martes, 26 de mayo de 2015

[‪#‎DIARIODEVIAJE‬] Bañado La Estrella, Las Lomitas, Formosa.

¿Formosa? ¡¿Qué vas a hacer a Formosa?! La reacción era la misma en casi todos a los que le comentaba acerca de la intención de viajar a esa provincia. Es cierto, no es una provincia con una tradición turística y si bien la idea había surgido a partir del deseo de conocer el Bañado La Estrella, no sabía con qué más podía encontrarme.

El otro punto de interés, era conocer el Parque Nacional Pilcomayo. Por supuesto que quería conocer la capital provincial y Clorinda, la ciudad gemela de Asunción (Paraguay). Sabía que existían otros espacios naturales como la Reserva Natural Formosa y la Reserva de Guaycolec, pero lo demás era toda una incógnita.
El viaje se inició en Retiro. En un principio me resistía a viajar en micro, pero las frecuencias en avión no eran convenientes y los precios, mucho menos. Me resigné a las casi 16 horas de viaje. Al bajar, un calor húmedo y el sonido de la música que escapaba de unos parlantes que sintonizaban una radio paraguaya invadió todo con una atmósfera alegre y pegajosa. Los vendedores de chipá serían parte del paisaje durante todo el periplo.
La Oficina de Turismo de la terminal estaba cerrada. El plan era recorrer la ciudad y por la noche subirse nuevamente a un micro con destino a Las Lomitas, una estrategia para ahorrar una noche de alojamiento. Sería una experiencia agotadora, pero beneficiosa para el bolsillo. No había información oficial sobre los lugares a recorrer y tampoco una guía adecuada, apenas un rústico plano obtenido de internet.


¿Para dónde quedaba el Centro? Como nunca, la intuición parecía no acudir a la respuesta.
Finalmente luego de unir algunos indicios, la dirección elegida terminó por ser la correcta. Varias cuadras después, la plaza principal entraba en escena. Una gran nube negra parecía la encargada de arruinar los planes de recorrer la ciudad. Sin embargo, al cabo de lanzar sus intimidantes amenazas, se marchó con rumbo desconocido, dejando lugar a los rayos del sol.
La Plaza, sus monumentos, sus jardines, la iglesia, la vieja estación del tren ahora convertida en dependencia municipal fueron objeto de las primeras fotografías. La costanera extensa invitaba a transitarla de punta a punta. El río, el verde, el colorido de las aves formaban un paisaje encantador. Era como descubrir un tesoro. Los miradores eran una excusa para detenerse a disfrutar del lugar. Cada tanto una embarcación de gran porte aparecía súbitamente y desaparecía con la misma rapidez.
Sobre la avenida algunos bares y restaurantes se postulaban como una buena alternativa para amenizar la espera hasta la salida del micro. Después, a caminar las diez cuadras que había entre el Centro y la terminal.
La llegada a Las Lomitas se realizó dentro de los horarios programados. Todavía no amanecía, y si bien el alojamiento elegido no tenía registrada la reserva, al menos permitió el ingreso anticipado a la habitación (que salía más cara que la reservada), Eso fue fundamental para completar las horas de sueño y luego salir a recorrer el lugar.



El diminutivo utilizado en su denominación puede dar una pauta de cómo es el lugar. Un poblado pequeño, con calles en su mayoría de tierra y con las secuelas de las últimas lluvias acumuladas en cada esquina (y en cada grieta posible). El barro que es un protagonista más de la rutina cotidiana. La Municipalidad, la plaza principal, la iglesia, la escuela, las instituciones de rigor dicen presente.
La estación del tren permanece abandonada a su suerte desde hace algún tiempo. Las vías cubiertas de yuyos. El principal medio de transporte en la ciudad es ahora el ciclomotor. Abunda como una plaga. Motos pequeñas que llevan a varios pasajeros apiñados casi siempre sin casco protector.
Viviendas bajas, simples. Un andar tranquilo parece no alterarse en el corazón de Las Lomitas, poblado por algunos locales comerciales, un bar, un restaurante, algunos hospedajes, y no mucho más. En ese panorama sorprende encontrar un casino que no es otra cosa que un local con máquinas tragamonedas...el vicio es el vicio.



