caso y comprometerse a cuidar el ambiente.

El regreso lo hice también a buen ritmo. Me detuve un buen rato en el camino a observar un pájaro carpintero que con dedicación se daba a la tarea de picotear sobre el tronco de un árbol. Me maravillé un buen rato observando algo que es trivial pero que a mí me resultaba encantador.
Cuando el camino me depositó nuevamente en el pueblo, todavía había bastante luz. Regresé al hostel y fui directo a la ducha por un baño reparador. Había cumplido el primer circuito, uno de los más tradicionales, y de los más largos. Estaba cansada, pero me fui a dormir feliz de haber concretado el logro del día. La Laguna Torre ya tenía un tilde en mi checklist!












domingo, 3 de enero de 2016

[#DIARIODEVIAJE] El Viaje Esperado - Capítulo 2: Torres del Paine

Me había costado tanto llegar hasta El Calafate, que una vez allí, quería hacer todo. El típico pensamiento de "¿cuándo voy a volver?" Sumado al "si no es ahora, ¿cuándo?" eran una bomba explosiva que hacían detonar mis pensamientos.

Había muchas excursiones para realizar. Algunas eran realmente interesantes, pero todo sumaba a un presupuesto que era limitado. Muy limitado. No había opciones de transporte público en los que hacer los tours por cuenta propia y tampoco se veía muy accesible la posibilidad de hacer dedo. Para todo había que contratar los servicios guiados con traslado cuyos precios eran verdaderamente elevados.

El Parque Nacional Torres del Paine, del sur de Chile, era otro lugar que anhelaba conocer durante ese viaje esperado para encontrarme con los hielos patagónicos. La distancia entre El Calafate y el parque chileno amerita la permanencia en la reserva durante algunos días para recorrer el lugar más tranquilamente. Pero no tenía esa disponibilidad, ni de tiempo ni de recursos, ni de equipamiento. Así que contraté la excursión que te lleva por el día y te da un pantallazo general y rápido del Parque. Había averiguado en varias agencias y el costo era bastante alto, pero contraté una agencia desde Buenos Aires que ofrecía exactamente lo mismo que el resto de las agencias, sólo que a prácticamente la mitad del precio. Desconfié, pero la contraté igual. Después comprobé que efectivamente era el mismo servicio que ofrecían otras empresas, a lo sumo había otras que se diferenciaban por el tipo de vehículo utilizado, unos que serían como una versión moderna de los camiones de la Segunda Guerra.

El horario estipulado para que pasen a buscarme era a partir de las 5:30. Eso implicaba levantarme muy temprano. Como siempre sucede, "a partir de..." no quiere decir que sea exactamente en ese horario. Por lo cual me levanté temprano, desayuné rápido un té con unas galletitas (suerte que la cocina del hostel estaba disponible en cualquier horario) y me dispuse a esperar que pasaran por mí. Lo hicieron una hora más tarde del "a partir de". Me acomodé en uno de los asientos y me dispuse a dormir un rato más. Sabía que me esperaba un paisaje de estepa, solitario, monótono, infinito. Quería dormir por lo menos hasta la frontera, pero me desperté un rato antes. Efectivamente el paisaje era como suponía.

Cerca del límite comenzaron a distribuirnos los papeles de migraciones. En la Oficina de Turismo de El Calafate me habían anticipado que hasta la frontera el paisaje era similar y que una vez que llegara a ese punto, me iba a dar cuenta del cambio. La vegetación ocre le dio paso a una más verdosa pero que seguía siendo achaparrada y que al parecer era el alimento ideal para las ovejas que poblaban las laderas de los cerros. Hubo un cambio, pero no lo noté tan significativo hasta recorrer algunas secciones del Parque. 
El puesto de frontera era una construcción en medio de la nada, una bandera y el viento. Descendimos del micro con un viento atroz. Soplaba con una fiereza increíble. Hacía frío, pero más que eso, nos empujaba. Una vez que obtuvimos el sello correspondiente había que hacer el trámite de ingreso en Chile. 

