sábado, 19 de diciembre de 2015

[#INFOTURISMO] Punta Ballena, el refugio del escultor

Como si el lugar no fuera lo suficientemente mágico, asombroso y especial, como para agregarle un plus que llame aún más la atención. Acaso los delirios de un artista que busca exaltar la belleza y llevarla a su máxima expresión. Complejidad que se vuelve irresistible. Un faro que actúa como un imán. Un punto panorámico que es un regalo que se abre con todos los sentidos.
Casapueblo es un ícono en Punta del Este. Cualquiera que visite la península, no puede obviar la escapada hasta Punta Ballena, distante a sólo 13 kilómetros del centro de la glamorosa ciudad balnearia, el lugar que Carlos Paéz Vilaró eligió para construir su refugio. Una construcción caprichosa que abandona las líneas rectas y desafía a romper con los esquemas. Una especie de horno de barro que también fue la cocina de exquisitas piezas.
Ese rincón donde las aguas se agitan contra la costa, donde el viento se pasea con soltura, donde el sol ofrece postales únicas con cada atardecer, es el que el artista y escultor uruguayo seleccionó para soltar su imaginación con absoluta libertad. Es como un santuario donde cada pieza está bendecida por una gracia divina.
Escultura habitable es la denominación que el propio Vilaró le dio a su casa taller. Es una construcción blanca, muy blanca, tanto como la espuma que el mar arrastra hasta la costa. Fue su casa, su taller, y en la actualidad un museo de atiborrado de sus obras: pinturas, esculturas, libros, fotos, películas, artículos periodísticos.
Viajero incansable, Carlos Paéz Vilaró fue un artista rioplatense completo, complejo, inagotable. Dueño de un espíritu inquieto, se internó en las comparsas de los barrios Sur y Palermo de Montevideo, en los conventillos se involucró con la comunidad afrouruguaya y fue parte en los desfiles de llamadas, de las que participó incluso poco antes de morir, a la edad de 90 años, en febrero de 2014. La cultura afro lo cautivó de tal manera que atrapó su interés, su curiosidad, y también se coló en su obra. El carnaval, el candombe, los rituales, todo fue parte de sus expresiones artísticas. La inquietud lo llevó a seguir las huellas afro en América, y a internarse en el continente negro.
Con la misma intensidad con la que se entregó a la irresistible tentación de crear, se dejó llevar por distintos caminos alrededor del mundo y es la misma ferocidad con la que manifestó su fuerza interior cuando se entregó a la denodada tarea de rescatar a su hijo que había sido parte de la llamada "tragedia de los Andes" cuando las noticias difundieron que el avión que transportaba al equipo de rugby uruguayo se había estrellado en la Cordillera. Paéz Vilaró materializó el relato de esa odisea en el libro Entre mi hijo y yo, la Luna.  
Sus viajes han alimentado su obra y como en todo juego de idas y vueltas, de retroalimentación, cada viaje se ha nutrido de sus obras. Sus creaciones se encuentran dispersas en diferentes lugares del mundo. Como hitos, mojones que señalan su paso, pueden encontrarse algunas de sus expresiones en Haití, Panamá, Argentina, Brasil, Chile, Estados Unidos, y también en África y la Polinesia. Es que el artista ha sido generoso con su inspiración. Las dejó fluir y les dio una doble vida. La primera fue al dejarlas nacer, la segunda al darles libertad, soltarlas, entregarlas como un bien de cambio que le permitieron sobrevivir primero, viajar y crecer, después.
En Europa se dejó deslumbrar por su ambiente cultural, los artistas que conoció y los museos. Fue un motor muy potente que impulsó su obra. Se codeó con Picasso, Dalí y De Chirico entre otros renombrados artistas. No fue ajeno a la música, al cine. Se paseó por toda manifestación artística que pudo.
No hubo materiales que se le resistieran. Nunca dejó de experimentar, de romper límites, de atravesar fronteras. Viajó a través de países pero también realizó un viaje interior que durante toda su vida lo llevó a explorar sus emociones más profundas, sus sensaciones, sus inquietudes. Pudo recorrer el mundo pero también dejar fluir su mundo interior, y crear y recrear uno nuevo con toda la impronta de aquellas cosas que lo impactaron. Su producción es una invitación a internarse en ese mundo, a liberar las pasiones, a comprender su genio creativo. No hace falta saber de arte para conocer y apreciar sus creaciones, lo único que se necesita es sensibilidad para empatizar con ese torbellino genial que es su legado precioso y prolífico.
