miércoles, 21 de enero de 2015

Del mar a las montañas con el Tren Patagónico

Cuando se apagaron las luces, fue inevitable acomodarse para dormir. Escuchar música mientras tanto y de a poco empezar a descubrir cómo se van encendiendo millones de estrellas en un cielo muy oscuro. Fue un lindo regalo. Luciérnagas suspendidas en un océano infinito de renegrida intensidad. 
Me desperté en Ingeniero Jacobacci. El paisaje a través de la ventanilla se veía frío. La meseta empezó a desplegarse con intensidad con sus tonalidades amarillentas y a lo lejos comenzó a mostrar algunas de sus elevaciones casi rectangulares. Los funcionarios del tren dijeron que íbamos con una hora de retraso, por eso no dejaron bajar a nadie. 
La dinámica del tren tiene un ritmo distinto al de otros medios de transporte. Los asientos se cambian de orientación según de qué lado está la locomotora. Los empleados del ferrocarril se mueven rápido y como nerviosos todo el tiempo. Me recuerdan a El Principito, en la parte en la que el hombre de negocios le decía que siempre que estaba muy ocupado. Un señor que tiene un chaleco flúo que dice "control" se mueve inquieto. Va de un lado a otro. Es como si se le hubiera perdido un pasajero, o algo así. Se sienta en uno de los asientos de adelante y a los pocos segundos se vuelve a levantar. Lleva en su mano una tableta con planillas en las que deja constancia de su control. El guarda tampoco se queda quieto. Ya fue y volvió varias veces. 
El guarda es el típico guarda de tren. Su traje gris lo delata. Lleva una gorra con visera como hace mucho que no veía. Un personaje con tales características despertó mi curiosidad, al igual que el mesero que además es multifunción. La primera vez que vi al mozo, con su riguroso uniforme de color negro y camisa blanca e infaltable moño negro en el cuello, pasó tomando los turnos para la cena. La siguiente vez que lo vi, volvió a pasar, pero llevando un carrito cargado de alfajores, turrones, gaseosas y "sanguches" que los egresados de la primaria que viajan en el mismo vagón, se encargaron de vaciar. Más tarde pasó vendiendo café. Mientras que en los ratos en los que no pasaba por los vagones, se dedicaba a su actividad principal, la de servir en el salón comedor.
No resistí la tentación de indagar al guarda acerca de la vida en el tren. No sé cómo se llama, pero sí me contó que su función principal es estar a cargo de toda la formación y que tiene esa actividad desde hace 15 años. Todas las semanas hace el trayecto Viedma-Bariloche y a la inversa. Durante la temporada alta una persona por vagón es la encargada de estar al servicio de los pasajeros, pero en temporada baja hay una persona cada dos vagones. Apenas son personas para todo el tren, sin contar a los conductores (que se van renovando en algunas estaciones, de manera que siempre están descansados), y la gente del bar -que pertenecen a una concesión-. Hay dos técnicos y los camareros que también se encargan de la limpieza. 
El tren lleva un vagón para transportar autos porque el público lo solicita, pero en cambio, en temporada baja no lleva el vagón del cine ni el de la discoteca porque la gente casi no los usa, y no tiene caso transportar 50 toneladas más por cada vagón. 
En temporada baja viajan muchos colegios que llevan a sus egresados de viaje de estudios. Lo hacen en tren porque les ofrecen una tarifa conveniente. En ocasiones, hay un servicio especial que hace pocas paradas, pero no tiene una frecuencia establecida. 
Con la información que me cuenta el guarda, vuelvo a mi lugar y me dedico a escribir estas líneas.
La transición de la meseta a las montañas es deslumbrante. Como un telón que se va corriendo para dar lugar a que comience la función, los picos nevados que se observan a lo lejos se van haciendo más reales, más cercanos y más atrapantes. Bariloche despliega su magia, y todos nos dejamos capturar por el hechizo. 