La entrada al Parque Nacional Torres del Paine tiene un valor de 18 mil pesos chilenos. Nos dijeron que teníamos que cambiar el dinero en una cafetería que está junto al puesto fronterizo porque en el Parque sólo aceptan pesos chilenos. Mediante correo electrónico había consultado con el personal del Parque acerca de la forma de pago y los costos y me dijeron que aceptaban chilenos, dólares y euros. No quería cambiar dinero, prefería pagar en dólares Sin embargo, el guía me dijo que si quería pagar con dólares tenía que pagar justo y que los billetes tenían que estar en buen estado. No tenía el cambio justo, y ante la duda que no me aceptaran el pago, tuve que cambiar. Claramente el cambio que ofrecían no era nada favorable. El valor del ingreso al Parque ascendía a 500 pesos argentinos o 28 dólares. Según lo que había averiguado antes de viajar, al cambio vigente, el costo original debía ser de 400 pesos argentinos o 22 dólares.

En la frontera se sumó el guía chileno que nos iba a conducir en la recorrida por el Parque. Fue entonces cuando comenzó el tour propiamente dicho. Fue el guía el que juntó el dinero del ingreso para todos los que íbamos por el día, y sólo dejó que lo acompañaran quienes se quedaban en el Parque. Al regresar al bus, no nos dio el ticket que acreditara nuestro ingreso, y debí pedírselo más tarde. Ese detalle no me pareció menor, pues nadie lo solicitó, y lo correcto sería que todos tuviéramos la constancia del pago de nuestro acceso. Cuando se lo solicité me indicó que me lo daría luego, y lo hizo después de solicitárselo a otra persona. Pero me lo dio a mí, no a cada uno de los pasajeros.
El guía nos dio información del lugar acerca del clima, la vegetación, el relieve, la forma de vida. También habló algo de política. El día estaba muy ventoso y nublado, un mal presagio para las expectativas.

La primera parada fue en el Lago Sarmiento. Descendimos del micro y el viento nos marcaba su territorio. El camino de ripio apenas se veía interrumpido por la presencia de algún otro vehículo. Desde el costado del camino observamos las montañas y el lago. El agua se veía de un azul intenso, muy intenso. Sobre la orilla, los bordes blancos dan cuenta de la presencia de carbonato de calcio, según la explicación del guía. Desde allí normalmente debería obtenerse una excelente visión de las Torres, pero la nubosidad no lo permitió. Al cabo de unos minutos, retomamos el viaje.
Más adelante, la segunda parada era otra vista magnífica desde donde, nuevamente, nos quedamos con las ganas de ver los cuernos. Se observaban algunos glaciares, espejos de agua, vegetación, y las nubes que nos negaban parte del paisaje. El viento era incontrolable. Soplaba todo el tiempo con una fuerza que no encontraba resistencia y doblegaba toda voluntad. Todo eso incluso, no le restaba belleza a las panorámicas.
El bus retomó el sendero y siguió desplazándose por el paisaje. Desde la ventanilla, se sucedían lagunas, flamencos en sus orillas, montañas, vegetación achaparrada, castigada por el viento. También se veían guanacos. Algunos muy cerca del camino, otros en los cerros. Nos miraban pasar pacientemente o salían corriendo con solo escuchar el ruido del vehículo.

La siguiente parada fue para hacer una caminata. El trekking se desarrolló a través de un sendero hasta llegar a la orilla del lago Nordenskjöld. El viento era sin dudas el gran protagonista. El guía nos anticipó que tuviéramos cuidado y mucho respeto ya que las ráfagas podían ser muy intensas. Y lo eran. Lentes eran imprescindibles para cubrir la vista de la arenilla, pero tenían que ser lentes que no fueran susceptibles a los embates del viento. Según el guía, con frecuencia los lentes se vuelan. La intensidad del viento daría crédito a sus palabras. 
Al llegar a la orilla del lago, permanecimos un rato observando el paisaje. Después regresamos y completamos el sendero hasta el Salto Grande. Un rápido que arrastraba un caudal con mucha fuerza.