La ceremonia del sol es un clásico. La terraza se convierte en un palco especial para observar una puesta en escena natural sonorizada por la voz del artista que le recita al rey sol. Mientras el crepúsculo tiñe con sus colores el cielo y el mar, el sonido de las gaviotas, del viento y el vaivén de las olas, convierten el momento en un instante absolutamente mágico.
Ese templo resplandeciente que brilla en Punta Ballena celebra el ritual cotidiano de abrir sus puertas a diario para dejar que su patrimonio se resignifique frente a los sentidos de los casi 60 mil turistas que cada año visitan Casapueblo. Una buena excusa para disfrutar de un bello paisaje y conocer la vida y obra de Carlos Paéz Vilaró, un artista que no sólo vivió una vida intensa si no que dejó en sus obras un testimonio único que hoy tiene al mar como custodio.















domingo, 13 de diciembre de 2015

[#INFOTURISMO] Villa Traful para disfrutar a full

Si hay lugares que pueden incluirse en el listado de los destinos que parecen de fantasía, sin lugar a dudas, Villa Traful es uno.
Es una localidad pequeña de la provincia de Neuquén, en la Patagonia argentina. Se descubre como un oasis inesperado al final del camino de ripio. Hay lago, bosques, montañas, un cielo increíble y una tranquilidad soñada. De alguna manera, al llegar a ese espacio maravilloso, es casi imposible no fantasear con la idea de ver circulando por allí a los enanitos, Blancanieves y el príncipe, ya que realmente es un destino encantador.
El lago homónimo es el gran anfitrión. Con sus aguas de azul intenso es el protagonista central en una escenografía de ensueño. En sus profundidades la vista se pierde en un zafiro invaluable. Pero así como se pierde la vista y los pensamientos ante el deslumbrante destello del tranquilo reposar de las aguas. Así se descubre también un bosque sumergido que tiene una preferencia estelar entre las opciones a visitar donde árboles de varios metros de altura se dejan cubrir por las aguas. Pequeños tesoros que nadie puede dejar de admirar.
Un paraíso conduce a otros paraísos. Esa podría ser una máxima para el sur de la Argentina. Es que Bariloche, San Martín de los Andes o Villa La Angostura, están muy cerca de este destino mágico y tienen conexión directa a las vías de acceso. Las rutas tienen tramos de ripio, que suelen estar en buenas condiciones pero que requieren cuidado especialmente durante las épocas de nevada. Si no se tiene vehículo, desde la terminal de Bariloche parten micros que cubren la distancia de 100 kilómetros para trasladar a los viajantes hacia esa postal increíble.
Las casas están diseminadas de un modo que parecen puestas casi por casualidad. Son cabañas en madera y piedra, con jardines floridos y cuidados. Todo suena a fantasía. En el centro cívico, la capilla es modesta, suficiente para un momento de reflexión y agradecer estar en armonía con el universo. Un microcosmos perfecto que desata todas las ilusiones.

La caminata por la orilla del lago conduce hasta un muelle que es un clásico en las postales de Villa Traful. También hay algunos miradores, pero lo cierto es que cualquier punto es un punto panorámico. Se destaca, sin embargo, el Mirador del Traful, ubicado a 5 kms del acceso a la Villa.
Algunos senderos ascienden por los cerros y conducen a descubrir los hilos de agua que se desprenden desde las montañas. Las Cascadas CoaCó y Arroyo Blanco son imperdibles. La caminata por los Cerros Negro y Monje permite obtener una panorámica de los volcanes Lanín y Osorno. Otros senderos para realizar llevan a las Lagunas Mellizas. la Cascada del Ñivinco, Los recorridos son ideales para los amantes del trekking y también para realizar en cabalgata. Y si de deportes de aventura se trata, también es un espacio fantástico para la práctica del cicloturismo, la pesca deportiva, el buceo, windsurf y el parapente.Los servicios turísticos permiten contar con alojamiento de distintas categorías, desde campings hasta hosterías y cabañas. También hay restaurantes, proveedurías y venta de artículos regionales.
Elegir Villa Traful para pasar unas vacaciones es optar por el descanso, la tranquilidad y la conexión con la naturaleza. Es zambullirse en una burbuja y dejarse tentar por la fantasía. Es sentirse un ser privilegiado, pequeño frente a un universo tan enormemente bello.