Por la tarde, Ricardo será el encargado de guiar la excursión al bañado La Estrella. Conocí el lugar por las revistas, muchas veces imaginé lo lindo que sería visitarlo. Las posibilidades me resultaban tan remotas como la distancia que hay entre la Formosa y Buenos Aires. Sabía que era un paraje en el centro de la provincia y justamente por las características poco turísticas, siempre pareció más una ilusión que una posibilidad. Sin embargo, allí estaba, a punto de iniciar la esperada excursión.
Fueron unos 50 kilómetros recorridos en auto sobre la ruta provincial 28 desde Las Lomitas hasta el vertedero. En ese trayecto, el guía explicó que si bien existen intenciones de potenciar turísticamente al lugar, falta mucho por hacer, y sobre todo dependen mucho de los ciclos de la naturaleza para asegurar la afluencia turística, algo por el momento imprevisible.
El Bañado La Estrella ocupa una superficie de 400 mil hectáreas que quedó bajo agua a partir de los desbordes del Río Pilcomayo. Anteriormente la zona estaba poblada por bosques de especies autóctonas como el quebracho colorado y el quebracho blanco, el palo santo y el algarrobo. Al quedar bajo agua, los árboles, que como diría Alejandro Casona, mueren de pie, ofrecen sus ramas desnudas como apoyo a las aves que puebla el lugar.
Los meses de julio a septiembre suelen ser los ideales para el avistaje de avifauna. Garzas, cigüeñas, jacanas, loros, cotorras, cardenales, benteveos, chajás,  y tantos otros ejemplares pueblan el lugar. El jabirú es la especie emblema. Se trata de un ave picuda de color blanco, cuello negro y un detalle rojo intenso. Los repollitos de agua y otras plantas flotantes sirven como una alfombra que ayuda a jugar a las escondidas a los yacarés, vizcachas y carpinchos. La fauna se completa con peces como el sábalo y las pirañas y reptiles entre las que se encuentran diversas serpientes y boas, especie sobre la que existen proyectos para su cría. El estancamiento de las aguas genera un marco para la diversidad biológica que asombra. El paisaje es bello. Las palmeras caranday y "champales" destacan entre la vegetación del bañado. Sin embargo, esas tierras inundadas, antiguamente eran utilizadas para las pasturas y favorecían el desarrollo de actividades agrícolas y ganaderas. Cuando el agua se retira, las aguas del Río Salado dejan su huella favoreciendo la desertificación de los suelos. El guía cuenta que aunque este año hay abundante agua, en los últimos dos años el caudal era mínimo.
Los vaivenes de la naturaleza atentan contra el desarrollo turístico. El guía habla de la necesidad de incorporar a la población local en la planificación turística y menciona que las comunidades originarias podrían tener un rol importante conservando sus tradiciones para mostrárselas a los turistas. En la zona habitan los Pilagá y los Wichi, y son los primeros quienes ya confeccionan sus artesanías con hojas de caranday para ofrecérselas a los turistas.
Otra variante para acceder al Bañado La Estrella es el Fortín La Soledad, distante a unos 80 kilómetros, desde Las Lomitas. La ruta de acceso está sin asfaltar, y en épocas de muchas lluvias es intransitable. Sin embargo, con cauce normal, se puede realizar desde allí el "cachiveo", que consiste en un paseo en una especie de piragua artesanal utilizada para recorrer la zona.
El vertedero es el punto al que con más frecuencia asisten los pescadores. Entre ellos, dos jóvenes de la comunidad Pilagá mostraron su producción del día. Llevaban una bolsa llena de sábalos y bogas. La familia numerosa, ese día iba a estar agradecida. Luego, nos cruzamos con un hombre que hasta el momento sólo había conseguido obtener pirañas. Un tanto resignado, esperaba tener mejor suerte por la noche.
El Bañado La Estrella había sido el principal motivo del viaje. El recorrido en auto llevó a conocer algunos puntos de observación sobre la ruta hasta el vertedero, desde donde una caminata permitió observar mejor el paisaje. El broche de oro fue un atardecer increíble y un anochecer mágico. Los sentidos se agudizan frente al silencio, interrumpido apenas por el sonido de los pájaros y algún que otro vehículo que ocasionalmente pasa por el lugar. Una ceremonia que conecta con el entorno, que conmueve y que lleva a disfrutar de un instante único donde las tonalidades anaranjadas lo cubren todo. Mientras el sol se esconde, las sombras ganan predominio bajo un cielo que es un muestrario de colores que abarcan desde la gama del violáceo al rosado hasta finalmente cubrirlo todo de azul profundo. Las primeras luces de la noche son el corolario de una jornada que finalmente responde a la pregunta, qué fui a hacer a Formosa.



