Reserva Ecológica Vicente López

Pequeña. Apenas dos hectáreas de superficie. Un fragmento donde la vida fluye con ritmo propio. Un rincón inesperado en medio de un paseo costero que se entrega a las tardes de sol con mates, patines, bicicletas, caminatas o la simple contemplación del horizonte.
Paraná y el río es la dirección oficial. Pero es más fácil identificarla a partir de la forma de llegar. Como si se tratara de un mapa que conduce hacia un tesoro, las instrucciones bien podrían indicar: Estación Anchorena del Tren de la Costa, tomar el paseo de la costa, caminar unos metros hasta encontrar la señalización que marca el ingreso a la reserva.
El premio que se obtiene por seguir las instrucciones, es un pasaporte hacia un pequeño recorrido por una muestra de lo que sería un ecosistema típico de la región. Aprender sobre el trabajo de la naturaleza, e interpretar cómo funciona el ambiente. La visita guiada es gratuita, comienza a las 15:30 hs y dura lo que las ganas de los asistentes decidan.
El guardaparque de turno es quien oficia de guía. El recorrido se inicia en el Centro de Interpretación. Allí se encuentran insectarios y algunas muestras informativas de lo que puede encontrarse en el ambiente pampeano. Una vez que se explica cómo se formó la reserva y con qué objetivo, empieza el recorrido por los senderos. Se trata de un circuito que la recorre por el borde, y también una pasarela que atraviesa un pantano. Hay un sendero alternativo de muy pocos metros que permite apreciar algunas especies arbóreas, percibir la humedad de los suelos a partir de la acumulación de las aguas ya sea por las lluvias o temporales. Lo curioso del lugar consiste en tratar de percibir los sonidos de la naturaleza, y sólo eso.
Las especies vegetales son diversas. Hay pastizales, plantas acuáticas, árboles y arbustos. Algunas tienen flores, otras se caracterizan por los frutos que son un imán para aves e insectos que contribuyen al proceso de polinización. Se puede identificar a las especies que son endémicas y a las invasoras. Todo el personal de la reserva realiza tareas para preservar a las especies autóctonas y tratar de controlar el crecimiento de las invasoras y a medida que hacen el recorrido, recolectan semillas que luego hacen germinar en el vivero que funciona en la propia reserva. 
El catálogo de insectos parece inagotable. Si bien hay culebras, lo cierto es que las probabilidades de encontrarse con una de ellas, es escasa porque perciben la presencia humana y huyen. Sin embargo, pueden observarse lagartos overos, coipos y varias especies de aves. Además de benteveos, horneros, zorzales, colibríes y garzas, en la zona del pantano se encuentran el carao y la jacana, que se alimentan de los caracoles que abundan entre los repollitos de agua. 
La pasarela que permite pasar por encima del pantano puede inundarse si las aguas del río crecen. La superficie que ocupa el pantano era un espejo de agua que con el tiempo fue cubriéndose de las plantas acuáticas, al punto que en la actualidad dan la sensación de ser una inmensa y perfecta alfombra verde claro. En las noches de verano, cuando la oscuridad se apropia del lugar, las luciérnagas dan un espectáculo que por ahora sólo está reservado a los guardaparques. Encienden su luminaria y el pantano cobra el aspecto de una pista de aterrizaje. Una posibilidad latente es que comiencen a realizarse visitas nocturnas, aunque por ahora la reserva sólo puede visitarse hasta las 17 hs.
Como una manera de fomentar conciencia de la importancia de la preservación del ambiente, se invita a las personas a llevarse uno o más plantines para adornar sus macetas y jardines con plantas nativas. De ese modo, un poco de la reserva se va con uno, y la semilla del cuidado ambiental comienza a germinar. 












martes, 20 de enero de 2015

Pingüinos

Me encontré por primera vez con los pingüinos hace poco más de un año y medio. Ya en otra ocasión había ido al sur con ganas de verlos pero no pudo ser porque por entonces del calendario de fauna sólo miraba cuál era la época de ballenas. Sólo varias temporadas después tuve la oportunidad de observarlos de cerca, conocer un poco acerca de sus costumbres y sorprenderme con sus características. Fue a fines del mes de septiembre, cuando la temporada apenas está comenzando. Dicen que diciembre y enero es la mejor época porque nacen los pichones y la población se eleva considerablemente. Conocerlos es una experiencia hermosa que se combina con la generosidad de la patagonia y se convierte en un recuerdo inolvidable. 