A escasos kilómetros de la Ruta Nacional 40, esta pequeña población es magia, fantasía e ilusión. Para soñar despierto, y descubrir que el mundo ideal sí existe.



















sábado, 12 de diciembre de 2015

[#REFLEXION] Cosas de pueblo chico

Ella respondió a la seña de dedo que le hice al costado de la ruta. Amablemente paró, corrió algunas cosas que llevaba en el asiento y me hizo lugar. Se la veía cansada, pero aún así parecía no dudar al momento de frenar su auto.
No dudó de eso, como tampoco dudó en su confianza. Así como frenó para subir a esta desconocida a su vehículo, también me confió parte de su historia. Me habló de su vida, de su rutina cotidiana. Para mí era asombroso que pudiera compartir todos los días de su existencia en un escenario tan bonito. Pero cuando tocó temas más profundos, pude entender que la belleza del destino también tiene un lado B.
Me habló de lo difícil que le había resultado este año. Se separó de su marido, el mismo con el que se había casado apenas tres años atrás, luego de cuatro años de noviazgo. Me dijo un poco resignada y un poco dolorida, "duramos casados menos que de novios". Vi su tristeza. Inmediatamente agregó que no habían pasado dos meses, y su flamante ex marido ya estaba saliendo con otra mujer, también vecina del lugar. Entonces vi que además de tener el corazón roto, también había un componente de vergüenza social que la hacía sentir aún más triste.
Era la comidilla de los vecinos. Todos hacían comentarios. "Es muy difícil -agregó-. Acá todos terminan saliendo con ex de ex". Hasta pareció una imagen graciosa, y nos reímos un poco de eso. Pero fuera de todo chiste, comprendí que verdaderamente era muy difícil superar el desamor, sobre todo cuando te cruzás con tu ex todo el tiempo y convivís con tu ex y su pareja a la vuelta de cada esquina. Y no sólo eso, si no que también las posibilidades de terminar formando pareja con la ex pareja de un vecino, conocido o amistad son muy amplias.
Me dijo, "aquello de pueblo chico, infierno grande, es así". Imaginé el Gran Hermano observándote todo el tiempo, y pensé en una rutina complicada. Tiempo después, en otro pueblo chico, una joven me confirmaba la experiencia anterior. Aseguró que el tema de los ex era todo un tema. "Acá no podés decir, bueno, no quiero verte nunca más en la vida, porque te lo cruzás en todos lados". Además, hay ojos observándote todo el tiempo.
"Si vas a un boliche y tomaste un poquito de más, seguro alguien al otro día te lo va a recordar. Todos saben dónde estuviste, con quién estuviste, qué hacés, qué dejás de hacer. Es inevitable".
Eso me hizo pensar mucho sobre la vida en los pequeños pueblos. Tienen sus aspectos idílicos, pero también pueden ser un infierno. Nada que ver con el anonimato de las ciudades y su ritmo vertiginoso. ¿Punto para las ciudades?
En otra ocasión, durante un largo viaje en micro, me hablaban de las diferencias entre una mega ciudad y otra más pequeña. Lo primero que surge, es la cuestión de los valores. Y es cierto, en pequeños pueblos o ciudades el valor de la palabra cobra una relevancia que no se encuentra con facilidad en las urbes. Entre otras sorpresas se encontraban, que en las grandes ciudades la gente no es tan amable, anda siempre apurada, no se detiene a reparar en el otro. "Nosotros tenemos otro rimo. Trabajamos con horario cortado con lo cual dormimos una siesta, almorzamos más tranquilos. Si alguien necesita ayuda, estamos dispuestos a explicar. Nos conocemos todos, y si hay alguien a quien no identificamos, con más razón tratamos de ayudarlos".
Me había tocado estar en los dos extremos que me mencionaba. En el ritmo vertiginoso, en el cuidado si te preguntan algo porque te pueden querer robar, y también en algunos pequeños pueblos solicitando la ayuda de los lugareños. Conocía acerca de lo que me hablaban. Me contaron de lo sorprendente de las personas durmiendo en el transporte público, en la calle, o mendigando en condiciones extremas, lo llamativo de tener que abrir la billetera casi a escondidas, no poder utilizar libremente el celular o que las personas llevaran sus mochilas o carteras hacia adelante. "No estamos habituados a eso", me dijeron. Y pude visualizar ese panorama tan común en las ciudades que ya nadie ve o quiere ver.