lunes, 25 de mayo de 2015

[‪#‎BIBLIOTECAVIAJERA‬] Huellas de fuego. Relatos de una expedición al Fin de la Tierra

Todo empieza con una idea. Después hay que darle forma. Finalmente llevarla a la práctica. En el medio, una serie de aprendizajes, sensaciones, sentimientos entremezclados que van aclarándose y fluyendo al compás de los pasos.
Federico Ezequiel Gargiulo tuvo una inquietud, una curiosidad, una idea que esperó latente su turno para entrar en escena. Esa ocurrencia, quizá un poco loca al principio, encontró un compañero de aventuras. Y luego otro. Entre los tres se embarcaron en un proyecto ambicioso, pero no imposible. Huellas de Fuego, es el relato de esa travesía, desde sus orígenes hasta su fin.
El desafío tenía como meta recorrer la Península Mitre, una de las zonas más difíciles de la Isla de Tierra del Fuego. Unirían la ciudad de Ushuaia con la estancia María Luisa, bordeando la costa del Canal de Beagle.  La empresa requería de mucha tenacidad y decisión. Un territorio inhóspito, un terreno complicado, un clima frío, un espacio apenas habitado por algún que otro audaz lugareño.
Una vez decididos a embarcarse en la aventura, los tres jóvenes expedicionarios iniciaron su periplo con sus mochilas a cuestas. El recorrido a pie tenía a algunos mapas  y una brújula como principales aliados. En el camino, descubrirían también la solidaridad y la importancia del trabajo en equipo.
El emprendimiento dejó al descubierto, una vez más, que a los deseos hay que ayudarlos para que se cumplan, que nada es producto del azar. El empeño, la dedicación, el temple fueron fundamentales.
Las crónicas de antiguos exploradores llegados hasta esas tierras les sirvieron como referencia y de alguna manera también los guiaron con sus relatos. Después, fue hacer camino al andar. Eligieron el 1 de mayo como fecha de partida. Sabían que les esperaba una gran aventura, y a su conquista se lanzaron.
Atravesaron bosques, turberas, suelos escarchados, pendientes pronunciadas, acantilados, playas, vadearon ríos de agua helada que en ocasiones llegaban a alcanzar el pecho, arroyos correntosos, caminaron bajo el sol, con lluvia, con nieve. Se sorprendieron con bellos paisajes, con atardeceres increíbles y con cielos poblados de miles de estrellas. Una travesía semejante, realizada a las puertas del invierno, tuvo un plus de heroísmo. Fueron 36 días de puro aprendizaje.
El trabajo en equipo fue sin dudas, el protagonista absoluto en el éxito de la expedición. Aprender acerca de las posibilidades de cada uno, poner sus esfuerzos al servicio de un objetivo común, respetar los espacios de cada quien, definir roles, cuidarse, acompañarse, valorarse. Aprender a mantener alta la moral del equipo, superar los obstáculos, alentarse mutuamente, definir y compartir códigos. Conformaban una unidad y entre los tres alcanzarían la meta. "Los nómades de Mitre" eran todos para uno y uno para todos.
Las manos amigas que encontraron en el camino conspiraron a favor del cumplimiento del propósito de los tres jóvenes. Después, ese sueño se completaría con charlas en las escuelas para compartir con los adolescentes el resultado de su experiencia.
El relato del periplo es atrapante. Un diario de viaje que cuenta su desarrollo día a día y que además aporta datos sobre la historia, la geografía, la flora y la fauna del lugar. Como adicional, un apartado contiene bellas fotografías que ilustran la odisea. Un libro para conocer ese rincón del Fin del Mundo, y que además, inspira a viajar.