La ballenas me fascinan. Me parecen monstruos marinos hermosos. Gigantes que te dejan atónita con cada sorpresiva aparición. Pero los pingüinos eran algo novedoso. Nunca los había tenido cerca y las imágenes que había visto de Punta Tombo me llenaban de ilusión. Me imaginaba rodeada de muchos, muchísimos de ellos. Y eso me entusiasmaba. Quizá no me entusiasmaba tanto el precio de la excursión y averigüé si no había forma de llegar por cuenta propia en un medio de transporte público. No, no había. No quedó otra que pagar la excursión. 
Me tocaron días de inestabilidad climática. Algunas lluvias que complicaban las excursiones. La visita a Punta Tombo era la mejor alternativa para un pronóstico que anunciaba un día complicado. Había que levantarse temprano y prepararse para un día largo que incluía no sólo la excursión a Punta Tombo, sino también Trelew y Gaiman. Si bien de la propuesta, sólo los pingüinos representaban lo novedoso porque en ese viaje previo sí había recorrido las otras dos ciudades, volver a visitarlas fue como correr un velo, sacudir el polvo acumulado sobre los recuerdos y tratar de conectar con la experiencia pasada pero con los ojos de aquel presente. Aceptar nuevas compañías, y elegir qué nuevos recuerdos llevarse como souvenir.
En aquel momento, como siempre que hago un viaje largo, llevaba un cuaderno en el cual registraba todo lo sucedido en el día. Esto fue lo que registré en mi diario de ese día en el que por primera vez me crucé con los pingüinos.


Puerto Madryn, 28/09. Pingüinos.
El día está horrible. Llueve todo el tiempo. Estamos a resguardo en la combi. La capacidad del vehículo está cubierta. Antes de llegar a Punta Tombo, la guía explica que la reserva está dentro de una estancia privada y que los dueños cedieron esa porción de su terreno al gobierno provincial para convertirla en un área protegida. La cedieron con la única condición de que les permitieran tener la concesión de la confitería solo y exclusivamente a su familia donante, razón por la cual los precios son excesivos. No hay competencia, y en los alrededores no hay ningún lugar en el que se pueda comprar algo. Por eso, antes de ingresar al territorio de la reserva, la combi para unos minutos en una estación de servicio para que los que necesitan abastecerse de algunos víveres puedan hacerlo. 
Se llega a la reserva al cabo de transitar la ruta nacional 3 -que está asfaltada- y luego un camino de ripio que hace que el vehículo se bombolee al ritmo de los baches y la lluvia que por momentos es intensa y de a ratos da respiro. Una vez que llegamos a destino por suerte paró de llover y pudimos transitar los 3 kilómetros de sendero sin lluvia. La información que nos facilitan afirma que hay 250 mil pingüinos. Inevitablemente pienso que alguien no tuvo mejor tarea que ponerse a contabilizarlos como si se tratara del rating minuto a minuto. Y sí, los cuentan. Cada año, los estudiosos del lugar marcan los nidos con cintas de distintos colores. A partir de esos estudios es que dicen que los pingüinos, o algunos de ellos, pueden llegar a vivir 30 años. 
Las pingüineras son huecos en la tierra que los machos acondicionan esperando la llegada de la hembra. Son monógamos mientras la fertilización sea exitosa. La hembra llega en septiembre y busca al macho, que guía a la hembra con su grito. Un grito en el que los machos parecen turnarse para llamar a su respectiva hembra. Se nota que hacen un esfuerzo tremendo con todo el cuerpo. Cuando llegan, se reúnen, sucede el apareamiento, y la hembra pone dos huevos. Hacia diciembre nacen los pichones y entonces sí, dicen que en la pingüinera puede haber unos 3 millones de pingüinos.
Un detalle llama mi atención. Se trata de una ley que es necesario respetar. En territorio pingüino, las reglas dicen que estas aves que tienen alas y no vuelan, tienen prioridad de paso siempre. No hay semáforos que lo indiquen, sólo los propios pájaros que están circulando con su sola presencia activan la alarma para que los visitantes a la reserva les dejen prioridad de paso. Sucede que si no se los deja pasar primero, se desorientan y pierden el rumbo y les cuesta reorientarse, sobre todo para volver al mar a alimentarse. Y las consecuencias de una mala alimentación pueden ser muy lamentables. 
A lo largo de la pasarela no sólo se podían observar las pingüineras sino que también había muchos guanacos y unas ratitas que compartían territorio con los llamados pájaros bobos por tener alas y no volar. Según los carteles indicadores también es posible encontrar choiques, zorros y peludos, pero no vi a ninguno de esos.
En el regreso nos llevaron a Gaiman, el pueblito de origen galés del que solo quedan algunas casas tradicionales y las casas de té que cobran 110 pesos por adulto. Como ya había hecho eso en alguna ocasión, opté por caminar algo por el pueblo. Eramos varios los que optamos por lo mismo. Visitamos el Museo Histórico Regional, que también ya había recorrido con anterioridad, pero cuya entrada apenas era de 5 pesos. 
En Trelew se visitaba el Museo de Paleontología Egidio Feruglio, que es muy famoso, o al menos eso parece. Pero también ya lo había visitado en alguna ocasión, así que esta vez se impuso un mini recorrido por el museo de la estación que tenía una entrada de 2 pesos y por las calles aledañas en busca de la plaza principal y la oficina de turismo. 
Fue una linda excursión donde pude conocer el hábitat y las costumbres de los pingûinos, apreciar una hermosa vista del mar y hacer nuevos recorridos por lugares ya conocidos.