Todos se conocen, todos se ayudan. Nadie se conoce, todos actúan con indiferencia. Dos caras opuestas de una misma situación según se trate de un pueblo chico o una ciudad grande. Todos están al pendiente de lo que hacés en cualquier caso. Aunque en las ciudades parezca que nadie observa, siempre hay ojos que todo lo ven, sobre todo con una mirada prejuiciosa.
Son ritmos de vida distintos. La dinámica pueblerina tiene un andar más lento, la de las ciudades. más vertiginoso. Pero a esas pequeñas poblaciones uno va en busca de un poco de esa tranquilidad, de ese estilo modalidad slow tan diferente al propio. Sucede, también es cierto, que cuando luego de una temporada en las grandes ciudades, el visitante oriundo de un pueblo o ciudadela  termina por contagiar ese acelere que sólo desaparece cuando se vuelve a las fuentes. Es que según otro refrán, uno se acostumbra a todo. En las grandes ciudades la palabra, el respeto, la solidaridad, la confianza, la generosidad, la amabilidad, parecen joyas cada vez más en desuso. En los pueblos pequeños son grandes valores que están en vigencia y que está muy bien conservar. La contrapartida es el lado B... con B de bueno, ¡nada es perfecto!

miércoles, 2 de diciembre de 2015

[#DIARIODEVIAJE] Carhué - Lago Epecuén, y más allá la inundación

Alguna vez había visto la película El viaje, un filme del director Fernando Pino Solanas, del año 1992. En ese momento me habían impactado las escenas de la inundación y los ataúdes flotando a la deriva. Fue lo único que recordé durante algún tiempo. Sabía que esas escenas se habían registrado en Epecuén, y sabía también que se trataba de una zona que había sido afectada por una gran inundación y que el agua había quedado estancada obligando a los habitantes a desplazarse hacia otros sitios.
Tiempo después conocí a una compañera de trabajo que era oriunda de Guaminí, una población cercana a la zona inundada y en alguna ocasión me había comentado acerca de la tragedia que significó para la zona ese desborde de las aguas y su posterior estancamiento. También había visto algunas notas en la televisión y más de un artículo periodístico en los medios gráficos. Hasta ahí el conocimiento general que tenía de una zona que quedaba perdida en algún lugar de la provincia de Buenos Aires. Con todo ese conjunto de piezas desarticuladas empecé a anhelar conocer Carhué y el Lago Epecuén.
Al principio quise viajar sola. Averigüé, pero los costos en base single eran muy elevados. La cantidad de horas de viaje hasta un recóndito lugar de la provincia requería de un ánimo y coraje que no me animaba a enfrentar. Pasó mucho tiempo hasta que finalmente pude hacerme de un compañero de viaje que tenía casi el mismo interés que yo por conocer el lugar.
Sacamos los pasajes y buscamos un alojamiento económico. Los hoteles que tenían correo electrónico y página web tenían tarifas muy elevadas. No habíamos encontrado información de hostels y si bien había camping, no estaba en nuestros planes porque no teníamos el equipamiento necesario. Conseguimos un hotel residencial por una tarifa aceptable. El micro salía por la noche, y tras 8 horas de viaje, estábamos bajando en la terminal de ómnibus que funciona en la vieja estación del tren. Llegamos a Carhué muy temprano. Empezamos a caminar sin un rumbo claro ya que no teníamos muchas referencias y la primera sensación fue la de haber llegado a un páramo deslucido e inhóspito. Nos miramos y casi inmediatamente agregamos "Carhué... Car-hué... ¿qué hacemos en Car-hué?" Cada vez que mencionaba la intención de viajar a Carhué, me preguntaban qué era eso, donde quedaba, qué había. Cuando mencionaba la inundación y las ruinas de un pueblo, la respuesta siempre era la misma. Un irónico "Ah, mirá qué interesante", o un resignado "Bueno, si a vos te gusta..." Era increíble estar en ese lugar, haber hecho tantas horas de viaje para llegar a un sitio poco conocido y sin demasiado atractivo. Y en el fondo, era un preguntarse, ¿valía la pena la inversión de tiempo y dinero en un destino como este?
El check in en el hotel era a partir de las 10 de la mañana, pero ya por teléfono la dueña me había adelantado que si llegaba antes, podía ir antes al hotel. Había unas quince cuadras entre la terminal y el hotel, quizá menos, pero dimos algún rodeo. Pasamos por la Oficina de Turismo aprovechando que el alojamiento quedaba a la vuelta. Nos asesoraron sobre las actividades que podíamos realizar y nos informaron que podíamos alquilar bicicletas a un precio que nos pareció muy conveniente. Después de eso, nos dirigimos al hotel.