sábado, 23 de mayo de 2015

[‪#‎REFLEXION‬] Formosa quiere decir Hermosa

El turismo, como actividad multidisciplinaria, es una importante alternativa para el desarrollo de las poblaciones. Y al parecer es una de las apuestas que hace la provincia de Formosa para tratar de salir del anonimato de los destinos turísticos de la Argentina.
El eslogan elegido para la difusión apela a la belleza de un territorio natural, casi inexplorado. Un lugar en el que la naturaleza efectivamente se expande en cada rincón. Un clima pródigo donde el verde se expresa largamente, profunda, intensamente. Sin embargo, es un espacio perdido, una dimensión desconocida entre los atractivos turísticos.
El norte del país está señalizado por faros ubicados en extremos bien opuestos: las Cataratas del Iguazú en el nordeste, y Salta y Jujuy en el noroeste. En el medio, la nada misma.
Como si hubieran llegado tarde al reparto de las plazas turísticas, Chaco y Formosa se ganaron un lugar en el olvido. "Todos los que llegan hasta aquí siempre dicen que vienen porque es la última provincia que les falta conocer del país". De esa manera expresaba un guía turístico formoseño la sensación de ser el último orejón en el mapa de la Argentina.
Según un estudio de la consultora privada Evaluecon difundido en el mes de marzo 2015, las provincias de Salta, Santiago del Estero, Jujuy, Chaco y Formosa ocupan los puestos principales entre las más pobres de la Argentina. Frente a ese panorama, el turismo podría presentarse como una oportunidad. A diferencia de los distritos del noroeste que desde hace unos años están trabajando en el desarrollo turístico, tibiamente, la provincia con el mote de hermosa está buscando salir de ese letargo.
En Formosa casi se podría descubrir un humedal en cada esquina. Es una forma figurada de describir la presencia constante de espejos de agua de diferentes dimensiones en torno a las cuales se forma un ecosistema. Algo así como un diamante en bruto con aristas codiciadas por el turismo ecológico, turismo aventura, turismo naturaleza,
La superficie de la provincia de Formosa se recorta entre los ríos Pilcomayo y Bermejo por el norte y sur respectivamente y el río Paraguay al este. El arrastre de materiales que realizan los ríos le aporta acumulación de sedimentos a los suelos, así como también crecidas frecuentes. El suelo es apto para el desarrollo de bosques, las pasturas para el ganado, y también las actividades agrícolas.


El algodón era el principal cultivo de la provincia, tanto que la imagen de un capullo se destaca en el escudo provincial. En la actualidad, la escasa rentabilidad de su producción, hace necesario diversificar los cultivos. La producción abarca desde zapallo, batata, sandía, melón, pomelo, banana, y otros frutos como el mango, maracuyá y ananá. Muchos de los cultivos corresponden a pequeños productores entre los que se encuentran las comunidades originarias.
Entre las actividades ganaderas se destacan la cría de ganado caprino, bovino, la incorporación de búfalos para la elaboración de queso mozzarella, y  la producción de charque (carne deshidratada), cuya elaboración se ve beneficiada por tratarse de una región con muchos días de sol, altas temperaturas y pocos días húmedos, factores que facilitan la deshidratación.
Formosa cuenta con atractivos turísticos que efectivamente están basados en su belleza natural como El Bañado La Estrella, que se encuentra entre los principales humedales de Sudamérica, el Parque Nacional Pilcomayo, la Reserva Natural Formosa y otros espacios protegidos. También hay sitios en los que se rescata la tradición histórica y cultural, ligada a las costumbres de las poblaciones originarias como las localidades de El Potrillo, Ingeniero Juárez y General Mosconi. Es en el territorio de la provincia donde cada año se celebra el Encuentro de Pueblos Originarios de América al que asisten representantes de todo el continente. En la villa turística Herradura se encuentran campings y residencias rurales y se puede practicar la pesca. Misión Laishi, en la que resaltan las actividades rurales y religiosas, y la capital provincial son también destinos para ser visitados. La naturaleza, la cultura, la aventura, el ecoturismo, el turismo étnico, son parte de su patrimonio. El imperio del verde es sin dudas un lugar ideal para el avistaje de aves y la pesca deportiva.
Entre los grupos étnicos que componen la población formoseña se encuentran los Pilagá en el centro norte, los Wichí en el centro oeste y los Toba Qom en el centro este y oeste formoseño. Como parte de la inquietud por promover el desarrollo turístico, en algunas poblaciones se busca que los miembros de estas comunidades muestren a los turistas sus tradiciones y les ofrezcan sus artesanías. La intención abraza la idea de incluir a las minorías, sin embargo aún falta definir una política clara al respecto.
Las largas distancias entre dos puntos a veces no pueden ser cubiertas por medios de transportes públicos, y son difíciles de atravesar con vehículo propio en trazados de ripio o tierra, los micros no tienen frecuencias favorables o no se encuentran en condiciones por lo cual se generan demoras o habituales inconvenientes para llegar a destino.
La infraestructura hotelera así como gastronómica suele estar lejos de ofrecer alternativas a los turistas. El rescate del propio patrimonio por parte de la población, así como la incorporación de los residentes a la actividad turística, sigue siendo una materia a trabajar.
El turismo es una alternativa para el desarrollo local. En el caso de Formosa todavía falta mucho por hacer para que la actividad contribuya a la mejora de la calidad de vida de la población, a la revalorización del patrimonio y a la disminución de la pobreza. Formosa ciertamente es hermosa, pero todavía falta mucho, quizá demasiado por hacer. Que la iniciativa exista, es un buen comienzo. Ojalá no quede solo en un eslogan.