domingo, 18 de enero de 2015

El Sudeste Asiático en Buenos Aires

Fue un viaje inesperado. De esos en los que ya que estás en el viaje, viajás. Te dejás llevar. Te perdés y te volvés a encontrar. Te sorprendés y te acostumbrás, y el ciclo vuelve a empezar. No se trata de sacar un pasaje y viajar a miles de kilómetros de distancia. Se trata de descubrir que hay muchas formas de transportarse y que para ir lejos no hace falta tomarse un avión.
Con subirse a un tren y mirar con ojos de curiosidad lo cotidiano es suficiente para ir más allá de los destinos que indican los carteles de las estaciones. La galería que permite cruzar la Avenida Maipú de un extremo a otro de la vereda, en Olivos, es como un túnel que paso a paso conduce al otro extremo del mundo. 
Algunos caracteres en carteles distribuidos por acá y más allá, tibiamente van preparando la atmósfera para ese viaje especial. Los ornamentos realizados con materiales reciclados de uso cotidiano cuelgan del techo aportando colorido y reforzando la impronta oriental. Apenas empezar a transitar ese pasillo, muebles antiguos dispuestos en escenografías ideales, logran llamar la atención. Amontonados en espacios reducidos, la oferta es amplia. Los precios, anunciados en carteles manuscritos, están expresados de un modo claramente visible. Pero a los muebles se suman esculturas, piezas ornamentales y artefactos varios y entre todos conducen a un viaje a través del tiempo. Cada uno de los objetos transmite una historia, habla de un estilo, de una forma de vida y de la importancia de ciertos valores, de los conceptos de belleza, y de los intercambios entre las personas en un mercado de oferta y demanda.
Telas, alfombras, cortinas, atuendos de motivos orientales inician la travesía hacia territorios lejanos. Una mirada rápida podría pasar por alto el pasaporte hacia un destino inesperado. Pero la invitación estaba hecha. Sólo fue necesario dar un paso adelante e introducirse en alguno de los negocios que ya desde las vidrieras hablaban de historias y prometían un recorrido sin desperdicio, para aceptar el convite. Así fue que el colorido de banderines con iconografía de la cultura oriental, las máscaras de con atuendos brillosos, las figuras de tamaños y materiales diversos y los collares llamativos fueron un anzuelo inevitable. Lo siguiente fue perderse un buen rato entre estantes y pasillos recargados de objetos que transportaban a otras latitudes. De pronto me veía en el Sudeste Asiático. Estaba en templos húmedos que con todo el peso de su historia me recibían con sus íconos más tradicionales. Había imágenes de Buda en tamaños bien chiquitos y también muy grandes, en materiales diversos y con tonalidades distintas. En algunos sonreía con una sonrisa muy grande, en otras su felicidad desbordaba, en otros estaba más serio, y en algunas adoptaba posiciones y gestos diferentes. Con cada figura me imaginaba los rezos, la meditación y la forma de vida de las personas que en el extremo opuesto del planeta tienen a esas figuras como parte de su rutina cotidiana. Pensé en la ley de la causa y el efecto, en la armonía del universo, en el ying y el yang, en la paz, la templanza, la sabiduría y otros tantos valores que caracterizan a la filosofía oriental y en la energía que irradiaba cada una de esas figuras. Y pensé que si estaba allí no era por casualidad. Tal vez una señal.



