Nos recibió la dueña. Estaba sentada detrás de un escritorio de madera lleno de papeles y un libro de registro. Nada de computadoras. Era un hotel pequeño, no tenía muchas habitaciones. Nos registró, nos dio algunas indicaciones y nos invitó a pasar a la habitación. Por las fotos que había encontrado en internet, sabía que tenía una decoración bastante kitsch. Pero la realidad fue todavía más impactante.
Hasta el mes de marzo, y desde hacía 35 años, el albergue había funcionado como hotel termal. Pero los costos de mantenimiento y del agua termal eran excesivos y decidieron suprimir ese servicio. La dueña se llama Olga, pero entre nosotros decidimos llamarla Mirtha porque nos remitía a la diva de los almuerzos. Tenía ojos claros, cabello claro, corto, y peinado con un jopo que parecía modelado a fuerza de spray. Llevaba vestimenta elegante, o no tanto, pero sus modos delicados transmitían eleganccia. Era viuda. Su marido había fallecido hacía unos pocos años y ella seguía encargándose del hotel, a veces con ayuda de sus hijos, que no tenían demasiado interés en el negocio. Para ella, en cambio, no se trataba sólo de un trabajo, era una forma de mantener un proyecto que habían llevado adelante con su esposo, una forma de mantenerse ocupada y activa y de interactuar con gente proveniente de diferentes lugares.
Luego de la recepción, se pasaba por una sala que tenía sillones, un hogar que permanecía encendido todo el tiempo, muebles que acusaban varios años, adornos de cerámica y porcelana y plantas artificiales por todos lados. Quizás el único vestigio de modernidad era el plasma que lideraba la sala. Un pasillo, que también estaba decorado con figuras de cerámica, algunas incluso no ocultaban haber sido víctimas de alguna rotura y exhibían sus heridas no disimuladas por el pegamento, conducía a otra sala con sillones de tapizado en tela trabajada, mesas ratonas, aparadores, flores de plástico, plantas artificiales, botellas de bebidas alcohólicas, vasos de cristal, más adornos, muchos, de cerámica, de mimbre, con flores, fotos, posters. Frente a esa sala, se encontraba la habitación que nos habían asignado.
El recinto era bastante anticuado. Acolchado de raso, espejo al estilo Blancanieves, florero con flores artificiales, un ropero con varios compartimentos y con claros indicios de humedad, mesitas de luz con veladores rústicos, una tele de 20 pulgadas a tubo que se ubicaba sobre una mesa redonda en un rincón de la habitación. Claramente no había WiFi y tampoco suficientes enchufes. Lo que sí había era un baño pequeño, muy pequeño, paredes que se descascaraban a causa de la humedad y hasta hormigas salidas de grietas que se abrían entre el zócalo y la pared a ambos lados de la puerta. No nos molestamos en quejarnos por su presencia, era evidente que le habían puesto veneno por lo cual, tanto la dueña como las encargadas de la limpieza sabían de su existencia. Las toallas y toallones eran extra delgadas y claros signos de desgaste.
Era lo mejor que habíamos conseguido por un precio bastante accesible. Además incluía desayuno, una infusión con medialunas y jugo servidos en un desayunador que daba a la calle y que conservaba la misma estética kitsch del resto de la casa. Por las mañanas, Olga, o Mirtha, para nosotros, aparecía en el salón para supervisar y vigilar que todo estuviera en orden. Era una aparición breve, e inmediatamente se retiraba a ocupar su puesto en la recepción. A veces, antes de irnos, hablábamos con ella unos minutos. Nos preguntaba cómo nos había ido, o qué pensábamos hacer, nos daba sus recomendaciones y nos contaba algunas anécdotas. Cuando nos contaba la historia del hotel y recordaba a su marido, la mirada quedaba como perdida en algún rincón del tiempo. Después, como si volviera a la realidad, nos dejaba en libertad de acción.
El primer día fuimos a recorrer la plaza, tomamos algunas fotos, y nos dejamos tentar por un cartel que había en la vidriera de la Panadería La Francesa. "Hoy chipá", rezaba. Suficiente. Entramos, compramos un cuarto. Fuimos a desayunar al ACA (Automóvil Club Argentino), y más tarde volvimos por más de esos pancitos de queso para tenerlos como provisiones. Estaban exquisitos y muy económicos. Después, nos dirigimos hacia la Oficina de Turismo, alquilamos dos bicicletas y nos encaminamos a concretar nuestro plan de visitar: el Lago Epecuén, la Villa, y el Centro de Interpretación.