miércoles, 20 de mayo de 2015

[‪#‎INFOTURISTICA‬] Olavarría

Olavarría late muy cerca del corazón de Buenos Aires. Tiene una dinámica citadina pero con una atmósfera tranquila, impronta de las actividades rurales que predominan en su economía.
La terminal de ómnibus es una parada obligada entre los micros que se dirigen a las ciudades costeras del sur, y los que transportan pasajeros hacia la gran ciudad. A pocos metros, la estación del tren es una tentación para los amantes del ferrocarril. Sin embargo, como una joya prohibida, o como la copa del Mundial, es un trofeo que se mira y no se toca. El acceso al andén sólo está permitido los días en los que pasa el tren de pasajeros, en horario de la madrugada. El resto del tiempo su acceso está vedado.
La foto de la estación y el nomenclador de la estación es una de las típicas postales en todo lugar que como Olavarría, tiene una historia de crecimiento ligada al ferrocarril. Una ciudad que en su pasado alberga las luchas por el territorio llevado a cabo por las autoridades que buscaban ampliar los límites hacia tierras bajo dominio de los nativos, el establecimiento de fortines, la llegada de inmigrantes y del tren como medio de transporte de mercancías, amerita una foto en la estación. Sin embargo, un guardia de seguridad intercepta a los paseantes y evita el avance ya que la estación está en manos privadas y sólo por un convenio se permite el uso de la estación en el horario en que pasa el tren de pasajeros. Una verdadera lástima que no se pueda acceder al andén, pero son las reglas de juego vigentes en la actualidad. Frente a esa situación, la única opción es apurarse a alargar el zoom antes de que sea tarde.
Avanzando unas cuadras desde la terminal, se llega a la plaza principal, Coronel Olavarría. En una de sus esquinas se encuentra el edificio municipal, cuya construcción data de 1879 y llama la atención con su cúpula y reloj. A pocos metros, la Iglesia San José, de fines del siglo XIX invita a conocer su interior y asombrarse con su vitreaux.
En el juego de descubrir el patrimonio arquitectónico de la ciudad, se puede cantar piedra libre a algunos edificios como el Banco Provincia y la Sociedad Rural, Otros sitios importantes para visitar son el Museo de Arte Dámaso Arce, el Teatro Municipal y el Centro Cultural San José, 
El paseo costero a orillas del arroyo Tapalqué es un lugar de recreo imperdible para practicar deportes o pasar un momento de relax. 
En la ciudad y sus afueras hay varios circuitos que pueden recorrerse. Algunos involucran a poblaciones pequeñas como Sierra Chica, Sierras Bayas y Loma Negra, que hablan básicamente de la importancia de la actividad minera y cementera. Otro circuito lleva a recorrer las huellas de los colonos en Hinojo, San Miguel y Colonia Nievas. Otros cuentan de la importancia del ferrocarril y las actividades rurales.
Olavarría es una ciudad que tiene servicios turísticos como hotelería, restaurantes y transportes, y atractivos basados en la esencia de su pasado, y también el patrimonio que forma parte de la identidad de su presente. A pocos kilómetros de Buenos Aires, Olavarría es una alternativa interesante para recorrer y conocer. 