A medida que avanzaba entre los objetos descubría orígenes distintos, y también diferentes edades.
Algunos letreros podían dar cuenta de ciertos significados pero si no, con preguntar era suficiente para recibir la información necesaria. Había dragones que tenían expresión feroz, y otros que resultaban más simpáticos, que me remitieron a la danza que pude ver en la celebración del año nuevo chino realizada por la colectividad china en Buenos Aires, en varias ocasiones. También había gallos, tigres, peces, serpientes y muchos otros símbolos que había visto en ferias de colectividades y en los negocios chinos. Y con los cuales también supuse que estaba relacionado el horóscopo con el que se hizo conocida Ludovica Squirru. Había figuras que había visto en el templo de Belgrano, y también algunos objetos que observé en los altares de seguidores del budismo. Por un buen rato, me sentí parte de ese mundo. Me vi aferrándome a lo conocido y apreciando con curiosidad aquello que no conseguía comprender. Me imaginé perdida en esa parte desconocida del mundo, Y volví a la realidad cuando encontré algunos objetos que me resultaban extraños y contradictorios a esa cultura, como las figuras de yeso que había visto en algunas kermeses de barrio cuando era chica, o encontrarme con un balde de cañicas, las mismas con las que mi hermano jugaba a la bolita con sus amigos de la infancia.
Fue un viaje a través del tiempo sin tener en cuenta el paso del tiempo. Fue una mirada minuciosa que permitió explorar un poco de un mundo intenso, una muestra gratis de un mundo que se descubre como nuevo, si uno está dispuesto a recibirlo, y dejarse llevar. Y sí, si ya estás en el viaje, nada mejor que dejarse llevar. 