Subimos por la Avenida principal y a poco de andar, llegamos al Lago. Nos asombró el paisaje. Tomamos fotografías, cada uno las suyas, sin intercambiar demasiadas palabras. Es que el lugar nos había dejado inicialmente sin habla. A medida que nos acercábamos al lago y observábamos a su alrededor una mezcla de sensaciones se agitaba en nuestro interior. Fue como descubrir una belleza exótica, inigualable, en medio de tanta desolación y tristeza. Una máxima que parecía susurrar que  lo bello puede ser aún más bello, inclusive en medio de la tempestad.
Un lago de aguas saladas, una arenilla salitrosa húmeda por momentos, movediza, poco firme. Árboles desnudos que permanecen de pie exhibiendo la tez blanca que recubre su fisonomía, mudos testimonios de una tragedia a voces. Un Cristo que da la bienvenida a una escenografía confusa, tétrica, espeluznante y bella a la vez. Un silencio sepulcral que antecede al sendero que lleva precisamente hacia el último descanso de algunos cuerpos abandonados por su alma. El camposanto que exhibe sus ruinas, que son algo así como la desgracia después de la desgracia. Al trágico destino de la muerte se sucede luego la devastación que deja al descubierto la fragilidad material que recubre los cuerpos, los símbolos de fe, las creencias. Todo está resquebrajado, arruinado, roto. Como un emblema de la desidia, del abandono, del olvido. Y al mismo tiempo la persistencia de un espacio que obliga a recordar. Que atrae en un doble juego de luces y sombras. Una paz inquietante, un nerviosismo que relaja. Incomodidad. Fotografiar o no fotografiar. Fotografiar.
Retomamos la senda con nuestras bicicletas. A lo lejos descubrimos unos flamencos que estaban cercanos a la costa y quisimos ir a su encuentro. Nos acercamos todo lo que pudimos en bicicleta, luego las abandonamos por un rato procurando avanzar a pie. Las zapatillas se hundían un poco sobre ese suelo incierto. Daba un poco de temor. Había leído un cartel que indicaba que había que evitar desplazarse por zonas donde el suelo se mostrara frágil ya que no se podía garantizar su firmeza. Estábamos en pleno avance cuando las aves rosadas parecieron adivinar nuestra intención, y sin dudarlo tomaron vuelo y se escaparon hacia otro sector del lago.
Volvimos a la senda. Fuimos bordeando el lago pretendiendo captar con nuestras retinas todo lo que se descubría a nuestro alrededor. En su mayoría el camino era de ripio, aunque en algunos tramos íbamos a encontrar asfalto. El paisaje no dejaba de asombrarnos. Los árboles con su presencia dibujaban postales increíbles. Aquella era toda una demostración de que efectivamente los árboles mueren de pie.
Hicimos una parada obligatoria en El Matadero. El edificio, en ruinas, es obra del Arquitecto Salamone, el mismo autor del Cristo que se encuentra frente al lago, y del edificio municipal y que también fue el responsable de algunas construcciones monumentales similares en distintos puntos de la provincia de Buenos Aires. Es uno de los atractivos de la zona, y nosotros no podíamos dejar de ser parte de ese deambular turístico que busca de fotografías de ese lugar.
En el trayecto hacia la Villa Lago Epecuén, que está ubicada a unos 6 kilómetros de Carhué, pasamos por algunas playas. Seguimos de largo, y cuando ya estábamos en la puerta de acceso a las ruinas, decidimos seguir de largo, avanzar el kilómetro de distancia necesario para llegar al Centro de Interpretación y visitarlo en primer lugar. En el camino transitamos por una calle arbolada donde pudimos observar diversas aves y un verde intenso en los extensos campos que se desplegaban a ambos lados del camino. Al llegar a la antigua estación del tren de Lago Epecuén, donde funciona el Centro de Interpretación, nos entretuvimos tomando fotos del andén, el nomenclador y de un rebaño de ovejas que paseaba por el lugar.