domingo, 17 de mayo de 2015

[‪#‎BIBLIOTECAVIAJERA‬] Caminos invisibles 36.000 KM a dedo de Antártida a las Guayanas

Cuando un deseo es intenso, el universo conspira a favor. Algo de esa verdad se descubre en la narración de un viaje que inicia en el interior y que termina materializándose en kilómetros recorridos por Sudamérica.
Caminos Invisibles es el resultado de una experiencia de viaje, pero también es una historia íntima, de la persona frente a sus sentimientos, sus interrogantes, sus inquietudes y sus decisiones. Es la elección de una vida diferente, el enfrentamiento de los temores, es entregarse al propio deseo. Y es también una historia de amor.
Laura Lazzarino y Juan Pablo Villarino eran dos viajeros solitarios con intereses e inquietudes similares a quienes el viento amontonó en un mismo camino, un mismo proyecto. Desde entonces viajan juntos, y hacen camino al andar circulando a dedo por rutas inesperadas.
El relato inicia con el encuentro entre ambos, las etapas que cada uno atravesaba y la unión en un nomadismo que los llevaría a atravesar las fronteras de Sudamérica. Mientras Juan Pablo ya se había lanzado a circular por intrincados itinerarios de un fragmento del mundo, Laura aún se debatía en la toma de una decisión fundamental para su vida.
Mover una ficha para que el resto se acomode solo. Eso fue lo que sucedió. La reunión de ambos fue el puntapié que dio inicio a un viaje de conocimiento y reconocimiento, de la propia persona, del otro, y también de los caminos que los guiarían al interior de Sudamérica. En sus miles de kilómetros recorridos, Laura y Juan dejaron su huella por Argentina, la Antártida, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Brasil y las Guayanas.
Alejados de las rutas turísticas, los dos nómades se internan en la historia y en las tradiciones de los pueblos, y se empapan de la hospitalidad de su gente. Entran en contacto con diversos grupos étnicos y rompen con mitos y prejuicios.
Caminos Invisibles dibuja una trayectoria que lleva al lector a internarse junto con los protagonistas en las profundidades de un territorio amplio y misterioso. La información contextual es abundante y muy interesante. Las reflexiones, también. Son experiencias bien contadas, con un relato que da gusto leer y que tiene momentos de profunda emoción.
Una ruta imaginaria esbozada en un mapa, se transforma en un desafío para Laura y Juan. El autostop es la consigna que atraviesa sus viajes. Es una forma de entregarse a la magia del camino, y abrirse a sus posibilidades. Echarse a andar y compartir esas vivencias en un cúmulo de anécdotas y reflexiones es la forma de vida que eligieron, y es la fórmula que seguramente inspirará a muchos indecisos a lanzarse a la aventura de una vez por todas.
El libro se consigue a través del blog Acróbatas del Camino.