Un arco iris se dibujaba en el mismo punto donde el agua se desplomaba en una caída de 10 metros de altura. El paisaje era hermoso. El ruido de las aguas era intenso. Costaba acercarse al borde por la fuerza del viento, era bastante peligroso porque en verdad soplaba muy fuerte. Nos fuimos hacia el mirador que se presentaba como más seguro para observar la caída de agua aunque el viento no disminuía en su intensidad. Mientras estaba allí, una pareja me pidió que le tomara una foto con su Iphone. Intentaba encuadrar la foto pero el viento no me lo permitía. Si llegaba a encuadrarla, se movía al querer pulsar sobre el ícono de la cámara. Cuando finalmente pude encuadrarla y estaba a punto de retratar el momento, una ráfaga me lo arrancó de la mano y lo mandó a volar justo al borde del precipicio. Nos miramos asombrados. Miramos el Iphone apenas detenido en su vuelo por una planta espinosa de dimensiones reducidas. Lo veía temblar al ritmo del viento, veía la cara de los dueños del dispositivo y me veía a mi misma en esa situación increíble. Claramente no tenía opción de reponer el dispositivo si caía al agua así que me avalancé sobre él con cuidado, o mejor dicho, rogando, que el viento no me impulsara a mi también hacia el fondo del abismo. Milagrosamente salimos ilesos. El Iphone nos dio un gran susto, pero no sufrió lesiones. Nos retiramos del lugar todavía atónitos con lo que había sucedido. 
Subimos al micro, rumbo al Lago Pehoé. Una hosterìa ubicada en un islote a la que se llega a través de un puente, fue el lugar elegido para tomar un recreo. Nos habían dado una vianda consistente en un sandwich de jamón y queso, unas mini galletitas saladas tipo Rex, una barrita de cereal y una botella de agua mineral. Como sabían que para algunos esa ración no era suficiente, la parada se hacía en la hostería para que quien quisiera pudiera almorzar allí. En el islote hay un mirador o también se podía aprovechar la hora de tiempo para recorrer los alrededores. El viento era muy intenso para tratar de permanecer en el mirador, peligro de terminar en el agua. En los alrededores no había un sitio específico para visitar, sin embargo, se podía caminar un trecho para seguir inspeccionando el camino. Fue en lo que decidí invertir el tiempo.

El sol aparecía de a ratos, pero la mayoría de las veces permanecía oculto detrás de las nubes. El azul de las aguas era profundo. Las montañas se veían recortadas casi de un modo geométrico. El guía había explicado que en el Parque hay unos 200 kilómetros de senderos, suficiente excusa para permanecer varios días en el lugar. Afortunados los que pueden vivirlo con intensidad, caminarlo, transitar sus senderos, sorprenderse con sus bellezas naturales. En lo personal fue un lindo paseo, aunque no había logrado obtener el premio mayor que era la postal típica del Parque Nacional. Pensé que quizá sería lindo volver, aunque habiendo visto algo, preferiría conocer otros sitios del sur de Chile. 
El resto de la excursión implicaba una pasada por el Mirador de los Cuernos, que el guía decidió seguir de largo debido a la nubosidad, y la última parada, el mirador del Glaciar Grey, que tampoco podía apreciarse. Desde el comienzo del viaje, el chofer había musicalizado todo el recorrido. En más de una ocasión había escuchado el tema de Arjona que dice "las nubes grises también forman parte del paisaje". Si bien el cantante no está entre mis preferencias, lo cierto es que aquella musicalización parecía haber sido a propósito. Después, iniciamos el regreso.

Volvimos al puesto fronterizo para realizar otra vez el cruce. Nos dieron unos minutos más en la cafetería, antes de la salida de Chile. Allí el guía dio por finalizado sus servicios. Al rato estábamos nuevamente en la aislada construcción del paso fronterizo Río Don Guillermo para hacer el ingreso a la Argentina. Nos esperaba un largo trecho hasta El Calafate. Nuevamente la estepa nos esperaba durante largos kilómetros para saludar nuestro paso. 
Estuvimos de regreso alrededor de las 21. Fue una jornada de mucho viaje, con muchos kilómetros recorridos. El objetivo del día que consistía en obtener la postal típica de las Torres del Paine no se cumplió. Uno propone y la naturaleza dispone. No obstante, el mayor logro fue haber obtenido una visión de primera mano de cómo era el Parque, haber podido realizar el viaje, y haber descubierto lindos paisajes. Ah, haber evitado el suicidio del Iphone, también cuenta.