Fotos, paneles con información, objetos rescatados de las ruinas, formaban parte de la colección. También había una sala donde se proyectaba un video. La Villa Lago Epecuén había sido fundada durante la segunda década del siglo XX. Fue un pueblo turístico que creció a orillas del lago, cuyas aguas -que dicen que tiene una salinidad similar a la del Mar Muerto- lo llenaron de dinamismo pero que también fueron las que lo sepultaron. Hoteles termales de gran categoría, salones, avenidas, lujo y confort fueron los argumentos para que miles de turistas se congregaran en forma masiva en esa pequeña localidad pampeana.
Era como un pequeño paraíso, una burbuja que estalló en 1985, cuando las fuertes crecidas provocaron una gran inundación y motivó que el pueblo entero quedara varios metros bajo agua. Sólo con el paso del tiempo, el cauce fue retrocediendo dejando al descubierto las ruinas de lo que fue una época de esplendor.
La zona volvió a convertirse en un centro de atracción para los turistas al convocar a los viajeros a visitar las huellas de aquel pasado. El pago de un bono contribución para acceder a la Villa, incluye la visita al Centro de Interpretación. Es mucha la gente que se acerca a conocer el lugar, la belleza de su paisaje, su historia asombrosa, y las propiedades de sus termas tanto en los hoteles como en la pileta del camping municipal.
La recorrida por Carhué, el Lago, y el trayecto hacia y dentro del Centro de Interpretación, nos llevó tanto tiempo que decidimos dejar la visita a la Villa para el día siguiente. Al otro día, volvimos a alquilar las bicicletas, y fuimos directamente a las ruinas. Fue como entrar en una zona de destrucción masiva. Como si se tratara de una guerra feroz, lo único que quedaba en pie eran ruinas. Escombros, desolación, tristeza, escalofrío, desazón, nostalgia, sorpresa, asombro. Una mezcla de sentimientos tan intensa que es casi imposible imaginar cómo toda una población crecida a orillas de las bondades del lago, pudieron haber desaparecido bajo las aguas durante tanto tiempo y sólo con el paso de los años dejar fluir las huellas de los destellos pretéritos.
Las mismas calles que llevaban los nombres de las principales arterias porteñas, que veían el transitar de sectores de alcurnia, ahora ven el trajinar atónito de las personas entre los montículos de edificios de antaño. La Avenida principal, las calles laterales, un recorrido simbólico que lo único que muestra es el derrumbe de una época.
Algunos letreros indicadores muestran fotos de antes, anuncian con alguna foto el valor histórico y las referencias. Salones, confiterías, hoteles, capilla, todo está señalizado. También está marcada con una referencia la casa donde se filmó la escena que tanto me había impactado del filme de Solanas. El paisaje es extraño, y hay algo como una belleza exótica que fluye por todos lados. Las dos caras de una misma moneda. Las imágenes de la película El Viaje vuelven a aparecer. Y casi podría percibirse como si de otro filme se tratara a la gente huyendo del lugar, lo doloroso de la situación, el desvanecimiento de los sueños, proyectos, ilusiones. Al mismo tiempo es imposible no reflexionar sobre las causas y los efectos, que así como subieron, las aguas volvieron a bajar, que aquello que antes era un lugar de turismo exclusivo, vuelve a reinventarse propiciando el movimiento de gentes a partir de los resabios de lo que fue y ya no será.
La Villa puede recorrerse en bicicleta, moto o a pie. Otros vehículos tienen que permanecer en el estacionamiento. Recorrimos las ruinas de punta a punta con nuestras bicicletas. Cada lugar tenía algo que llamaba la atención. Marcos de puertas y ventanas que permanecían esbeltos sobre los escombros, escaleras que no conducían a ningún lado, objetos que habían sido separados adrede. Un inodoro, botellas, una cocina. Algún que otro calzado. Restos de algún automóvil. Destrucción. Para donde se mire, la sensación era la de la destrucción. ¿Y esto lo hizo el agua? Sí, lo hizo el agua. Pero no sólo el agua, la desidia, la falta de previsión, también fueron parte.
Un pueblo fantasma que lejos de asustar, atrae. Moviliza. Genera contrastes. En las aguas del lago abundan patos, gaviotines y algún que otro flamenco. Mirtha nos había comentado que en la época de verano, cuando nacen los pichones, la población de flamencos rosados es infinita. Un espectáculo aparte. No estábamos en la época adecuada, pero sin embargo, era lindo verlos de tanto en tanto, aunque sea de lejos. Un zorrito gris asomó de entre unos escombros, cruzó la calle y fue a perderse entre los escombros de la vereda opuesta. Vida, en los escombros también hay vida. A pesar de que los árboles se muestran estáticos, funestos, inertes, sin indicios de vitalidad, más bien todo lo contrario, aún así hay vida.