sábado, 9 de mayo de 2015

[‪#‎BIBLIOTECAVIAJERA‬] Vagabundeando en el Eje del Mal

Es tanto el caudal de información que tiene este libro que parece una enciclopedia. Algo así como un manual para desasnar a la parte occidental del mundo acerca de sus creencias sobre el llamado Eje del Mal. 
Como Don Quijote, Juan Pablo Villarino se propone una arriesgada empresa: viajar a dedo por los países a los que la visión dominante pone en el lado oscuro del globo. La mala prensa de la que gozan los países como Irán, Irak y Afganistán, es un desafío para la adrenalina de este nómade que tiene una teoría por comprobar: que hay más gente buena que mala y que la imagen que los medios transmiten en forma dominante de estos lugares es parcial y sólo muestra una construcción sesgada de la realidad. 
Acompañado por La Maga, su mochila que es su fiel -y hasta ese momento única- compañera, Juan se abandona a la voluntad de sus pies que reproducen sobre el suelo las rutas que antes sólo eran líneas en los mapas. Se entrega a los viajes, a su deseo, a su proyecto. Se encapricha con sus propósitos pero también atiende a las señales del camino. 
Villarino viaja y escribe. Se sumerge en lugares inesperados y logra contarlo con una destreza admirable. Tanto como la agilidad adquirida después de tantísimos kilómetros recorridos que lo convierten en un experto viajero. Su relato es placentero. Tiene una redacción que no sólo es amigable sino también exquisita y abunda en detalles contextuales que aportan una gran dosis de información y de reflexión. 
Su odisea comienza en Belfast, Irlanda del Norte, desde donde parte con destino final los países de Oriente Medio. Cada vez que coloca a La Maga en algún punto estratégico junto a la banquina a esperar por algún conductor que lo acerque al próximo destino, se encomienda a las sorpresas que surgen del camino. Detrás de cada conductor hay un potencial amigo. Algunos lo acercan unos kilómetros, otros lo invitan a su casa y le dan alojamiento y comida. El común denominador es la calidez y la hospitalidad  que más allá de las barreras culturales se traduce en gestos amables. Aún cuando la fama de peligro de algunas zonas sea suficiente como para amedrentar a cualquiera, Juan logra demostrar que en territorios que parecen malditos (Irak, Turquía, Pakistán, Siria, Jordania, Egipto, Irán, Afganistán), la amabilidad es un lenguaje corriente. 
Pueblos desperdigados a lo largo del camino, aldeas rurales, costumbres diferentes, rutinas de guerras y luchas internas, facciones, destrucción, diferencias religiosas, sociales, culturales. De todo eso y mucho más habla Juan Villarino en su quijotesca travesía. Las experiencias que atravesaron el viaje de este nómade traducen esas vivencias en historias que da gusto leer. Sus trazos muestran realidades que no son las que muestran los medios de comunicación dominantes. Por eso, Vagabundeando en el Eje del Mal, es un libro indispensable para aprender y para reflexionar.
Juan Villarino, además de viajero incansable, escribe artículos para diversos medios y también en su propio blog Acróbata del Camino, a través del cual también pueden adquirirse sus libros. 

[‪#‎INFOTURISTICA‬] Simoca, la feria tradicional de Tucumán

El predominio de lo rural se exalta en esos 50 kilómetros de recorrido que separan a Simoca de la capital de la provincia de Tucumán. Tanto es así, que el sello distintivo de este poblado tucumano es nada más ni nada menos que el sulky y su feria sabatina.
Los campos que se expanden a uno y otro lado del camino están regados de caña de azúcar, aunque también hay cítricos y hortalizas. No son más que un indicio que lleva al sitio donde la mística campestre asume un rol estelar. La señalización sobre la ruta nacional 157 indica la entrada de acceso a la ciudad. 
Es un poblado tranquilo donde la impronta rural se asume desde el primer momento. Los sábados, la dinámica del pueblo parece concentrarse en un solo lugar. La feria es un lugar de reunión, pero es más que eso, es una fiesta que desde antaño congrega a propios y extraños.
Infinidad de puestos de artesanías, comestibles, productos típicos -y algunos importados también-, se extienden a lo largo de varias calles en el predio reservado a la Feria. Especias de todo tipo aportan colorido y aromas. La miel de caña, las empanadillas, los rosquetes son una tentación para la degustación de la dulzura tucumana. 
El recorrido puede llevar a descubrir objetos de lo más diversos, artesanos diestros en su especialización, pero sobre todo una atención amable y un jolgorio que se percibe en el ambiente. También se observan a parejas haciendo demostraciones de sus pasos de baile, indispensable en toda fiesta.
Por supuesto que la gastronomía es una de las estrellas de la feria. Hay mesas y sillas invitando a un rico asado o un suculento locro y las infaltables empanadas. 
El paseo en carro tirado por caballos es casi obligatorio. Un gaucho muy amable será el encargado de guiar a los paseantes a través de un city tour por la ciudad ante la mirada de los lugareños que saludan con sus sonrisas a los viajeros. La Fiesta Nacional del Sulky es la ceremonia que homenajea al sello distintivo de la ciudad y motivo de orgullo del pueblo. Se realiza en el mes de noviembre, ocasión en la que los carros se apropian de las calles y la llenan de su colorido y magia. 
Más allá del predio donde tiene lugar la feria, se observan improvisados puestos de venta de gallinas y cerdos y también algunos productos elaborados. Los pequeños cerditos se amontonan todavía torpes alrededor de su madre, mientras esperan por la llegada de un posible comprador y el cuadro resulta una verdadera pintura de la vida rural.
Simoca, al sur de la provincia de Tucumán, es un rincón donde la tradición hace de su hogar una auténtica fiesta. Es una invitación a conocer las costumbres y los rituales más típicos y darse una panzada de auténticos y exquisitos platos.