sábado, 17 de enero de 2015

Ciudad de la Furia

"No me banco más vivir en la Ciudad". Esa frase quedó repicando en mi cabeza apenas la pronunció. Me dijo que estaba agobiada de Buenos Aires. Que no quería estar soportando el tedio de viajar todos los días al Centro para estar metida en una oficina. Se quejó de la gente irrespetuosa que te lleva puesta por delante sin siquiera reparar en pedir disculpas, del caos del tránsito, de la plata miserable que no alcanza. Y dijo muchas otras cosas más en un lapso tan corto de tiempo que me fue dibujando una pintura desordenada, gris, barroca. Era un paisaje que yo conocía. Era una sensación que compartía. Todos los días invertir mucho de tu tiempo para llegar al corazón furioso del país, ahí donde dicen que atiende Dios, aunque esté en todas partes.
Muchas veces esbocé un tibio pensamiento de "y qué tal si en lugar de vivir en Buenos Aires pruebo con mudarme a otro lado?" Pero apenas asomaba, lo descartaba de plano. No me imaginaba una vida sin el desorden y el desafío constante de sobrellevar el ritmo porteño. Ahora ella estaba exponiéndome sus sensaciones, sus anhelos, sus quejas. Y yo me quedé con esa idea dando vueltas en la calesita de mis reflexiones.
Compartíamos una merienda en uno de los cafés que están en una de las callecitas del microcentro, esas que ahora se hicieron peatonales, donde las mesas de los bares ocupan mayor superficie de la vereda y los que salen de las oficinas se quedan haciendo felices horas extras con 2x1 de cervezas, camparis y pochoclos salados. Esa escenografía tan típica del after office, el calor sofocante que antecede a la lluvia veraniega y la humedad que mata me resultan imprescindibles. No porque sea habitué, sino por el solo hecho de saber que si un día cualquiera decido perderme en la ciudad después de cumplir el horario laboral, podría encontrarme con esas situaciones familiares y sentir que estoy en territorio conocido.
Caminamos un rato por ahí, dejándonos llevar por el trazo que quisieran marcarnos las calles. Por la avenida circulaban colectivos hacia distintos puntos de la ciudad, e inclusive, más allá de ella. En dirección hacia Retiro, decidí tomar una fotografía de la Torre que está en la Plaza Fuerza Aérea Argentina, la misma que construyeron los residentes ingleses para conmemorar el centenario de la Revolución de Mayo, La construcción, conocida como Torre de los Ingleses, fue bautizada, a raíz del conflicto por Malvinas como Torre Monumental, sin embargo, en la jerga popular, sigue siendo identificada como la Torre de los Ingleses. Lo cierto es que ese monumento ofrecía un contraste llamativo, una luminosidad destacada sobre un cielo oscurecido por las nubes cargadas de una tormenta eléctrica a punto de desatarse sobre el anochecer porteño. Observé la Torre y pensé en que tantas veces pasé cerca suyo, algunas casi con indiferencia, y que aún así no podía imaginarme que siguiera ahí sin mí si decidiera irme.
Retiro tiene un ritmo vertiginoso, digno barrio de la Capital Federal. Es un punto neurálgico porque desde allí parten y llegan trenes, colectivos, buses. Más allá está el puerto, y también la terminal del ferry que comunica con Uruguay. Nos alejamos un poco bordeando la Plaza San Martín, la misma que cuando se vuelve de noche me provoca temor por la gran cantidad de robos que dicen que se producen, sobre todo a turistas, ya que hay muchos hoteles en los alrededores y está la peatonal Florida, transitada incansablemente por locales y turistas y que por el mismo motivo está poblada de "arbolitos". Sí, Florida es un verdadero bosque porque a cada paso hay un arbolito. de esos que a cada segundo anuncian con absoluta naturalidad "cambio-troco-cambio". Acto seguido, por si no hubiera quedado claro su función especifican "dólar-euro-real". Y pienso en los bosques patagónicos, en el encantamiento que me producen. Indirectamente pienso que ese cántico tan monótono es como los cantos de las sirenas "cambio-troco-cambio-dólar-euro-real", tan magnético que tampoco me deja irme de la ciudad.
Atravesamos la Avenida 9 de Julio. Esa arteria que literalmente conecta con el corazón de la ciudad que late en el Obelisco, y que como si hubiera sufrido una operación de by pass, se vio mutilada cuando fue sometida a una intervención sin anestesia en la que le extirparon algunos de los canteros cubiertos de jacaranda(e)s y palos borrachos, con el argumento del ordenamiento vial que le deje espacio al metrobus. De este modo, las líneas de colectivos saldrían del microcentro y se concentrarían en carriles exclusivos. Puede que la taquicardia de las horas picos haya logrado moderar zu presión, pero las cicatrices que le quedaron a la ciudad la muestran un poco más fea. Aún así siento que esa realidad es parte de mi vida.
En la Avenida Corrientes están los teatros y también las librerías, y algunos bares notables. La calle que nunca duerme les permite a los sin techo acomodarse en sus esquinas y a los cholulos sacarse fotos con personajes de la cultura popular como Sandro, Juan Carlos Calabró y Olmedo y Porcel.
Buenos Aires es un caos. Agobia, es cierto. Pero también entretiene, sorprende. Siento que me aburriría en otros sitios, por más hermosos que me parezcan cuando los visito en vacaciones, y por más que mientras estoy en ellos quiera quedarme para siempre. Es tan furiosa que contagia el malhumor. La odio, a veces. Como mi amiga, también la odio. Pero cuando se tiñe de violeta o de amarillo con las flores del jacarandá o las tipas, me asombra. Cuando miro las fachadas de sus edificios tradicionales, me remonta hacia el pasado, me hace imaginar una época de pretensiones esplendorosas que no conocí pero que me contaron los libros. Cuando miro sus cúpulas y siento que son únicas. Amo la nostalgia que me transmite la musicalidad del tango merodeando sus calles, abrazando al Obelisco y enamorando a los turistas. Amor y Odio. Una relación que me tiene atrapada, y de la que por ahora, como no puedo salir, trato de disfrutar.