Las crónicas en más de una ocasión hablaron de Pablo Novak, el único habitante de la Villa Lago Epecuén. Tenía todas las expectativas de hablar con él y escuchar sus historias. Sobre todo porque Mirtha ya nos había dicho que se trataba de un hombre al que no había que creerle demasiado. Muchos de los datos que daba, o las historias que contaba, no tenían correlato con la realidad. Nosotros no lo sabíamos, sólo teníamos el dato de que era el único habitante. Ella confirmó eso, dijo, "sí, no vive ahí donde están los escombros, si no que su casa está en un terreno lindero, pero efectivamente es la única persona que vive allí". No lo encontramos. O sí, lo encontramos pero no advertimos que era la persona que buscábamos.
El primer día. poco antes de pasar por la Villa, vimos un viejo rastrojero estacionado a pocos metros del camino. El vehículo antiguo, un señor mayor canoso, un perro blanco y negro echado a su lado, me parecieron una postal muy "nikoneable", como le llamo a todo lo que encuentro ideal para captar con la cámara Nikon. No la tomé porque implicaba acercarme a pedirle permiso para la fotografía, y ya hacerlo era romper con la espontaneidad de la imagen que se presentaba perfecta para retratar. Al día siguiente, también lo vimos al costado del camino, pero en otro sector, y en el punto opuesto de la ruta. Allí estaba nuevamente el rastrojero, el hombre, y el perro. Hubo una segunda oportunidad, y volvimos a dejarla pasar. Sólo después, cuando ya habíamos vuelto, nos enteramos que él era la persona que buscábamos. Nos quedamos sin la fotografía y sin las historias. "La peor foto es la que no se toma, la no-foto". Y esta fue una no foto, y una no historia.
Esa tarde, sobre las arenas de la playa ecosustentable había un festival de música. Habíamos pensado en asistir, pero la recorrida por la Villa nos cautivó. Volvimos al atardecer. En el camino, el lugar nos despidió con una postal de un lindo crepúsculo. Fue un corolario perfecto para un día y un lugar asombroso.
Por la noche, lo teníamos decidido, iríamos al cine. El cine del pueblo funciona frente a la plaza. Es el cine-teatro español. La sala, nos dijeron que tenía capacidad para mil personas. La película que se proyectaba era la última de Darín. La función estaba programada para las 22, y para obtener las localidades había que adquirirlas un rato antes. El precio, era irrisorio. Nos pareció hasta simpático. Pensamos que ir al cine del pueblo era una excelente opción, porque era como un ritual, la única opción disponible de filme, el único horario, las butacas sin numerar. No había mucho por decidir. Y el pochoclo servido en una bolsita de papel de tamaño justo, no muy grande, no tan pequeño, recién hecho, y a un módico precio de 12 pesos. Nada podía ser tan fantástico. Ya Mirtha nos había anticipado que en Carhué había mucha vida nocturna. De hecho, nos dijo que la vida era más noctámbula que diurna. Nos dijo que los locales bailables y pubs solían estar abiertos hasta muy tarde. Pero nosotros estábamos muy cansados para comprobarlo.
Al otro día, era el de la despedida. En general, para visitar Carhué, con dos o tres días es más que suficiente. Si no se tiene vehículo, es prácticamente imposible visitar las localidades próximas ya que los horarios de los micros son incompatibles con un buen descanso. En esa población, el gran atractivo es la Villa, el lago y las termas. Cumplida la primera parte, nos abocamos a volver a recorrer la plaza y los edificios principales (el museo, la casa de la última fortinera, el edificio municipal, la Casa de los Intendentes)  y la pileta termal del camping Levalle. Hay una chacra a 15 kilómetros donde se puede pasar un buen rato al aire libre, y otra donde se crían ciervos. No nos daban los tiempos, nos quedamos con las ganas, pero en términos generales, pudimos aprovechar lo suficiente la visita y nos quedamos más que satisfechos con la experiencia que vivimos.
Aquella primera sensación de "Car-hué, qué hacemos en Car-hué?", se había diluido cuando otra vez nos encontramos en la vieja estación del tren esperando al micro que nos devolvería nuevamente a la ciudad de la furia. Nos llevamos paisajes, historia, gente agradable y un cúmulo de sensaciones intensas. Cuando nos pregunten por Car-hué, sabemos que la respuesta va a ser mucho más amplia.