martes, 13 de enero de 2015

Mar del Plata siempre

Siempre me pregunté cómo sería vivir en una ciudad costera. Buenos Aires tiene la Costanera Norte que frente al aeropuerto metropolitano es una postal que la caracteriza. También está la Costanera Sur con la Reserva Ecológica que es un paseo más que concurrido los días no laborables. Cruzando los límites de la ciudad, está la costanera de Vicente López, que es una buena opción cuando se tiene necesidad de río.
Pero Baires es una ciudad porteña donde más que predominar la tranquilidad que transmite el vaivén de las aguas que bañan sus costas, se deja dominar por la furia. Su ritmo caótico genera no pocas veces la necesidad de escapar.
Cuando se emprende la huida, un refugio que siempre está esperando para cobijarnos es la ciudad feliz. Apenas a 400 módicos kilómetros del caos. Así como la cajita de las hamburguesas que se supone que con sus sorpresas genera explosión de alegría en los niños, así la ciudad balnearia se ocupa cada vez de sorprendernos.
Mar del Plata abraza de un modo contenedor. Uno nunca se siente solo ni perdido. Es una ciudad emblema. Cuando nos recibe, nos abre los brazos con todo el peso de su historia, esa que comenzó a escribirse allá por el siglo XIX. Fue el lugar elegido por las clases adineradas, y creció en función del esplendor de la época. Las ansias de contar en este rincón del mundo con un sitio tan magnífico como las playas europeas quizá era demasiado ambicioso, pero fue suficiente para posicionarla en el podio más alto entre las ciudades balnearias del país. Después, el crecimiento de la infraestructura, la ampliación de redes de transporte, las modificaciones en las condiciones sociales, hicieron que el lugar se convirtiera en cada vez más popular. Mientras que los que pretendían lugares más exclusivos se mudaron hacia otros destinos, la masificación de sus playas ya era un hecho.
La brisa fresca siempre da la bienvenida. Y realmente uno se siente en Mar del Plata cuando pasea por La Rambla, cuando las miradas se cruzan con esos edificios de estilo ecléctico pero con ineludible toque francés, que contienen al Casino Central y Hotel Provincial, cuando decide posar junto a los lobos marinos tallados por José Fioravanti y llevarse esa postal emblemática. Cuando los sentidos se pierden en el horizonte, allá donde el cielo y el mar ya no tienen separación.
Las playas son una invitación permanente. No se trata sólo de tomar sol y veranear. No. Mardel (para los amigos) logró ganarle terreno a la estacionalidad. Es cierto que en verano estalla. El tumulto abruma, pero la oferta de actividades, espectáculos, gastronomía, y etcéteras es amplia, variada, inagotable y para todos los gustos.
Caminar por sus orillas en otoño, recibir cachetadas de aire frío en invierno y después buscar el equilibrio en una rica taza de chocolate con churros en alguna casa tradicional es un placer indescriptible. Absorber los tibios rayos de sol en la primavera, y desbordar otra vez en el verano. Ese ciclo se repite año tras año, como las olas que van y vienen. El mar siempre está ahí, moviéndose a veces con tranquilidad, a veces con ímpetu, pero con disposición a bañarnos con toda su magia.
Tiene la dinámica de una ciudad grande, que hace que uno no se sienta perdido, ni en soledad. Tiene la tranquilidad que transmiten sus aguas, que permite desconectarse de la rutina. El Puerto, con sus embarcaciones color naranja, los restaurantes que inundan todo con su olor a pescado, el Aquarium, la peatonal, la zona de bares y boliches, las playas del faro.
Más ventosas, más rústicas, más hermosas. Así son las playas del sur, las que se extienden más allá del faro. Se puede caminar largamente mientras los pensamientos vuelan a la velocidad del viento, y uno puede aturdirse con los sonidos del oleaje, y extasiarse al tiempo que los pies se hunden en la arena y se cubren de la espuma liviana que llega a las orillas. Así como estalla el verano, también estallan los sentidos.
Por supuesto que el paseo por la costanera es inevitable. La senda llama a ser transitada y nadie parece poder resistirse. Caminar, correr, patinar, andar en bicicleta, o simplemente sentarse a contemplar el mar.  Recorrerla una y otra vez no hace que la experiencia no sea distinta. No puedo imaginar cómo podría ser rutinaria esa vida.
Siempre me maravilló la dinámica de las poblaciones costeras. Mar del Plata es un caso especial porque no es fácil desprenderse de un abrazo cuando ese abrazo es contenedor. Por eso a vuelvo a Mar del Plata. Siempre.